Episode Transcript
Available transcripts are automatically generated. Complete accuracy is not guaranteed.
Speaker 2 (00:00):
Palabras italianas de una romanza que Dan Glars había retenido
cuando su hija cantaba dúos con el príncipe Cavalcanti. Pero
Mio Caro no respondió. Dan Glars se
Speaker 3 (00:11):
contentó entonces con bajar el cristal.—¡ Eh, amigo,¿ dónde vamos?
Speaker 2 (00:35):
dijo sacando la cabeza.—¡ Dentro la testa!— exclamó una voz
grave e imperiosa, acompañada de un grito de amenaza. Dan
Glass comprendió que dentro la testa quería decir,—¡ Meted la cabeza! Hacía,
como puede verse, rápidos progresos en el italiano. Obedeció, no
(00:57):
sin inquietud, y como esta inquietud subía de punto a
cada minuto que transcurría, Al cabo de algunos instantes su espíritu,
en lugar del vacío que dijimos cuando se puso en
camino y que le produjo el sueño, tenía pensamientos más
propios unos y otros para despertar el interés del viajero,
y sobre todo de un viajero en la situación de Danglars.
(01:18):
Sus ojos adquirieron en las tinieblas el brillo que les
confieren en el primer momento las emociones fuertes y que
se apaga al fin por haberse excitado demasiado. Antes de
tener miedo se ve claro. Mientras se tiene, se ve doble.
Después de haberle tenido se ve turbio. Dan Glars vio
un hombre envuelto en una capa que galopaba junto a
(01:39):
la portezuela de la derecha.— Algún gendarme— dijo.—¿ Habré sido
denunciado por los telégrafos franceses a las autoridades pontificias? Resolvió
salir de esta ansiedad.—¿ A dónde me lleváis?— dijo. Dentro
la testa. Repitió la misma voz con el propio acento
(02:00):
de amenaza. Dan Glass se volvió a la portezuela de
la izquierda. Otro hombre a caballo galopaba al mismo lado. Evidentemente,
se dijo Dan Glass con el sudor en el rostro,
he caído en una trampa. Y se arrojó al fondo
de la caleza, esta vez no para dormir, sino para soñar.
(02:21):
Poco después apareció la luna en el cielo. Desde el
fondo de la caleza echó una ojeada a la campiña.
Volvió a ver entonces los grandes acueductos, fantasmas de piedra
que había notado al pasar, solamente que en vez de
verlos a la derecha, los tenía ahora a la izquierda.
Creyó que habían dado media vuelta al carruaje y que
(02:42):
se le llevaba a Roma.—¡ Oh, desdichado de mí!— exclamó—,
se habrá conseguido mi extradición. El carruaje continuó corriendo con
admirable velocidad. Pasó una hora terrible. porque a cada nuevo
indicio que se le ofrecía al paso, el fugitivo reconocía,
a no dudarlo, que se le volvía atrás. En fin,
(03:05):
no volvió a ver la masa sombría contra la cual
le pareció que el carruaje iba a estrellarse. Pero el
carruaje se la dio, bordeando la masa sombría, que no
era otra cosa que la cintura de muralla que envuelve
a Roma.—¡ Oh, oh!— murmuró Danglars—, no entramos en la ciudad.
Luego no es la justicia la que me detiene. gran Dios,
(03:27):
otra idea, será posible. Sus cabellos se erizaron. Acordóse entonces
de las interesantes historias de los bandidos romanos, tan poco
creídas en París, y que Alberto de Morcef contaba a
la señora. Danglarcia Eugenia, cuando se trataba de que el
joven Visconde fuera yerno de una y marido de otra.«
(03:50):
Ladrones tal vez», murmuró. De repente, el carruaje rodó sobre
alguna cosa más dura que el suelo de un camino enarenado.
Dan Glars aventuró una mirada a los dos lados del camino.
Distinguió unos monumentos de una forma extraña, y su pensamiento
preocupado con la relación de Morsef, que al presente se
(04:11):
le representaba en todos sus pormenores, este pensamiento le dijo
que debía estar sobre la vía apia. A la izquierda
del carruaje, en un espacio del valle, distinguíanse unas ruinas
de forma circular. Eran las termas de Caracalla. A una
palabra del hombre que galopaba a la derecha del carruaje,
éste se detuvo. Al mismo tiempo se abrió la portezuela
(04:34):
de la izquierda.— Sandy— dijo una voz. Dan Glars se
apeó inmediatamente. No hablaba todavía el italiano, pero lo entendía ya.
Más muerto que vivo, el varón miró en torno suyo.
Cuatro hombres le rodeaban, sin contar el postillón.« Dicua», dijo
(04:56):
uno de ellos bajando por un pequeño sendero que conducía
de la vía apia al medio de las anfractosidades de
la campiña de Roma. Danglar siguió a su guía, sin
oponer resistencia, y no tuvo necesidad de volverse para saber
que era seguido por otros tres hombres. Sin embargo, le
pareció que éstos se quedaban como de sentinela a distancias iguales.
(05:19):
Después de diez minutos de marcha aproximadamente, durante los cuales
Danglars no cambió una sola palabra con su guía, se
halló entre un cerro y un matorral. Tres hombres en
pie y mudos formaban un triángulo de que él era
el centro. Quiso hablar. Su lengua se le trabó. Avanti
dijo la misma voz con acento breve e imperativo. Esta
(05:43):
vez el banquero comprendió de dos modos, por la palabra
y por el gesto, porque el hombre que marchaba detrás
le empujó tan rudamente hacia adelante que casi tropezó con
su guía. Este guía era nuestro amigo Pepino, que se
deslizó por los matorrales en medio de una sinosidad que
sólo los lagartos podían tener por un camino expedito. Pepino
(06:04):
se detuvo ante una roca coronada de una espesa mata.
Esta roca, entreabierta, abrió paso al joven, que desapareció como
desaparece el diablo en algunos de nuestros sortilegios. La voz
y el gesto del que siguió a Danglars obligaron al
banquero a hacer otro tanto. No cabía la menor duda.
El quebrado banquero francés tenía que haberselas con bandidos romanos.
(06:29):
Danglars obró como un hombre colocado entre dos males terribles
y cuyo valor es excitado por el mismo miedo. A
pesar de su vientre, que le dificultaba el atravesar las
anfractosidades de la campiña de Roma, se colocó tras Pepino,
y dejándose resbalar con los ojos cerrados, cayó a sus pies.
Al tocar la tierra volvió a abrir los ojos. El
(06:52):
camino era largo, pero oscuro. Pepino, poco cuidadoso de ocultarse,
estando ahora en su casa, hizo lumbre y encendió una luz.
Otros dos hombres bajaron tras Danglars, formando la retaguardia, y
empujando al banquero cuando éste se detenía casualmente, le hicieron
tomar una pendiente suave por medio de una encrucijada de
(07:13):
siniestra apariencia. En efecto, las paredes de murallas, formando nichos
sobrepuestos unos a otros, parecían en medio de piedras blancas,
abrir los ojos negros y profundos que se observan en
las calaveras. Un sentinela hizo sonar con su mano los
arreos de su carabina.—¿ Quién vive?
Speaker 3 (07:33):
dijo.— Amigos.— Amigos.
contestó
Speaker 2 (07:39):
Pepino.—¿ Dónde está el capitán?— Allí— dijo el sentinela, señalando
por detrás de su espalda una gran cavidad abierta en
la roca y cuya luz se reflejaba en la entrada
por sus ovaladas aberturas.— Buena presa, capitán, buena presa— dijo
Pepino en italiano. Y cogiendo a Danglars por el cuello
(08:00):
de la levita le condujo hacia una entrada, semejante a
una puerta, y por la cual se penetraba al punto
donde el capitán parecía haber hecho su alojamiento.—¿ Es este
el hombre? Inquirió el capitán mientras leía con la mayor
atención la vida de Alejandro, por Plutarco.— El mismo, capitán,
el mismo.— Muy bien, mostrádmelo. A esta orden imperativa, Pepino
(08:26):
acercó tan bruscamente la luz al rostro de Danglars que
éste retrocedió vivamente para no quemarse las cejas. Su rostro
trastornado ofrecía todos los síntomas de un terror indescriptible.— Este
hombre está cansado.— dijo el capitán—, llévenle a la cama.—¡ Oh!—
murmuró el banquero—, esa cama es probablemente uno de los
(08:49):
nichos de la muralla, ese sueño es la muerte que
va a darme uno de los puñales que veo resplandecer.
En efecto, en las profundidades lóbregas de aquella cavidad inmensa
veíanse agitarse sobre hierbas secas y pieles de lobo, los
compañeros del hombre a quien Alberto de Morsef había hallado
leyendo los comentarios de César, y a quien Danglar se
(09:09):
encontraba leyendo la vida de Alejandro. El banquero lanzó un
sordo gemido y siguió a su guía. No profirió súplica
ni queja alguna. No tenía fuerza, ni voluntad, ni poder,
ni sentimiento, dejábase llevar. Emprendió la marcha, y comprendiendo que
tenía una escalera ante sí, levantó maquinalmente los pies cuatro
(09:32):
o cinco veces. Entonces se abrió ante él una puerta baja.
Inclinóse instintivamente para no romperse la frente y y se
halló en una cavidad abierta en la roca viva. Era
regularmente formada, aunque sin muebles. Seca, aunque situada bajo la tierra,
a una profundidad inconmensurable. Una cama de hierba seca, cubierta
(09:55):
de pieles de cabra, estaba no hecha, sino tendida en
un rincón del cuarto. Dan Glass, al verla, creyó hallar
un símbolo inequívoco de su salvación.—¡ Oh! Dios se ha loado, murmuró,
es una cama verdadera». Por segunda vez en el término
de una hora invocaba el nombre de Dios. No le
(10:17):
había sucedido otro tanto en diez años.« Eco», dijo el guía.
Y metiendo a danglarse en el cuarto, cerró la puerta
tras de sí. Sonó un cerrojo, el banquero se hallaba prisionero. Además,
aunque no hubiera habido cerrojo, solo San Pedro y teniendo
por guía un ángel del cielo, pudiera pasar por medio
(10:39):
de la guarnición que ocupaba las catacumbas de San Sebastián,
y que acampaba con un jefe en quien nuestros lectores
habrán desde luego reconocido al famoso Luigi Bampa. Danglars había
también reconocido al bandido cuya existencia no quiso creer cuando
Morsef trató de naturalizarlo en Francia. No sólo le había
reconocido a él, sino también la celda en donde Morsef
(11:01):
estuvo encerrado, y que según todas las probabilidades era el
alojamiento de los extranjeros. Estos recuerdos, campo de cierto deleite
en medio de todo para Danglars, le devolvieron la tranquilidad.
No habiéndole dado muerte en el primer momento los bandidos,
no deberían tener intención de matarle. Se le había detenido
(11:22):
para robarle, y como no tenía más que unos luices,
se le pediría rescate. Se acordó de que Morsef había
tenido que aprontar unos cuatro mil escudos, y como él
mismo se creía de una apariencia de mayor importancia que Morsef,
calculó que se le exigiría doble suma. Ocho mil escudos
equivalían a cuarenta y ocho mil libras. Le quedarían aún
(11:45):
unos cinco millones cincuenta mil francos. Con esto se salía
del paso en cualquier parte. Así, pues, quedó casi seguro
de salir del paso, teniendo en cuenta que no había
ejemplo de que se hubiese tasado nunca un hombre en
cinco millones cincuenta mil libras. Dan Glass se echó en
la cama, en donde después de dar algunas vueltas a
(12:06):
un lado y a otro, se durmió con la tranquilidad
del héroe cuya historia Luigi Bampa estaba leyendo. De todo sueño,
si no es del que temía Dan Glass, se despierta.
Dan Glass se despertó. Para un parisiense habituado a cortinajes
de seda, a paredes adamascadas, al perfume que sale de
las maderas delicadas de la chimenea y se extiende y
(12:29):
baja de los techos de raso, despertar en una gruta
de piedra debe de ser un momento poco apacible. Al
tocar las cortinas de piel de cabra, Danglars debía creer
que se hallaba entre lapones o cosa parecida. En tales circunstancias,
un segundo basta para convertir la mayor de las dudas
en palpable certeza.— Sí, murmuró,— Estoy en poder de los
(12:51):
bandidos de que habló Alberto de Morcef. Su primer movimiento
fue respirar para asegurarse de que no estaba herido. Era
un medio que había aprendido en Don Quijote, único libro
no que había leído, sino que conservaba alguna cosa en
la memoria.— No— dijo—, no me han matado ni herido,
pero¿ me habrán robado acaso? Y metió la mano en
(13:14):
los bolsillos. Estaban intactos. Los cien luices que se había
reservado para hacer el viaje de Roma a Venecia se
hallaban en el bolsillo de su pantalón, y la cartera
con la letra de cinco millones cincuenta mil francos estaba
en el bolsillo de la levita.—¡ Qué bandidos tan raros!—
se dijo—, que me han dejado mi bolsa y mi cartera.
(13:35):
Como pensé ayer al acostarme, van a ponerme a rescate. Veamos,
conservo también el reloj. Veamos la hora que es. El
reloj de Dan Glass, obra de Breguet, al que había
cuidado de dar cuerda la víspera de su viaje, señalaba
las cinco y media de la mañana. Sin él, Dan
Glass hubiera ignorado completamente la hora que era, penetrando ya
(13:59):
la luz del día en el aposento.¿ Sería preciso exigir
una explicación de los bandidos?¿ Convendría esperar pacientemente a que
se la diesen? En tal alternativa, lo último era más prudente.
Dan Glass esperó. Esperó hasta el mediodía. Durante todo este
tiempo un sentinela había velado a su puerta. A las
(14:22):
ocho de la mañana fue relevado. Apoderóse de danglarse el
deseo de ver quién le custodiaba. Había notado que los rayos,
no del día, sino de una lámpara, se filtraban por
las hendiduras mal unidas de la puerta. Se acercó a
una de ellas en el momento mismo en que el
bandido echaba algunos tragos de aguardiente, los cuales, debido al
(14:44):
pellejo que lo contenía, esparcían un olor repugnante para Dan Glass.—¡ Puff!—
exclamó retrocediendo hasta el fondo de la habitación. A mediodía,
el hombre del aguardiente fue reemplazado por otro funcionario. Dan
Glass tuvo la curiosidad de ver a su nuevo guardián
y se acercó otra vez a la hendidura. Era un
(15:06):
bandido de complexión atlética,
Speaker 3 (15:08):
un
Speaker 2 (15:10):
goliad de grandes ojos, labios gruesos, nariz aplastada. Su cabellera
roja pendía por las espaldas en mechas retorcidas, como culebras.—¡ Oh, oh!—
dijo Dan Glass—, este parece más bien un ogro que
una criatura humana. En todo caso soy perro viejo, soy
duro de mascar. Como se ve, Dan Glass no había
(15:33):
perdido todavía el buen humor. En el mismo instante, como
para probarle que no era un ogro, su guardián se
sentó frente a la puerta del cuarto, y sacó de
susurrón pan negro, cebolla y queso, y se puso incontinente
a devorarlos.—¿ Qué me lleve el diablo?— dijo Dan Lars,
echando a través de las hendiduras de la puerta una
(15:54):
mirada a la comida del bandido—, el diablo me lleve
si comprendo cómo pueden comerse semejantes porquerías. Y fue a
sentarse sobre las pieles, recordando en ellas el olor de
aguardiente del primer sentinela. Sin embargo, la situación de Danglar
será crítica, y los secretos de la naturaleza son incomprensibles.
Hay en ellos harta elocuencia en ciertas invitaciones materiales que
(16:19):
dirigen las más groseras sustancias a los estómagos vacíos. Danglar
sintió de pronto que el suyo lo estaba en este momento,
y así vio al hombre menos feo, al pan menos duro,
al queso más fresco. En fin, Las cebollas crudas, sucia
alimentación del salvaje, le recordaron ciertas salsas Robert y cierta
(16:39):
ropa vieja que su cocinero preparaba de una manera superior
cuando Danglars le decía,« Señor Denisiau, hágame para hoy un
buen platito de canalla». Se levantó y fue a llamar
a la puerta. El bandido levantó la cabeza. Al ver
Danglars que le había oído, volvió a llamar.«¿ Che cosa?»
(17:00):
preguntó el bandido.« Hola,— Amigo— dijo Danglars, dando con los
dedos contra la puerta—, me parece que será tiempo que
se piense en darme de comer también a mí. Pero
sea que no comprendiese, sea que no tuviese órdenes relativas
a la comida de Danglars, el gigante continuó comiendo. Danglars
(17:23):
sintió humillado su orgullo, y no queriendo meterse con semejante bruto,
se echó sobre las pieles sin decir nada más. Transcurrieron
cuatro horas. El gigante fue reemplazado por otro bandido. Dan Glass,
que sentía fuertes movimientos de estómago, se levantó despacio, aplicó
enseguida el ojo a las hendiduras de la puerta y
(17:44):
reconoció la figura inteligente de su guía. Era, efectivamente, Pepino,
que se preparaba a entrar de guardia del mejor modo posible,
sentándose frente a la puerta y colocando entre ambas piernas
una cazuela que contenía, calientes y olorosos, guisantes fritos con tocino.
Cerca de estos guisantes, Pepino colocó un canastillo de racimos
(18:07):
de velletri y una botella de vino de orvieto. Cegaramente
Pepino era inteligente. Viendo estos preparativos gastronómicos, el hambre atormentaba
a Danglars.—¡ Ah, ah!— dijo—, veamos si este es más
tratable que el otro. Y tocó pausadamente la puerta.— Allá
(18:28):
van— dijo en mal francés el bandido— que, frecuentando la
casa del señor Pastrini, había acabado por aprender aquella lengua
hasta en sus modismos. Y abrió en efecto. Dan Glars
le reconoció por el que le había gritado de una
manera harto furiosa,« Meted la cabeza». Pero no era aquella
hora para recriminaciones, y adoptó, por el contrario, el ademán
(18:52):
más agradable y con graciosa sonrisa.« Perdonad», le dijo,«¿ pero
no se me dará de comer a mí también?»«¿ Cómo, pues?»
exclamó Pepino.—¿ Vuestra Excelencia tendrá hambre acaso?— Acaso.— Es magnífico.—
murmuró Danglars, hace veinticuatro horas justas que no como.— Sí, señor, añadió,
(19:17):
levantando la voz, tengo hambre, sobrada hambre.—¿ Y Vuestra Excelencia
quiere comer?— Al instante, si es posible.— Nada más fácil.—
dijo Pepino—, aquí se proporciona todo, pagando, por supuesto, como
se hace entre buenos cristianos.—¡ Ni qué decir tiene!— exclamó
(19:39):
Dan Glass, aunque en realidad, las gentes que detienen y
aprisionan deberían al menos alimentar a los prisioneros.—¡ Ah, excelencia!—
repuso Pepino—, eso ya no se estila.— No es mala
la razón— siguió Dan Glass, contando ganar a su guardián
con su amabilidad—, yo me satisfago con ella. Veamos qué
(20:00):
es lo que se me sirve de comer. Enseguida, Excelencia,¿
qué deseáis? Y Pepino puso su escudilla en el suelo,
de tal manera que el vapor subía directamente a las
narices del banquero.— Mandadme— dijo.—¿ Hay cocina aquí?— preguntó Dan Glass.—¿
(20:21):
Qué si hay cocina?— Cocina perfecta.—¿ Y cocineros?— Excelentes. Y bien,
un pollo, un pescado, un ave, cualquier cosa, con tal
que yo coma. Como desee vuestra excelencia.¿ Pediremos un pollo,
no es verdad? Sí, un pollo. Pepino, levantándose y asomándose
(20:47):
a la puerta, gritó con toda la fuerza de sus pulmones.
Un pollo para su excelencia. La voz de Pepino resonaba
aún por las bóvedas, cuando se presentó un joven, hermoso,
esbelto y medio desnudo como los antiguos pescadores, llevando en
un plato de plata un pollo delicadamente colocado.— Se creería
(21:09):
uno en el café de París— murmuró Dan Glass.—¡ Elo aquí, excelencia!—
dijo Pepino, cogiendo el pollo de manos del joven bandido,
y colocándolo en una mesa carcomida, que con un asiento
y la cama de pieles, formaba todo el ajuar de
la celda. Dan Glass pidió un cuchillo y un tenedor.—¡
(21:30):
Elo aquí, excelencia!— dijo Pepino, ofreciéndole un cuchillo pequeño de
punta roma y un tenedor de madera. Dan Glass tomó
el cuchillo en una mano y el tenedor en la otra,
y se puso a trinchar el ave.—¡ Dispensad, excelencia!— dijo Pepino,
pasando una mano por la espalda del banquero—. Aquí se
(21:51):
paga antes de comer, para el caso de quedar luego descontentos.—¡ Ah, ah!—
dijo para sí Dan Glass—. esto no es como en París.
Me van a desollar probablemente, pero hagamos las cosas en grande, veamos,
he oído hablar del buen trato de la vida de Italia,
un pollo debe de valer doce sueldos en Roma. Tened,
(22:13):
dijo en voz alta, y dio un luis a Pepino.
Un momento, vuestra excelencia, dijo Pepino levantándose, un momento, vuestra
excelencia me queda a deber aún alguna cosa. Cuando yo
decía que habrían de desollarme, murmuró Dan Glass.« Luego, resuelto
a sacar partido de todo, veamos lo que se os
(22:35):
debe por esa ave ética», prosiguió.« Vuestra Excelencia ha dado
un Luis a cuenta».«¿ Un Luis a cuenta de un pollo?»«
Claro está, a cuenta».« Bien, veamos, veamos. No son más que 4.999
Luises lo que me debe Vuestra Excelencia». Dan Glass abrió
(22:57):
espantado los ojos al oír tan pesada broma.—¡ Ah, bribón!— murmuró, bribón,
por vida mía. Y quiso ponerse a trinchar el pollo,
pero Pepino le detuvo la mano derecha con la izquierda,
y extendió además la otra mano, diciendo.—¡ Vamos!—¿ Qué?¿ No
(23:19):
os reís?— dijo Dan Glass.— Aquí no reímos nunca, excelencia—
contestó Pepino, serio como un cuáquero.—¿ Cien mil francos este pollo?— Excelencia,
es increíble el trabajo que cuesta criar aves en estas
malditas grutas.— Vamos, vamos— dijo Dan Glass—. Encuentro esto muy chistoso,
(23:44):
muy divertido en verdad. Pero como tengo hambre, dejadme comer. Tomad,
he aquí otro Luis para vos, amigo mío.— Entonces no
faltan más que cuatro mil novecientos noventa y ocho luices,
dijo Pepino conservando la misma sangre fría, con paciencia todo
se consigue.— Oh, lo que es eso, dijo Danglars, indignado
(24:07):
de tan perseverante burla, lo que es eso, jamás. Idos
al diablo, vos no sabéis quién soy yo. Pepino hizo
una señal, el criado echó las dos manos y se
llevó enseguida el pollo. Danglars se tendió en la cama
de piel de lobo, Pepino cerró la puerta y se
puso a comer los guisantes con tocino. Dan Glass no
(24:29):
podía ver lo que hacía Pepino, pero el ruido de
sus dientes no debía dejarle duda acerca de lo que
estaba haciendo. Era evidente que comía, y que comía toscamente
como un hombre malcriado.—¡ Avestruz!— dijo Dan Glass. Pepino hizo
que no oía nada, y sin volver la cabeza continuó
(24:49):
comiendo con admirable calma. El estómago de Danglars encontrábase en
tal estado que no creía el mismo poder llegar a
llenarlo nunca. Sin embargo, tuvo paciencia por espacio de hora
y media, que en realidad se le antojó un siglo.
Se levantó y fue de nuevo a la puerta.« Vamos», siguió,«
(25:10):
no me hagáis desfallecer más tiempo, y decime al fin
qué es lo que se quiere de mí. Decid más bien, Excelencia,
lo que queréis de nosotros». Dar vuestras órdenes y las ejecutaremos.
Abrime primero. Pepino abrió. Yo quiero, dijo Dan Glass, por Dios.
(25:32):
Quiero comer.¿ Tenéis hambre? De sobra lo sabéis.¿ Qué quiere
comer vuestra excelencia? Un pedazo de pan seco, puesto que
los pollos están a tal precio en estas malditas cuevas. Pan, sea,
dijo Pepino.—¡ Eh, pan!— gritó. El criado trajo un pedazo
(25:54):
de pan.—¡ Helo aquí!— dijo Pepino.—¿ Qué vale?— preguntó Dan Glass.
Cuatro mil novecientos noventa y ocho luices, estando ya otros
dos pagados por anticipado.—¿ Cómo?— Un pan cien mil francos.—
Cien mil francos— dijo Pepino.— Y no me pedíais más
(26:18):
que cien mil francos por un pollo. No servimos por lista,
sino a precio fijo. Cómase poco o mucho, pídanse diez
platos o uno solo, el coste es absolutamente igual. Una
nueva burla. Querido amigo, os declaro que esto es absurdo,
que esto es estúpido. Decid más bien que al fin
(26:40):
queréis que me muera de hambre, y es más sencillo. No, excelencia,
vos sois quien queréis suicidaros. Pagad y comed, creedme. con
que he de pagar tres veces, bruto? Dijo Dan Glass exasperado.—¿
Crees que se llevan así cien mil francos?— Tenéis cinco
(27:01):
millones cincuenta mil francos en vuestro bolsillo, excelencia, dijo Pepino,
que equivalen a cincuenta pollos y medio. Dan Glass se estremeció.
Cayóle la venda de los ojos. Continuaba la misma broma,
pero por fin acababa de comprenderla. Es fácil conocer que
no la encontraba tan sencilla como antes.— Veamos— dijo—, veamos.
(27:27):
Dando esos cien mil francos,¿ quedaréis satisfecho al menos, y
podré comer a mi placer?— Sin duda— dijo Pepino.—¿ Pero
cómo darlos?— dijo el banquero respirando más libremente.— Nada más fácil.
Tenéis un crédito abierto en casa de Thompson y Franch,
calle de Banchi, en Roma. Dadme un bono de cuatro
(27:50):
mil novecientos noventa y ocho luices contra estos señores. Nuestro
banquero los recogerá. Dan Glass quiso al menos asumir el
aire de generoso. Tomó la pluma y el papel que
le presentaba Pepino, escribió la letra y firmó. Chan, dijo,
vuestro bono al portador. Y vos, el pollo. Dan Glass
(28:14):
trinchó el ave suspirando. Parecíale flaca para una suma tan crecida.
En cuanto a Pepino, leyó atentamente el papel, lo metió
en el bolsillo y prosiguió comiendo sus guisantes con tocino.
Al día siguiente Danglars volvió a tener hambre. El aire
de aquella caverna despertaba a más no poder el apetito.
(28:36):
El prisionero creyó que en todo aquel día no tendría
que hacer nuevos gastos. Como hombre económico había ocultado la
mitad del pollo y un pedazo de pan en un
rincón del cuarto. Pero después de comer tuvo sed. no
había contado con ello. Luchó contra la seda hasta el
momento en que sintió la lengua reseca pegársele al paladar.
(28:59):
Entonces llamó, no pudiendo resistir más tiempo el fuego que
le consumía. El sentinela abrió la puerta, era una cara distinta.
Pensó que mejor le sería entenderse con su antiguo conocido
y llamó a Pepino.— Aquí me tenéis, excelencia— dijo el
bandido presentándose con tal presteza que le pareció de buen
(29:19):
agüero a Danglars—,¿ qué queréis? Diver, contestó el prisionero. Excelencia,
dijo Pepino, ya sabéis que el vino no tiene precio
en las cercanías de Roma. Datme agua entonces, dijo Danglars,
pensando salir del paso. Oh, excelencia, el agua escasea aún
(29:40):
más que el vino. Hay tanta sequía. Vamos, dijo Danglars,
volvéis a empezar, a lo que parece. Y sonriéndose como
en aire de broma, el desgraciado sentía humedecidas las sienes
con el sudor.— Vamos, vamos, amigo— dijo Danglars viendo que
Pepino permanecía impasible—, os pido un vaso de vino,¿ me
(30:02):
lo negaréis?— Os he dicho, excelencia— respondió gravemente Pepino—, que
no vendemos al por menor.— Y bien, entonces dadme una botella.—¿
De cuál?— Del menos caro. Todos son del mismo precio.—¿
Y cuál es?— Veinticinco mil francos la botella.— Decid— exclamó
(30:28):
Dan Glass, con indescriptible amargura—, decid que queréis robarme, y
es más sencillo que hacerlo así paso a paso.— Es
posible— dijo Pepino— que tal sea la intención del señor.—¿
Qué señor?— Aquel a quien se os presentó anteayer.
Speaker 3 (30:44):
Dónde está?— Aquí.
Speaker 2 (30:49):
Haced que lo vea.— Es fácil. Poco después, Luigi Bampa
se hallaba ante Dan Glass.—¿ Me llamáis?— preguntó al prisionero.—¿
Sois el jefe de los que me han traído aquí?— Sí, excelencia,¿
y qué?—¿ Qué queréis de mí por rescate?— Decid.— Nada
(31:13):
más que los cinco millones que lleváis encima. El banquero
sintió oprimido el corazón con un pasmo terrible. No tengo
más que eso en el mundo, resto de una inmensa fortuna.
Si me lo quitáis, quítadme la vida. Tenemos prohibido derramar
vuestra sangre, Excelencia.¿ Y quién os lo ha prohibido? El
(31:36):
que manda en nosotros.¿ Obedecéis a alguien? Sí, a un jefe.
Creía que el jefe erais vos. Soy jefe de estos hombres,
pero otro lo es mío.¿ Y ese jefe obedece a alguien? Sí.¿
A quién? A Dios. Dan Glass permaneció un momento pensativo.
(32:03):
No os comprendo, dijo. Es posible.¿ Y es ese jefe
el que os ha dicho que me tratéis de tal modo?
Speaker 3 (32:13):
Sí.¿ Con qué objeto? Lo ignoro
Speaker 2 (32:18):
pero¿ desaparecerá mi bolsa?— Es probable.— Vamos— dijo Danglars—,
Speaker 3 (32:25):
queréis un millón?— No.—¿ Dos millones?— No.
Speaker 2 (32:32):
Tres millones, cuatro, veamos, cuatro? Os lo doy a condición
de que me pongáis en libertad.—¿ Por qué nos ofrecéis
cuatro millones por lo que vale cinco?— dijo Bampa—, eso
es una usura, señor banquero, o no entiendo una palabra.—
Tomadlo todo.— Tomadlo todo, os digo, exclamó Dan Glass, o matadme.— Vamos, vamos, calmaos, excelencia,
(33:00):
os vais a alterar la sangre, y eso os dará
apetito para comer un millón por día, sed más económico, demonio.—¿
Y cuándo no tenga más dinero que daros?— exclamó Dan
Glass exasperado.— Entonces tendréis hambre.—¿ Tendré hambre?— dijo Danglars palideciendo.—
(33:22):
Probablemente— respondió Bampa con sorna.—¿ Decís que no queréis matarme?— No.—¿
Y queréis dejarme morir de hambre?— Sí, que no es
lo mismo.— Y bien, miserables— exclamó Danglars— haré fracasar vuestros
infames planes. Morir por morir prefiero acabar de una vez.
(33:46):
Hacedme sufrir, torturadme, matadme, pero no conseguiréis mi firma.— Como queráis,
excelencia— dijo Bamba. Y salió. Danglar se arrojó rabiando sobre
las pieles del lobo.¿ Quiénes eran esos hombres?¿ Quién era
ese jefe visible?¿ Quién era el jefe invisible?¿ Qué proyectos
(34:09):
les animaban contra él, y cuando todo el mundo podía rescatarse,¿
por qué no podía él hacerlo? Oh, cegaramente que la muerte,
una muerte pronta y violenta, era un buen medio de
burlar a los enemigos encarnizados que parecían perseguir contra él
una incomprensible venganza. Sí, pero morir.¿ Acaso por primera vez
(34:31):
en su larga carrera, Danglars pensaba en la muerte con
el deseo y el temor a la vez de morir?
Pero había llegado el momento para el de detener la
vista en el espectro implacable que va en pos de
toda criatura y y a cada pulsación del corazón le dice, morirás.
Danglars parecía una bestia feroz, acosada por la montería, desesperada después,
(34:51):
y que a fuerza de su desesperación, consigue finalmente evadirse.
Pensó en la fuga, pero los muros eran la roca viva,
y a la única salida de la cueva se hallaba
un hombre leyendo, por detrás del cual se veían pasar
y repasar sombras armadas de fusiles. Duróle dos días la
resolución de no firmar, después de los cuales pidió de
(35:12):
comer y ofreció un millón. Se lo tomaban y le
sirvieron una suculenta comida. Desde entonces la vida del desgraciado
prisionero fue una tortura perpetua. Había sufrido tanto que no
quería exponerse a sufrir más y cedía a todas las exigencias.
Al cabo de cuatro días, una tarde que había comido
(35:33):
como en los tiempos de su mejor fortuna, echó sus
cuentas y notó que era tanto lo gastado que no
le restaban más que cincuenta mil francos. Entonces sufrió una
reacción extraña. Acabando de perder cinco millones, trató de salvar
los cincuenta mil francos que le quedaban, antes que entregarlos,
se propuso una vida de privaciones y llegó a entrever
(35:54):
momentos de esperanza que rayaban en locura. Teniendo olvidado a
Dios después de mucho tiempo, comenzó a creer que había
obrado milagros, que la caverna podía hundirse, que los carabineros
pontificios podían descubrir aquel odioso encierro y salvarle. Pensó en
los cincuenta mil francos que le restaban, que eran una
suma suficiente para preservarle del hambre, y rogó a Dios
(36:16):
se los conservara, y orando lloró. Tres días transcurrieron de
este modo, durante los cuales el nombre de Dios estuvo constantemente,
si no en su corazón, en sus labios. A intervalos
tenía instantes de delirio, durante los cuales creía ver desde
las ventanas en una pobre choza un anciano agonizando en
el lecho. Este viejo también moría de hambre. El cuarto
(36:41):
día no era un hombre, era casi un cadáver. Había
recogido hasta las últimas migajas de sus comidas, y comenzaba
a devorar la estera que cubría el piso de la cueva.
Suplicó entonces a Pepino, como a un ángel guardián, le
diese algún alimento, y le ofreció mil francos por un
pedazo de pan. Pepino no contestó. El quinto día se
(37:04):
arrastró hasta la entrada de la celda.—¿ No sois cristiano?—
dijo incorporándose sobre las rodillas—.¿ Queréis asesinar a un hombre
que es hermano vuestro ante Dios?—¡ Oh, mis amigos de
otro tiempo, mis amigos de otro tiempo!— murmuraba. Y cayó
con la frente en el suelo. Luego, levantándose, gritó con
(37:27):
una especie de desesperación.— El jefe, el jefe.—¡ Heme aquí!—
dijo Bampa, apareciendo de repente—.¿ Qué queréis otra vez?— Tomad
el oro que me queda— balbuceó Dan Glass entregándole la
cartera— y dejadme vivir aquí, en esta caverna. No pido
la libertad, sólo pido la vida.—¿ Entonces, sufrís mucho?— preguntó Bampa.— Oh, sí, sufro,
(37:56):
sufro cruelmente.— Ay, sin embargo... hombres que han sufrido más
que vos. No lo creo. Sí, por mi vida, murieron
de hambre. El banquero se acordó entonces del anciano que,
durante sus horas de alucinamiento, veía a través de las
ventanas de la pobre cabaña llorar en el lecho. Se
(38:18):
golpeó la frente contra el suelo, dando un gemido. Sí, dijo,
es verdad. Hay quienes han sufrido más que yo, pero
al menos eran mártires.—¿ Es que al fin os arrepentís?—
dijo una voz sombría y solemne, que hizo erizarse los
cabellos en la cabeza de Dan Glass. Su mirada débil
(38:39):
trató de distinguir los objetos, y vio detrás del bandido
un hombre envuelto en una capa, y oculto tras una
pilastra de piedra.—¿ De qué tengo que arrepentirme?— balbuceó Dan Glass.—
Del mal que me habéis hecho— dijo la misma voz.— Oh, sí,
me arrepiento, me arrepiento.— exclamó el banquero. Y se golpeó
(39:03):
el pecho con el puño desfallecido.— Entonces os perdono— dijo
el hombre soltando la capa y dando algunos pasos para
colocarse ante la luz.— El conde de Montecristo— dijo Danglars,
más pálido de terror, que lo que estaba un momento
antes de hambre y de miseria.— Os engañáis, no soy
(39:24):
el conde de Montecristo.—¿ Quién sois, entonces? Soy el que
habéis vendido, entregado, deshonrado, cuya mujer amada habéis prostituido, al
que habéis pisoteado para poder encumbraros y alzaros con una
gran fortuna, cuyo padre habéis hecho morir de hambre, a
quien condenasteis a morir del mismo modo, y que, sin embargo,
(39:45):
os perdona, porque tiene a sí mismo necesidad de ser perdonado,
soy Edmundo Dantes. Dan Lars lanzó un grito y cayó
de rodillas. Levantaos. dijo el conde, tenéis salvada la vida.
No han tenido igual suerte vuestros dos cómplices. Uno está loco,
(40:05):
otro muerto. Quedaos con los cincuenta mil francos que os restan,
os los doy. En cuanto a los cinco millones robados
a los hospicios, les han sido ya restituidos por una
mano desconocida. Ahora comed y bebed. Esta noche os doy hospedaje. Después,
el conde se volvió y dijo. Bampa, cuando ese hombre
(40:28):
esté satisfecho, que se vaya libremente. Danglars permaneció prosternado mientras
el conde se alejaba, cuando levantó la cabeza, solamente vio
una especie de sombra que desapareció por el corredor y
ante la cual se inclinaban los bandidos. Según había dispuesto
el conde, Danglars se vio servido por Bampa, quien mandó
(40:49):
traerle el mejor vino y los más exquisitos manjares de Italia,
y después, haciéndole montar en su silla de posta, le
dejó en el camino. arrimado a un árbol. Así permaneció
sin saber dónde se hallaba. Entonces vio que estaba cerca
de un arroyo, y como tenía sed, se arrastró hasta él.
Al bajarse para beber, vio en el espejo de las
(41:11):
aguas que sus cabellos se habían vuelto blancos. 19, el 5
de octubre. Serían las seis de la tarde. Un horizonte
de color de ópalo, matizado con los dorados rayos de
un hermoso sol de otoño, se destacaba sobre la mar azulada.
El calor del día había ido atenuándose poco a poco,
(41:31):
y empezaba a sentirse la ligera brisa que parece la
respiración de la naturaleza exhalándose después de la abrazadora siesta
del mediodía, soplo delicioso que refresca las costas del Mediterráneo
y lleva de ribera en ribera el perfume de los árboles,
mezclado con el acre olor del mar. Sobre la superficie
del lago que se extiende desde Gibraltar a los Dardanelos
(41:53):
y de Túnez a Venecia, una embarcación ligera, de forma elegante,
se deslizaba a través de los primeros vapores de la noche.
Su movimiento era el del cisne que abre sus alas
al viento surcando las aguas. Avanzaba rápido y gracioso a
la vez, dejando en pos de sí un surco fosforescente. Lentamente,
(42:13):
el sol, cuyos últimos rayos hemos saludado, desapareció por el
horizonte occidental. pero como para secundar los sueños brillantes de
la mitología, sus fuegos indecisos, reapareciendo en la cima de
cada ola, parecían revelar que el dios de la luz
acababa de ocultarse en el seno de Anfitrite, quien procuraba
en vano guardar a su amante entre los pliegues de
(42:33):
su azulado manto. El barco avanzaba velozmente, aunque al parecer
apenas hacía viento para sacudir los rizados bucles de una joven.
En pie sobre la proa, un hombre alto, de tez bronceada,
ojos dilatados, veía acercarse hacia la tierra bajo la forma
de una masa sombría en forma de cono, y saliendo
(42:54):
del medio de las olas como un ancho sombrero catalán.—¿
Está ahí la isla de Montecristo?— preguntó con una voz grave,
impregnada de profunda tristeza, el viajero a cuyas órdenes parecía
estar en aquel momento la embarcación.— Sí, excelencia, respondió el patrón,
ya llegamos.— Llegamos— murmuró el viajero con un acento indefinible
(43:18):
de melancolía. Luego añadió en voz baja.— Sí, este será
el puerto. Y se sumergió en sus meditaciones, que se
revelaban con una sonrisa más triste aún que lo hubiesen
sido las mismas lágrimas. Unos minutos más tarde se distinguió
en tierra una llama, que se apagó al instante, y
(43:39):
el estampido de un arma de fuego llegó hasta el barco.— Excelencia,
dijo el patrón, he ahí la señal,¿ queréis responder vos mismo?¿
Qué señal? Preguntó. El patrón extendió la mano hacia la isla,
desde cuyas orillas ascendía una larga y blanquecina columna de humo,
(44:00):
que se iba extendiendo sensiblemente en la atmósfera. Ah, sí, dijo,
como saliendo de un sueño, dadme. El patrón le entregó
una carabina cargada. El viajero la tomó, apuntó hacia arriba
y la disparó al aire. Diez minutos después se amainaba
la vela y se echaba el ancla a quinientos pasos
(44:21):
del puerto. El borde estaba ya en el mar con
cuatro remeros y el piloto. El viajero bajó, y en
vez de sentarse en la popa guarnecida para el de
un tapiz azul, se mantuvo en pie con los brazos cruzados.
Los remeros esperaban con los remos medio levantados, como aves
que ponen a secar las alas. Avante, dijo el viajero.
(44:46):
Los ocho remos cayeron al mar de un solo golpe
y sin hacer saltar una chispa de agua. Después la barca,
cediendo al impulso, se deslizó rápidamente. Enseguida entró en una
pequeña encenada, formada por una abertura natural. La barca tocó
en un fondo de arena fina.« Excelencia», dijo el piloto,«
(45:08):
subid a espaldas de dos de nuestros hombres, que os
llevarán a tierra». El joven respondió a esta invitación con
un gesto de completa indiferencia. Sacó las piernas de la
barca y se dejó deslizar en el agua, que le
llegó hasta la cintura.—¡ Ah, excelencia!— murmuró el piloto—. Habéis
hecho mal, y el Señor os censurará por ello. El
(45:32):
joven continuó marchando hacia la ribera, detrás de dos marineros
que habían encontrado el mejor fondo. A los treinta pasos
llegaron a tierra. El joven sacudió los pies y comenzó
a buscar el camino que se le indicaba en medio
de las tinieblas de la noche. En el momento en
que volvía la cabeza, sintió una mano sobre el hombro
(45:52):
y una voz que le hizo estremecer.« Buenas noches, Maximiliano»,
le dijo la voz,« veo que sois puntual, gracias».« Vos, conde»,
exclamó el joven con un movimiento, expresión más que de
otra cosa de alegría, y estrechando entre sus dos manos
la de Montecristo. Sí, ya lo veis, tan puntual como vos,
(46:15):
pero estáis no sé cómo, caro amigo. Es preciso transformaros,
como diría Calipso a Telémaco. Venid, pues. Hay por aquí
una habitación preparada para vos, y en la cual olvidaréis
las fatigas y el frío. Monte Cristo vio que Morrel
se volvía, y esperó. El joven, en efecto, veía con
(46:37):
sorpresa que ni una sola palabra le habían dicho sus conductores,
a los cuales no había pagado, y sin embargo, partían.
Oíanse ya los movimientos de los remos del bote que
volvía hacia la embarcación.« Ah, sí», dijo el conde,«¿ buscáis
a vuestros marineros?»« Sin duda, nada les he dado y
(46:58):
no obstante han partido».« No penséis en eso, Maximiliano», Dijo
sonriéndose Montecristo, tengo un contrato con la Marina para que
el acceso de mi isla quede libre de todo gasto
de viaje. Soy su abonado, como se dice en los
países civilizados. Morrel miró al conde con admiración.— Conde, le dijo,
(47:20):
no sois el mismo aquí que en París.—¿ Cómo es eso?— Sí,
aquí os reís. La frente de Montecristo se ensombreció.— Tenéis
razón en recordármelo, Maximiliano, dijo, volveros a ver es una
aventura para mí, y olvidaba que toda aventura es pasajera.—¡ Oh, no, no, conde!
(47:43):
exclamó Morrel volviendo a asir las manos de su amigo, reíd,
por el contrario, sed dichoso y probadme con vuestra indiferencia
que la vida no es mala sino para los que sufren. ¡Oh,
sois benéfico, bueno, grande, amigo mío, y para darme valor
afectáis esa alegría!— Os equivocáis, Morrel— dijo el conde—, es
(48:04):
que en efecto soy feliz.— Vamos, os olvidáis de mí,
tanto mejor.—¿ Cómo?— Sí, porque ya lo sabéis, amigo. Como
el gladiador cuando entraba en el circo decía al emperador,
os digo, el que va a morir te saluda.—¿ No
estáis consolado?— preguntó Montecristo, con una expresión particular.— Oh. dijo Morrel,
(48:31):
con una mirada llena de amargura,¿ suponéis acaso que puedo estarlo?— Escuchad,
prosiguió el conde, comprendéis bien el sentido de mis palabras,¿
no es verdad, Maximiliano? No me tenéis por un hombre vulgar,
por una hurraca que pronuncia frases vagas y vacías de sentido.
Al preguntaros si estáis consolado, os hablo como hombre para
(48:53):
quien el corazón humano no tiene secretos. Y bien, Morrel,
Bajemos juntos al fondo de vuestro corazón y sondémosle.¿ Siente
aún la fogosa impaciencia del dolor que hace estremecer el cuerpo,
como se estremece el león picado por el mosquito?¿ O
sufre esa sed devoradora que no se acaba hasta el sepulcro?¿
(49:13):
O la idealidad del recuerdo ya irrealizable que lanza al
vivo en pos de la muerte?¿ O tan sólo la
postración del valor agotado, el tedio que apaga los rayos
de esperanza que quisieran lucir de nuevo? o la pérdida
de la memoria junto con la impotencia para el llanto? Oh,
querido amigo, si esto es así, si no podéis llorar,
si creéis muerto vuestro corazón embotado, si no encontráis fuerza
(49:37):
más que en Dios, miradas más que para el cielo, amigo,
dejemos a un lado las palabras harto mezquinas para la
comprensión de nuestra alma. Maximiliano, estáis consolado, dejad, pues de lamentaros. Conde,
dijo Morrel con una voz dulce y firme al mismo tiempo, Conde, escuchadme,
como se escucha al hombre que habla con el dedo
(49:59):
extendido hacia la tierra, con los ojos levantados al cielo.
He venido cerca de vos para expirar en brazos de
un amigo. Ay, es cierto, personas a quienes amo. Amo
a mi hermana Julia, a su esposo Manuel, mas necesito
que se abran unos brazos fuertes y se me estreche
en ellos en mis últimos instantes. Mi hermana se desaría
(50:21):
en lágrimas y se acongojaría. la vería sufrir, y he
sufrido yo tanto. Manuel me arrancaría el arma de las
manos y atronaría la casa con sus destemplados gritos. Vos, conde,
cuya palabra me esclaviza, que sois más que hombre, a
quien llamaría Dios si no fueseis mortal. Vos, vos me
(50:41):
conduciréis dulcemente y con ternura, no es verdad, hasta las
puertas de la muerte. Amigo, repuso el conde, me queda
aún una duda». tendréis tan poca fuerza que empeñéis vuestro
orgullo en exhalar vuestro dolor? No, mirad, soy sincero, dijo
Morrel tendiendo la mano al conde, y mi pulso no
late más ni menos débil que de costumbre. No, me
(51:05):
siento al término del camino. No, no procederé más allá.¿
Me habéis hablado de aguardar, de esperar, sabéis lo que
habéis hecho, desventurado sabio? He esperado un mes, es decir,
que he sufrido un mes. He esperado, el hombre es
pobre y miserable criatura. He esperado,¿ y qué? No lo sé,
(51:28):
algo desconocido, absurdo, insensato, un milagro, ¿cuál? Dios sólo puede decirlo,
que ha envuelto nuestra razón con la locura que se
llama esperanza. Sí, he estado esperando. Sí, he esperado. conde,
y en un cuarto de hora que hace que hablamos
esta vez, me habéis, sin saber, partido, torturado el corazón
(51:50):
cien veces, porque cada una de vuestras palabras me prueban
que no hay esperanza para mí. Oh, conde, cuán dulce
y voluptuoso sería el descanso de la muerte. Estas últimas
palabras fueron pronunciadas por Morrel con una explosión de alegría
que hizo estremecer al conde.— Amigo mío— continuó Morrel, viendo
(52:10):
que el conde callaba—, me designasteis el 5 de octubre como
término del plazo definitivamente convenido, amigo mío, hoy es el 5
de octubre. Y sacó el reloj.— Son las nueve, todavía
me quedan tres horas de vida.— Sí— respondió el conde—, venid.
(52:30):
Morrel siguió maquinalmente al conde, y estaban ya en la gruta,
sin que Maximiliano se hubiese dado cuenta de ello. Vio
alfombras bajo sus pies, y abierta una puerta de donde
se exhalaban delicados perfumes. Una luz resplandeciente hirió sus ojos.
Morrel se detuvo dudoso sin seguir adelante. Desconfiaba de las
(52:52):
delicias mágicas que le rodeaban. Montecristo le atrajó dulcemente.— Será
preciso— dijo— que empleemos las tres horas que nos restan,
como los antiguos romanos, que, condenados por Nerón, su emperador
y heredero,¿ se sentaban a la mesa coronados de flores
y aspiraban la muerte con el perfume de los heliotropos
(53:12):
y de las rosas? Como gustéis, respondió Morrel, la muerte
es siempre la muerte, es decir, el reposo, es decir,
la ausencia de la vida, y por consiguiente del dolor.
Se sentó, y Montecristo enfrente de él. Estaban en el
maravilloso comedor que hemos descrito, y en donde estatuas de
(53:33):
mármol sostenían en la cabeza canastillos siempre llenos de flores
y de frutas. Morrel lo había mirado todo vagamente, probablemente
sin ver nada.« Hablemos», dijo, mirando finalmente al conde.« Hablad».
Le respondió éste.« Conde», repuso Morrel,« sois el compendio de
(53:55):
todos los conocimientos humanos, y me parecéis bajado de un
mundo más adelantado y sabio que el nuestro». Hay algo
de cierto en eso, dijo el conde, con la sonrisa
melancólica que confería a su rostro destellos de inefable bondad,
he bajado de un planeta que llaman el dolor. Creo
todo lo que me decís, sin tratar de investigar su sentido, conde,
(54:17):
y la causa de ello es porque me habéis dicho
que viva y he vivido, porque me habéis dicho que
espere y he esperado. Os haré preguntaros como si hubieseis
muerto alguna vez, conde,¿ es eso un mal? Montecristo miraba
a Morrel con una inefable expresión de ternura.« Sí, dijo, sí,
sin duda, eso es un mal si rompéis brutalmente la
(54:39):
capa mortal que os reclama obstinadamente la vida. Si desgarráis
vuestra carne con la imperceptible punta de un puñal, si
abrís con una bala siempre insegura vuestra cabeza, sensible al
más leve dolor, ciertamente que sufriréis y dejaréis odiosamente la vida,
hallándola en medio de una agonía desesperada». mejor que un
reposo a tanta costa comprado. Sí, lo comprendo, dijo Morrel,
(55:05):
la muerte, como la vida, tiene secretos de dolor y
de voluptuosidad. Todo estriba en conocerlos. Exacto, Maximiliano. Acabáis de
decir una gran verdad. La muerte es según el cuidado
que tomamos de ponernos bien o mal con ella, o
una amiga que nos mece dulcemente como una nodriza, o
(55:25):
una enemiga que nos arranca con violencia el alma del cuerpo.
Un día, cuando el mundo haya vivido un millar de
años más, y se haya hecho dueño de todas las
fuerzas destructoras de la naturaleza para aprovecharlas en el bienestar
general de la humanidad, cuando el hombre conozca, como decíais
no a mucho, los secretos de la muerte, será ésta
tan dulce y voluptuosa como el sueño en los brazos
(55:47):
de la mujer querida.—¿ Y si quisierais morir, conde, sabríais
hacerlo de ese modo?— Sí. Morrel le tendió la mano.
Comprendo ahora, dijo,¿ por qué me habéis citado aquí, en
esta isla perdida en medio del océano, en este palacio subterráneo,
sepulcro que envidiaría Faraón?¿ Es porque me queréis, no es así, conde,
(56:12):
es que me queréis lo suficiente, para procurarme una de
esas muertes de que me habláis, una muerte sin agonía,
una muerte que me permita desahogarme pronunciando el nombre de Valentina,
y estrechándoos la mano? Sí, habéis adivinado, morrel. Dijo el
conde con sencillez, y así es como lo comprendo.— Gracias,
(56:33):
la idea de que mañana no sufriré más resulta consoladora
para mi angustiado corazón.—¿ No dejáis a nadie? Preguntó Montecristo.— No.
Respondió Morrel.—¿ Ni siquiera a mí? Repuso el conde con
emoción profunda. Morrel quedó suspenso. Sus claros ojos se nublaron
(56:56):
de pronto, y brillaron luego con vívida llama, brotando de
ellos una lágrima que rodó abriendo un surco plateado en
su mejilla.—¿ Cómo?— dijo el conde—, os queda un recuerdo
en la tierra y morís.—¡ Oh, por favor!— exclamó Morrel
con voz apagada—, ni una palabra más, conde, no prolonguéis
(57:16):
mi suplicio. Montecristo creyó que Morrel iba a entrar en delirio.
Esta creencia de un instante resucitó en él la horrible
duda sepultada ya una vez en el castillo de Yves.
Pensó devolver este hombre a la aventura, mirando tal restitución
como un peso echado en la balanza para compensación del
mal que pudiera haber derramado. Ahora, pensó el conde, si
(57:40):
yo me equivocase, si este hombre no fuera tan desgraciado
que mereciese la aventura, ¡ay!, que sería de mí que
no puedo olvidar el mal sino representándome el bien. Escuchad, Morrel. Dijo,«
Vuestro dolor es inmenso, me doy cuenta, pero, sin embargo,
creéis en Dios, y no querréis arriesgar la salvación del alma».
(58:01):
Morrel se sonrió con tristeza.« Conde», dijo,« sabéis que no
entro fríamente en los espacios de la poesía, pero, os
lo juro, mi alma no es mía».« Escuchad, Morrel», dijo
el conde,« no tengo pariente alguno en el mundo, ya
lo sabéis». Me he acostumbrado a miraros como hijo, y bien,
(58:22):
por salvar a mi hijo, sacrificaría mi vida, cuanto más
mi fortuna.¿ Qué queréis decir? Quiero decir, Morrel, que atentáis
a vuestra vida porque no conocéis todos los goces que
ofrece una gran fortuna. Morrel, poseo cerca de cien millones,
os los doy. Con tal fortuna podéis esperar todo lo
(58:43):
que os propongáis. Sois ambicioso, todas las carreras os serán abiertas.
Revolved el mundo, cambiad su faz, entregaos a prácticas insensatas,
sed criminal si es preciso, pero vivid.— Conde, cuento con
vuestra palabra, respondió fríamente Morrel, y añadió, sacando el reloj,
(59:04):
son las nueve y media.— Morrel. ¿Insistís, a mi vista,
en mi casa?— Déjadme marchar, entonces, dijo Maximiliano, profundamente sombrío,
o creeré que no me amáis sino por vos. y
se puso en pie.« Está bien», dijo el conde, cuyo
(59:24):
rostro pareció iluminarse,« lo queréis, Morrel, y sois inflexible. Sí,
sois profundamente desgraciado, y lo habéis dicho, sólo puede remediaros
un milagro. Sentaos y esperad, Morrel». Morrel obedeció. Montecristo se
levantó a su vez y fue a buscar a un
armario cuidadosamente cerrado, y cuya llave llevaba suspendida de una
(59:48):
cadena de oro, un cofrecito de plata primorosamente cincelado, cuyos
ángulos representaban cuatro figuras combadas, parecidas a esas cariátides de
formas ideales, figuras de mujer, símbolos de ángeles que aspiran
al cielo. Colocó el cofre encima de la mesa. Luego, abriéndolo,
sacó una cajita de oro, cuya tapa se levantaba apretando
(01:00:11):
un resorte secreto. Esta caja contenía una sustancia untosa medio sólida,
cuyo color era indefinible, a causa del reflejo del oro bruñido,
de los zafiros, rubíes y esmeraldas que la guarnecían, mezcla
de azul, de púrpura y oro. El conde tomó entonces
una pequeña cantidad de esta sustancia con una cuchara de
(01:00:31):
plata sobredorada, y la ofreció a Morrel, mirándole fijamente largo tiempo.
Pudo verse entonces que esta sustancia era de un color verdoso.«
He aquí lo que me habéis pedido», dijo. He aquí
lo que os he prometido. Viviendo aún, dijo el joven,
al tomar la cuchara de manos del conde. Os doy
(01:00:53):
las gracias desde el fondo de mi corazón. El conde
cogió otra cuchara y la metió también en la caja
de oro.¿ Qué vais a hacer, amigo? inquirió Morrel, deteniéndole
la mano. A fe mía, Morrel, le dijo sonriéndose, creo,
y Dios me lo perdone, que estoy tan cansado de
(01:01:14):
la vida como vos, y puesto que la ocasión se presenta.—¡ Alto!—
exclamó el joven.— Vos que amáis, que sois amado, que
tenéis fe y esperanza. Oh, no hagáis lo que yo
voy a hacer. En vos sería un crimen. Adiós, mi
noble y generoso amigo, adiós. Voy a decir a Valentina
(01:01:37):
todo lo que habéis hecho por mí. Y lentamente, sin
otro movimiento que el de una contracción de la mano
izquierda que tendía a Montecristo, Morrel tomó o más bien
saboreó la misteriosa sustancia que le había ofrecido el conde.
En este momento quedaron ambos silenciosos. Ali, también callado y atento,
(01:01:57):
les dio tabaco, sirvió el café y desapareció. Poco a poco,
las lámparas palidecieron en las manos de las estatuas de
mármol que las sostenían, y el perfume de los pebeteros
pareció menos penetrante a Morrel. Sentado frente a él, el
conde le miraba desde el fondo de la sombra, y
Morrel no veía brillar más que los ojos de Montecristo.
(01:02:19):
Apoderóse del joven un dolor inmenso. Sentía caerse el servicio
de café de las manos. Los objetos iban perdiendo insensiblemente
su forma y sus colores. Sus ojos turbados veían abrirse
como puertas y cortinas en las paredes. amigo, dijo, conozco
que me muero. Gracias. Realizó un esfuerzo por tenderle por
(01:02:43):
segunda vez la mano, pero sin fuerza se dejó caer
sobre él. Entonces le pareció que Montecristo se sonreía, no
con la risa extraña e impresionante que le había dejado
entrever muchas veces los misterios de su alma profunda, sino
con la compasiva bondad que tienen los padres para con
sus hijos extraviados. Al mismo tiempo el conde crecía a
(01:03:05):
sus ojos. Su estatura, casi doble, se dibujaba sobre las
pinturas rojas, había echado hacia atrás sus negros cabellos y
se presentaba alto e imponente como uno de esos ángeles
que amenazarán a los pecadores el día del juicio eterno. Morrel, abatido, desconcertado,
se tendió en un sofá. Se advertía un entorpecimiento en
(01:03:27):
la circulación de la sangre, ya algo azulada. Su cabeza
experimentaba un trastorno en las ideas. Tendido, enervado, anhelante, Morrel
no sentía en sí nada de vivo más que un sueño.
Parecía entrar decididamente en el vago delirio que precede al
estado desconocido que llamamos muerte. Trató de tender nuevamente al
(01:03:49):
con de la mano, pero carecía ya de movimiento. Quería
decirle ya un adiós supremo, y su lengua se agitó
sordamente en su garganta, como la loza al cerrar el sepulcro.
Sus ojos, llenos de languidez, se cerraron a pesar suyo,
sin embargo, En derredor de sus párpados se agitaba una
imagen que reconoció a pesar de la oscuridad en que
(01:04:11):
se creía envuelto. Era el conde que acababa de abrir
una puerta. De pronto, una claridad inmensa resplandeció en la
cámara contigua, o más bien en un palacio encantado, inundando
la sala donde Morrel se abandonaba a una dulce agonía.
Entonces vio aparecer a la puerta de la cámara, en
el límite de ambas estancias, una mujer de maravillosa belleza.
(01:04:35):
Pálida y sonriéndose dulcemente, parecía un ángel de misericordia, conjurando
al ángel de las venganzas.—¿ Será el cielo que se
abre para mí?— pensó el moribundo—. Este ángel se parece
al que he perdido. Montecristo señaló con el dedo a
la joven el sofá donde estaba Morrel. La joven dirigió
(01:04:56):
hacia él con las manos juntas y la sonrisa en
los labios.—¡ Valentina! ¡Valentina! exclamó Morrel desde el fondo de
su alma. Pero su boca no articuló sonido alguno, y
como si todas sus fuerzas se concentrasen en esta emoción interior,
dio un suspiro y cerró los ojos. Valentina se precipitó
(01:05:17):
sobre él. Los labios de Morrel hicieron todavía un movimiento.—
Os llama, dijo el conde, desde el fondo de su
sueño aquel a quien habíais confiado vuestro destino y la
muerte ha querido separaros. Pero esto ha sido por vuestro bien.
Yo he vencido la muerte. Valentina, en lo sucesivo no
(01:05:38):
debéis separaros más sobre la tierra, puesto que para encontraros
se precipitaba en el sepulcro. Sin mí moriríais los dos.
Os devuelvo el uno al otro. Así Dios me tenga
en cuenta las dos existencias que ahora salvo. Valentina hació
la mano de Montecristo y en un irresistible impulso de
alegría la llevó a sus labios. Oh, perdonadme. Dijo el conde. Oh, repétime,
(01:06:05):
sin cansaros de repetírmelo. Repétime que os he hecho dichosa.
No sabéis cuánta necesidad tengo de la seguridad de vuestras palabras. Oh, sí, sí,
os lo agradezco con toda mi alma. Dijo Valentina, y
si dudáis de mis palabras, ay, preguntádselo a Aidee, a
mi querida hermana Aidee, que después de nuestra partida de
(01:06:27):
Francia me ha hecho esperar resignada, hablándome de vos, el
venturoso día que hoy luce para mí.¿ Con qué amáis
a Aide? Preguntó Montecristo con una emoción que en vano
se esforzaba en disimular. Oh, con toda mi alma. Escuchad entonces, Valentina,
dijo el conde, tengo una gracia que pediros. A mí,
(01:06:51):
gran Dios.¿ Seré tan dichosa? Sí, habéis llamado a Aide,
vuestra hermana, que lo sea en efecto. Valentina, dadle todo
lo que creáis de verme a mí. protegerla, Morrel y vos, porque,
la voz del conde pareció ahogarse en su garganta, en
adelante quedarás sola en el mundo. Sola en el mundo.
(01:07:15):
Repitió una voz detrás del conde,¿ y por qué? Montecristo
se volvió. Aide estaba en pie, pálida y helada, mirando
al conde con expresión de profundo estupor. Porque mañana, hija mía,
estarás libre, respondió el conde, porque recobrarás en el mundo
el puesto que te es debido, porque no quiero que
(01:07:35):
mi destino oscurezca el tuyo. Hija de príncipe, te devuelvo
las riquezas y el nombre de tu padre. Aide palideció,
abrió las manos diáfanas como hace la Virgen que se
encomienda a Dios y con una voz trémula por las lágrimas. Veo, Señor,
que me abandonas. Dijo. Aide. Aide. Eres joven, eres bella.
(01:08:01):
Olvídate hasta de mi nombre y sé dichosa. Perfectamente, dijo Aide,
tus órdenes serán cumplidas. Olvidaré hasta tu nombre y seré dichosa.
Y dio un paso atrás, para retirarse. ¡Oh, Dios mío!
exclamó Valentina, sosteniendo con su espalda la cabeza inmóvil de Morrel,¿
(01:08:23):
no veis su palidez, no comprendéis lo que sufre? Aide
le dijo con una expresión desgarradora.¿ Por qué quieres, hermana mía,
que me comprenda? Es mi señor, soy su esclava, tiene
derecho a no ver, a no comprender nada. El conde
tembló a los acentos de esta voz que hizo vibrar
hasta las fibras más secretas de su corazón. Sus ojos
(01:08:46):
se encontraron con los de la joven y no pudieron
resistir su resplandor. Dios mío, Dios mío, dijo,¿ será verdad
lo que me habíais dejado sospechar? Aide,¿ serías dichosa en
no abandonarme? Soy joven, respondió con dulzura, amo la vida
que me ha hecho siempre tan venturosa, y sentiría morir.
(01:09:10):
Lo cual quiere decir que si yo te dejo, Aide. Moriré, señor, sí.¿
Con qué me amas? Oh, Valentina, pregunta si le amo. Valentina,
dile tú si amas a Maximiliano. Montecristo sintió desahogado el
pecho y dilatado el corazón. Abrió los brazos. Aide se
(01:09:34):
lanzó en ellos dando un grito.« Oh, sí, te amo». Dijo,«
Te amo como se ama a un padre, a un hermano,
a un esposo. Te amo como se ama a Dios,
porque eres para mí el más bello, el mejor y
el más grande de los seres creados. Sea como tú quieres,
ángel querido». Dijo el conde, Dios, que me levantó contra
(01:09:57):
enemigos y me dio la victoria, Dios, lo veo bien,
no quiere que sea el arrepentimiento el término de mis triunfos.
Yo quería castigarme, Dios quiere perdonarme. Ama, pues, Aide.¿ Quién sabe?¿
Tu amor acaso logre hacerme olvidar lo que es necesario
que olvide?¿ Y qué dices tú, Señor? Preguntó la joven.
(01:10:22):
Digo que una palabra tuya, Aide, me ha enseñado más
que veinte años de lenta experiencia. No tengo más que
a ti en el mundo, Aide, por ti vuelvo a
la vida, por ti puedo sufrir, por ti puedo ser dichoso.—¿
Lo oyes, Valentina?— exclamó Aide, dice que por mí puede sufrir,
por mí, que por él daría la vida. El conde
(01:10:45):
quedó un instante pensativo.—¿ Habré entrevisto la verdad?— dijo.—¡ Oh!¡
Dios mío!« No importa, recompensa o castigo, acepto este destino. Ven, Aide, ven».
Y estrechando con su brazo el talle de la joven,
apretó la mano a Valentina y desapareció. Transcurrió aproximadamente una hora,
(01:11:11):
durante la cual, muda, anhelante, con los ojos fijos, permaneció
Valentina al lado de Morrel. Al cabo sintió que palpitaba
su corazón. que un soplo imperceptible abrió sus labios y
advirtió el estremecimiento que anunciaba la vuelta a la vida
en todo el cuerpo del joven. Al fin, se abrieron
sus ojos, pero fijos primero, recobró luego la vista clara,
(01:11:34):
real y, con la vista, la sensibilidad, con la sensibilidad
del dolor.—¡ Oh!— exclamó con el acento de la desesperación—,
vivo aún, el conde me ha engañado. Y su mano
se tendió sobre la mesa y cogió un cuchillo.— Amigo—
dijo Valentina con su adorable sonrisa—, despierta ya y mira
(01:11:55):
hacia mí. Morrel dio un gran grito, y delirante, lleno
de dudas, desvanecido como por una visión celeste, cayó sobre
las rodillas. Al siguiente día, al despuntar la aurora, Morrel
y Valentina se paseaban por la costa cógidos del brazo.
La joven le contaba cómo Montecristo se había presentado en
(01:12:16):
su cámara, revelándoselo todo, cómo le había hecho comprender el
crimen y, finalmente, la salvó milagrosamente del sepulcro, al propio
tiempo que le hacía creer que estaba muerta. Hallando abierta
la puerta de la gruta, salieron a dar un paseo.
Lucían aún en el cielo las últimas estrellas de la noche.
(01:12:37):
Morrel percibió entre las sombras de un grupo de rocas
un hombre que esperaba una señal para acercarse a ellos
y se lo mostró a Valentina.— Es Jacobo— dijo el capitán.
Y le llamó con una seña.—¿ Tenéis algo que decirnos?—
le preguntó Morrel.— Tengo que entregaros esta carta de parte
(01:12:58):
del conde.— Del conde— murmuraron a la vez los dos jóvenes.— Sí, led.
Morrel la abrió y leyó.— Mi querido Maximiliano, hay una
falúa anclada para vos. Jacobo os llevará a Liorna, donde
el señor Noirtier espera a su hija para bendecirla antes
(01:13:18):
de que os acompañe al altar. Todo cuanto hay en
esta gruta, amigo mío, mi casa de los campos elíseos
y mi castillo de Treport, son el regalo de boda
que hace Edmundo Dantés al hijo de su patrón Morrel.
La señorita de Villefort aceptará la mitad, pues le suplico
de a los pobres de París toda la fortuna que
adquiera de su padre, loco, y de su hermano, fallecido
(01:13:41):
en septiembre último con su madrastra. Decid al ángel que
va a velar por vuestra vida, Morrel, que ruegue alguna
vez por un hombre que, semejante a Satanás, se creyó
un instante igual a Dios, y ha reconocido con toda
la humildad de un cristiano, que sólo en manos de
la providencia está el poder supremo y la sabiduría infinita.
(01:14:01):
Sus oraciones endulzarán quizá el remordimiento que lleva en el
fondo de su corazón. En cuanto a vos, Morrel, he
aquí el secreto de mi conducta. No hay ventura ni
desgracia en el mundo, sino la comparación de un estado
con otro, he ahí todo. Sólo el que ha experimentado
el colmo del infortunio puede sentir la felicidad suprema. Es
(01:14:24):
preciso haber querido morir, amigo mío, para saber cuán buena
y hermosa es la vida. Vivid, pues, y sed dichosos,
hijos queridos de mi corazón, y no olvidéis nunca que
hasta el día en que Dios se digne de cifrar
el porvenir al hombre, toda la sabiduría humana estará resumida
en dos palabras, confiar y esperar. Vuestro amigo Edmundo Dantés,
(01:14:48):
Conde de Montecristo Durante la lectura de esta carta, que
le revelaba la locura de su padre y la muerte
de su hermano, Valentina palideció. Un suspiro doloroso se exhaló
de su pecho y lágrimas que no eran menos amargas
por ser silenciosas, rodaron de sus mejillas. La aventura le
costaba bien cara. Morrel miró a su alrededor con inquietud. Pero, dijo,
(01:15:13):
el conde exagera ciertamente su generosidad. Valentina se contentará con
mi modesta fortuna.¿ Dónde está el conde, amigo? Conducime a él.
Jacobo extendió la mano y señaló en dirección al horizonte.—¿ Cómo?¿
Qué queréis decir?— preguntó Valentina.—¿ Dónde está el conde?—¿ Dónde
(01:15:37):
está Idé?— Mirad— dijo Jacobo. Los ojos de los dos
jóvenes se fijaron en la línea indicada por el marino,
y sobre ella, en el horizonte que separa el cielo
del mar, distinguieron una vela blanca, grande como el ala
de la gaviota. Partió. exclamó Morrel, partió.— Adiós, amigo mío.— Adiós,
(01:16:01):
padre mío. Partió. Murmuró Valentina.— Adiós, amiga mía.— Adiós, hermana mía.—¿
Quién sabe si algún día le volveremos a ver?— dijo Morrel,
enjugándose una lágrima. Cariño, repuso Valentina,¿ no acaba de decirnos
(01:16:22):
que la sabiduría humana se encierra toda ella en estas
dos palabras? Confiar y esperar. Fin. Sobre el autor. Alexandre Dumas, 1802-1870,
fue una figura dominante en la escena literaria del siglo
XIX francés. Autor de novelas inolvidables como El Conde de Montecristo,
(01:16:46):
Los Tres Mosqueteros, Veinte Años Después, El Tulipán Negro, La
Reina Margot o La Guerra de las Mujeres. Su literatura
de corte novelesco continúa viva en nuestro tiempo. Sus novelas
se reeditan sin cesar y sus historias son adaptadas una
y otra vez por la industria cinematográfica. Pigeon, Casa Editorial,
(01:17:06):
presentó El Conde de Montecristo Autor, Alexandre Dumas Gracias por
escuchar este audiolibro. Esperamos que lo hayas disfrutado.