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October 16, 2025 37 mins
Una mujer desaparece tras dejar una nota a su marido. Cuatro días después, su cuerpo aparece enterrado en el jardín de un hombre al que conoció por internet. No hay señales de lucha. No hay secuestro. No hay sorpresa. En este episodio, exploramos el caso real de Sharon Lopatka, una historia que desafía las categorías tradicionales del crimen: ¿puede una muerte ser deseada? ¿Puede alguien ser culpable si la víctima pidió su final? A través de un análisis riguroso, detallado y respetuoso, recorremos los hechos, el contexto legal, el perfil psicológico de los implicados y las preguntas que siguen abiertas casi 30 años después. Una historia tan extraña como real, que nos obliga a mirar de frente los límites del consentimiento, el poder del deseo y las vidas ocultas que muchas personas llevan en silencio. #TrueCrime #PodcastCriminal #CrónicaNegra #HistoriasReales #PodcastDeCrimen #CrimenReal #NarrativaCriminal #MisteriosReales #TrueCrimePodcast #HistoriasOscuras
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Episode Transcript

Available transcripts are automatically generated. Complete accuracy is not guaranteed.
Speaker 2 (00:06):
Hay crímenes que desafían no solo a la ley, sino
también a la lógica, a la moral y a lo
que creemos que una persona es capaz de pedir, hacer
o consentir. Historias que no encajan en los patrones habituales
de violencia ni de justicia y que nos obligan a
mirar más allá de lo que creemos que está bien

(00:30):
o mal. incluso más allá de lo que entendemos como
voluntario o involuntario. El caso del que vamos a hablar
hoy es uno de ellos. Un asesinato sin agresión previa,
sin robo, sin celos, sin odio. Un crimen sin sorpresa

(00:51):
ni huida. Una muerte anunciada, deseada, planeada y aceptada. Bienvenidos
a un nuevo episodio de Dosier Criminal. Aquí, cada caso
es más que un crimen. Es una historia marcada por
el misterio, el silencio y verdades que esperan ser contadas.

(01:12):
Si te gusta este contenido, suscríbete y deja tu like.
Así me ayudas a seguir dando voz a quienes ya
no pueden hablar. Mi nombre es May García y estáis
escuchando Dosier Criminal. El 13 de octubre de 1996, una mujer de 35

(01:36):
años llamada Sharon Lopaka desapareció tras tomar un tren desde
Maryland hasta Carolina del Norte. Nadie sabía exactamente por qué
se había ido ni con quién. Había dejado una nota
a su marido, pero poco más. Cuando las autoridades comenzaron

(01:57):
a investigar, lo que encontraron fue inquietante. una larga cadena
de correos electrónicos donde Sharon había pactado con un desconocido
que la torturara y la asesinara, como parte de una
fantasía sexual consensuada. Esta es la historia de Sharon, una

(02:21):
mujer que pidió ser asesinada, y de Robert Glass, el
hombre que accedió a hacerlo. Sharon nació en 1961 en una
familia judía del estado de Maryland. Creció en un entorno
que podría considerarse completamente convencional. Sus padres eran miembros activos

(02:44):
de su comunidad, religiosos, trabajadores y sin grandes conflictos. Ella
fue una niña tranquila, una estudiante normal sin incidentes. Se
casó con Víctor, un hombre también discreto, con quien compartía
una vida aparentemente estable. Residían en una casa modesta, pero cuidada,

(03:08):
con jardín y un entorno tranquilo de clase media. Desde fuera,
Sharon parecía una mujer corriente, sin antecedentes penales, sin historial
de salud mental diagnosticada, Nadie la consideraba conflictiva ni solitaria.
Había trabajado como asistente administrativa y en los años 90 comenzó

(03:33):
a dedicarse desde casa a la venta de productos decorativos.
Pero eso solo fue una parte de su actividad. A
través de la red también ofrecía servicios menos tradicionales, vinculados
a intereses más oscuros. Vendía contenido erótico y cartas con

(03:56):
fantasías sexuales personalizadas. Lo cierto es que Sharon llevaba una
doble vida. Por un lado, era la esposa de un
hombre tranquilo que parecía ajeno a todo aquello. Y por otro,
era una mujer que exploraba activamente sus fantasías más extremas

(04:16):
a través de múltiples identidades virtuales. Utilizaba pseudónimos en chat
de fetichismo y de sadomasoquismo. Escribía relatos, intercambiaba ideas y
buscaba personas que compartieran una necesidad específica. La fantasía de

(04:37):
ser torturada y asesinada como parte de una experiencia sexual.
Sharon no vivía recluida ni daba señales públicas de desesperación.
pero en sus comunicaciones privadas dejaba claro que su deseo
era morir. No por accidente, ni por enfermedad, sino por elección.

(04:58):
Y no de cualquier manera, sino a través de un
acto cargado de violencia física, emocional y simbólica. Quería ser sometida,
quería sentir dolor y quería que el final fuera real, definitivo.
Sus búsquedas en Internet no eran impulsivas, estaban bien pensadas.

(05:20):
Había contactado con varios hombres en foros especializados antes de
encontrar a quien buscaba. Y a cada uno le expresaba
lo mismo, que su deseo era auténtico, que no era
una broma y que estaba dispuesta a viajar y a
morir en manos de quien aceptara. Este punto es importante,

(05:42):
porque en todo momento Sharon insistía en que su voluntad
era libre. No había amenazas, ni presiones, ni dinero de
por medio. Solo un deseo que ella creía legítimo. Una
fantasía que, según sus propias palabras, necesitaba llevar a cabo
antes de morir, de cualquier otra forma. Para ella era

(06:05):
su forma de control y su manera de decidir. Y
esa decisión, por perturbadora que parezca, fue la que la
llevó a enviar aquel último mensaje, a tomar aquel tren
y a desaparecer. Robert Glass tenía 44 años. Vivía en un

(06:26):
pueblo de Carolina del Norte. Glass era técnico en informática
y trabajaba en una empresa de la localidad. En su
entorno laboral no era considerado problemático. pero tampoco alguien especialmente cercano.
Era reservado, algo introvertido, con una apariencia común y sin

(06:48):
rasgos que llamara la atención. No tenía antecedentes penales, no
había denuncias previas y nadie, al menos en la superficie,
parecía sospechar que pudiera estar vinculado a ningún comportamiento violento.
Sin embargo, su mundo interior era muy distinto. A través

(07:10):
de Internet, bajo pseudónimos y en foros restringidos, Robert Glass
participaba en conversaciones que giraban en torno a prácticas peligrosas,
al borde de lo legal y de lo vital. En
esos espacios, Glass se mostraba como alguien interesado en la
dominación absoluta. Escribía con un tono meticuloso, detallista, con descripciones

(07:35):
gráficas de actos de control, asfixia y sumisión sin retorno.
Se le conocía como un máster dentro de esos microcosmos.
Alguien que sabía mantener el control verbal, que entendía los
códigos de ese lenguaje y que tenía experiencia en lo

(07:56):
que hoy llamaríamos ciberquímica. Y fue en uno de esos
foros donde apareció Sharon. Ella también usaba un seudónimo. Comenzaron
con mensajes públicos, pero muy pronto pasaron a comunicarse por
correo electrónico de forma privada. Lo que siguió fue un

(08:18):
intercambio intenso, constante, que duró varias semanas. Se enviaban mensajes largos,
donde detallaban escenarios, condiciones y límites. o más bien la
ausencia de límites. Sharon le explicaba que no quería juegos,
que no buscaba simulación, lo que deseaba era una experiencia real.

(08:43):
Robert no parecía sorprendido, no la rechazó, al contrario, respondía
con naturalidad, a veces con una frialdad clínica y otras
con un tono más envolvente. pero no había duda en
sus palabras, entendía lo que ella pedía y aceptaba el
rol que se le asignaba. Y él la preguntaba cómo

(09:05):
quería morir, qué tipo de dolor soportaba, qué clase de
palabras deseaba escuchar mientras ocurría. Y ella respondía con la
misma claridad. Decía que quería ser asfixiada lentamente, que no
quería anestesia ni preparación, y que aceptaba que eso implicaba

(09:25):
su muerte real y que era lo que más deseaba.
Estos correos hoy son públicos en parte del expediente judicial
y lo que sorprende no es sólo el contenido sino
el tono, la calma con la que ambos discuten temas
que en cualquier otro contexto serían impensables. Hablan del acto

(09:50):
como si se tratara de una cita íntima, una especie
de contrato emocional, con una lógica interna muy precisa. No
hay amenazas, no hay manipulaciones evidentes. Solo dos personas que,
desde lugares diferentes, concluyen en un deseo inusual, peligroso y mortal.

(10:15):
A lo largo de esa correspondencia, Sharon insistía en algo.
Que todo debía de ser documentado. Le pedía a Robert
que escribiera después lo que había hecho. Que describiera cómo
había sido. Que su muerte no quedara en el olvido,
sino que formara parte de una narrativa. Como si de

(10:37):
alguna manera, al ser contada, su muerte tuviera sentido. como
si buscara que su historia, aunque extrema, no desapareciera con ella.
La última parte del intercambio fue concreta. Se pusieron de
acuerdo en una fecha. Sharon tomaría el tren desde Baltimore

(10:59):
hasta Charlotte, Carolina del Norte. Desde allí, Robert la recogía
y la llevaría a su casa. No era un plan improvisado,
era una decisión tomada. Y ambos sabían, al menos en teoría,
lo que ocurriría después. El 13 de octubre de 1996, Sharon salió

(11:23):
de su casa. Dejó una nota a su marido, donde
le decía que se iba por unos días y que
no debía de preocuparse. No le decía dónde y no
le daba explicaciones. Pero en su interior sabía que no
iba a volver. Ese mismo día, Robert la recogió de

(11:44):
la estación, la llevó en coche hasta su casa. Nadie
los vio llegar, nadie escuchó nada y durante los días
siguientes nada se supo más de ella. Hasta que alguien
finalmente comenzó a preguntar. Entre agosto y octubre de 1996, Sharon

(12:07):
y Robert intercambiaron más de 900 correos electrónicos. No eran simples
frases aisladas. Muchos de ellos eran largos, detallados y redactados
con un lenguaje cuidado. Esos mensajes no eran impulsivos ni superficiales.
Eran la preparación deliberada de lo que ambos entendían como

(12:30):
el acto final de Sharon. Ella escribía desde una cuenta
registrada bajo un alias, aunque su IP fue rastreada fácilmente
tras la denuncia. Sus mensajes combinaban erotismo explícito con una
insistencia constante en que su deseo era real. En uno

(12:53):
de los correos más citados por los investigadores, Sharon escribe«
Mi mayor deseo es experimentar la muerte». no en forma simbólica,
sino real. Necesito sentir la pérdida del control total, saber
que no puedo volver atrás. Cuando me veas suplicar, no

(13:14):
me creas. Mi cuerpo podría resistirse, pero mi voluntad es clara.
En varios correos le explicaba cómo debía de actuar él,
qué tipo de violencia la excitaba y cómo reaccionaría si
entraba en pánico. Y decía, no detengas lo que estamos

(13:35):
haciendo si ves miedo en mi rostro. El miedo es
parte de lo que deseo sentir. No lo tomes como
una señal de arrepentimiento, porque no lo es. Es importante
decir que el nivel de planificación no era superficial. No
hablaban solo de actos sexuales o juegos de roles. Había

(13:57):
una voluntad explícita de morir y una aceptación por parte
de Glass. Esto colocaba el caso en un terreno jurídicamente ambiguo.¿
Puede alguien ser declarado culpable de asesinato si la víctima
pidió conscientemente que la mataran? En respuesta, Robert escribía con

(14:19):
un tono más calculado. Respondía a sus indicaciones punto por punto.
Y en uno de los mensajes más reveladores le dice...
Si esto es lo que realmente quieres, debes de entender
que no hay vuelta atrás, no hay ensayos. Una vez
que comencemos, no podré detenerme, no lo haré. Lo que

(14:43):
demuestran estos correos es que él sabía lo que iba
a hacer y ella sabía lo que le iba a ocurrir.
Pero había otra capa más inquietante, una suerte de ficción compartida,
una narrativa construida entre ambos como si fuera una especie
de guión íntimo. A veces hablaban de lo que vendría

(15:05):
como si fuera una obra de teatro. Sharon pedía que
le describiera cómo sería la escena, cómo estaría colocada, qué
haría con su cuerpo. Pedía detalles en estos últimos correos
y le dice... No quiero simplemente desaparecer. Quiero ser tu obra.
Quiero que cuando termines me veas como el resultado de

(15:29):
tu deseo. Haz que valga la pena. Este tipo de
lenguaje no es común en víctimas de violencia real. Aquí
lo que vemos es una dinámica de entrega absoluta, como
una fascinación por el dolor, por la pérdida de control
y la muerte como experiencia erótica. Eso no quita gravedad

(15:52):
al crimen, pero sí lo coloca en un lugar excepcional
desde lo psicológico. Por otro lado, Robert no se mostraba inquieto,
no planeaba dudas éticas, no intentaba disuadirla. En ningún mensaje
la confrontó seriamente con con la posibilidad de buscar ayuda profesional.

(16:16):
Al contrario, parecía sentirse halagado por la confianza que ella
depositaba en él. En uno de sus mensajes finales le
escribe Cuando llegue el momento, sabré cómo hacerlo. No será rápido.
Quiero que sientas cada parte de lo que pediste. No
con odio, con precisión y con dedicación. Y esto demuestra

(16:42):
que no solo es un asesinato improvisado, es alguien que
entra conscientemente en el rol que ella le asignó y
lo hace sin vacilar. Una de las partes más perturbadoras
del intercambio tiene que ver con lo que Sharon le
pedía que hiciera después. No le pedía que se escondiera,

(17:04):
no le pedía que huyera. Le pedía que contara su historia,
que dejara registro, que compartiera lo que había hecho. Tal
vez pensaba que si su historia se contaba, tendría sentido.
Tal vez quería que otros la entendieran o que alguien
la recordara. También le pedía que escribiera a su esposo

(17:28):
si las cosas salían mal, que no lo culpara, que
él no sabía nada. De hecho, en toda su correspondencia
no hay ni una sola mención directa de Víctor, su marido.
No lo odiaba, no quería huir de él, simplemente lo
había dejado fuera de esta parte de su vida. Estos correos,

(17:52):
con sus fechas, con sus firmas y con sus palabras crudas,
serían más tarde las pruebas principales del caso. Pruebas que
nadie pudo refutar. No había duda de que Glass los
había recibido y de que Sharon los había enviado. No
fue una emboscada, no fue un error, fue un pacto.

(18:18):
El domingo 13 de octubre de 1996, Sharon había dejado su casa.
Nadie en su entorno tenía motivos para sospechar que no regresaría.
Su marido Víctor se quedó en casa, ajeno a todo
lo que estaba ocurriendo. Según declararía más tarde, pensó que

(18:39):
Sharon se había ido a visitar a una amiga o
que necesitaba estar tiempo sola. No era algo muy común
en ella, pero tampoco era alarmante. Lo cierto es que
al salir de casa aquella mañana, Sharon dejó una nota
a su marido. La nota era breve. En ella decía

(18:59):
que se iba unos días y que no se preocupara
de buscarla. Era un mensaje frío, impersonal, pero sin signos
de angustia ni despedida emocional. Víctor esperó, no llamó a
la policía de inmediato. Pasaron dos días antes de que
comenzara a preocuparse. El miércoles 16 de octubre, cuando ya habían

(19:24):
pasado 72 horas sin noticias, la nota ya no le parecía tranquilizadora.
Y fue entonces cuando decidió revisar el ordenador de su esposo.
Pero lo que encontró en ese ordenador lo dejó perplejo.
Víctor descubrió una carpeta con cientos de correos electrónicos, mensajes

(19:47):
con un lenguaje explícito perturbador entre Sharon y un hombre
que él no conocía. Hasta ese momento, Víctor no sabía
ni podía imaginar que Sharon llevaba una doble vida. No
sabía que ella participaba en foros de fetichismo, ni que

(20:09):
vendía contenidos sexuales, ni que tenía varias identidades virtuales con
las que mantenía contacto habitual con desconocidos. Todo eso se
reveló de golpe. Lo que descubrió no solo cambió su
percepción de ella, sino que le empujó a hacer lo
que hasta entonces había evitado, contactar con las autoridades. El 18

(20:35):
de octubre, cinco días después de la desaparición, Víctor se
presentó en una comisaría de policía. Llevó consigo la nota
de Sharon y una copia impresa de los correos electrónicos.
Declaró que su esposa estaba desaparecida y que temía que
pudiera haber sido víctima de un crimen. Explicó con un

(20:59):
tono contenido lo que había leído. No dramatizó, no exageró,
solo entregó los documentos y dejó que los agentes leyeran
por sí solos. Los detectives que tomaron el caso eran
del departamento de policía, que en aquel momento no contaba

(21:19):
con una unidad especializada en crímenes relacionados con Internet. Eso
no existía aún como tal, pero sí que uno de
los agentes tenía experiencia en rastreos informáticos y fue el
encargado de analizar el rastro digital de Sharon. No tardaron
en localizar la dirección de IP desde la cual Sharon

(21:42):
había enviado sus últimos correos. Y esa dirección correspondía a
un proveedor de acceso a Internet en Carolina del Norte.
Y específicamente a una línea residencial ubicada en Lenoir. El
titular de esa línea era un hombre llamado Robert Glass.

(22:06):
Las piezas comenzaron a encajar. El nombre coincidía. La ubicación
era remota, lejos de Maryland. Y lo más inquietante, Robert
Glass tenía una conexión activa con Sharon hasta el día
exacto de su desaparición. El último mensaje entre ambos, según
los registros del servidor, había sido enviado el mismo domingo

(22:29):
en que ella salió de su casa. Con esa información,
la policía solicitó una orden judicial para rastrear los movimientos
de Sharon desde Baltimore hasta Carolina del Norte. Contactaron con
la compañía ferroviaria, que confirmó que Sharon había comprado un

(22:51):
billete con destino a Charlotte, a Carolina del Norte, y
que había viajado sola. La hora de llegada coincidía con
la franja en que Robert Glass había dejado de enviar
correos electrónicos ese día. A partir de ahí, su conexión
en línea también cesó durante varias horas. Los agentes de

(23:15):
Maryland solicitaron una orden de registro para la vivienda de
Robert Glass. fue emitida con carácter de urgencia el 25 de octubre,
exactamente 12 días después de la desaparición. Los agentes llegaron a
la casa de Robert por la mañana, sin anunciarse. Era

(23:36):
una vivienda aislada, rodeada de árboles, con un cobertizo en
la parte trasera. Glass abrió la puerta y se mostró cooperativo,
aunque visiblemente nervioso. Afirmó no conocer a ninguna Sharon. Dijo
que no sabía de qué hablaban, pero no ofreció ninguna

(23:57):
explicación sobre los correos. Mientras un grupo de agentes interrogaba
a Glass, otros comenzaron a inspeccionar la vivienda y el terreno.
No encontraron sangre, ni armas, ni signos de lucha. La
casa estaba en orden. No había ningún cuerpo. Pero en
el jardín, los perros señalaron una zona blanda, cerca del cobertizo. Allí,

(24:24):
a unos 60 centímetros de profundidad, estaba enterrado el cuerpo de Sharon.
Estaba envuelta en una sábana, sin signos extremos de violencia.
La autopsia, más tarde, reveló que la causa de la
muerte fue asfixia por estrangulamiento manual. Robert fue detenido en

(24:44):
el acto. Durante el registro se incautaron su ordenador, discos duros,
disquet y carpetas físicas con impresiones de chat y correos.
La evidencia era irrefutable. Los correos no solo confirmaban que
conocía a Sharon, sino que habían planeado el encuentro y
que ella había pedido morir. El caso había dejado de

(25:10):
ser una desaparición, era oficialmente una muerte, con sospecha de homicidio.
Pero la complejidad apenas comenzaba, porque los fiscales debían de
determinar ahora si ese asesinato, planeado, consentido, pactado, era legalmente
un crimen. El 25 de octubre de 1996, el mismo día en

(25:36):
que el cuerpo de Sharon fue hallado enterrado en el
jardín de Robert, el caso pasó inmediatamente a manos del fiscal.
El fiscal tenía frente así una situación tan excepcional como
difícil de encuadrar. Una víctima que parecía haber solicitado ser
asesinada y un acusado que no ocultaba que lo había hecho.

(26:03):
La primera decisión fue pragmática. Robert fue arrestado bajo el
cargo de homicidio en segundo grado. No se le imputó
el asesinato en primer grado porque requería demostrar premeditación con
intención maliciosa o motivación criminal. El homicidio en segundo grado,
en cambio, se aplica cuando hay intención de matar, pero

(26:27):
sin agravantes extremos. Y esa fue la clave, la legalidad
del consentimiento. El sistema penal estadounidense, como la mayoría de
los sistemas jurídicos en el mundo, no admite el consentimiento
como defensa válida en casos de homicidios. Una persona puede
consentir a muchas cosas, relaciones sexuales, procedimientos médicos invasivos, incluso

(26:53):
ciertos tipos de daño físico en contextos deportivos o eróticos.
Pero el consentimiento para morir no exime a quien causa
la muerte. La defensa de Robert, sin embargo, intentó moverse
en un terreno intermedio. Argumentaron que no se trataba de

(27:15):
un asesinato en sentido clásico, sino de una forma extrema
de suicidio asistido, al que Glass accedió bajo una influencia
emocional intensa por parte de Sarno. Sostuvieron que ella había
manipulado la situación, que había insistido de forma reiterada y
que su cliente no había actuado por impulso violento, sino

(27:39):
por una combinación de obediencia, fascinación y compromiso afectivo con
una persona que deseaba morir. Los correos electrónicos fueron la
pieza clave tanto para la acusación como para la defensa.
Por un lado demostraban que Robert había planificado y ejecutado
el acto y por otro mostraban que Sharon lo había

(28:02):
solicitado reiteradamente. Se ordenó una evaluación psiquiátrica de Robert Glass.
El informe concluyó que Glass no sufría trastornos psicóticos ni
pérdida de contacto con la realidad. Era plenamente consciente de
sus actos, comprendía la ilegalidad de lo que había hecho

(28:23):
y no presentaba rasgos clínicos de impulsividad extrema o delirio.
Sí se detectaron rasgos de personalidad esquizoide, con una preferencia
marcada por las relaciones digitales a aislamiento social y una
propensión a conductas sexuales no convencionales, pero sin indicadores patológicos

(28:44):
de peligrosidad. En cuanto a Sharon, su perfil psicológico también
fue objeto de análisis retrospectivo. Los expertos que revisaron su
correspondencia e historial digital concluyeron que mostraba una fijación con
la idea de autodestrucción como experiencia de liberación. Algunos psicólogos

(29:07):
hablaron de parasuicidio erotizado, un patrón de deseo donde el
dolor físico, el control externo y la muerte se convierten
en un objetivo buscado, pero no desde la desesperación, sino
desde la fantasía. El juicio inicialmente programado para mediados del

(29:28):
año 1997 nunca llegó a celebrarse de forma completa. Ya que
en agosto de ese año, Robert Glass aceptó un acuerdo
de culpabilidad. Se declaró culpable de homicidio voluntario. Una figura
legal intermedia que reconoce que hubo intención de matar, pero

(29:49):
también circunstancias atenuantes. La Fiscalía aceptó el acuerdo para evitar
un proceso largo, costoso y jurídicamente inestable. El juez lo
condenó a un mínimo de 36 meses y un máximo de 53
meses de prisión, una pena que para muchos fue sorprendentemente baja.

(30:13):
Pero para la ley no había agravantes, no hubo mutilación,
ni abuso posterior, ni intento de encubrimiento. Lo que hubo
fue un acto letal pactado, ejecutado sin sadismo, con planificación
y con una víctima que, aunque nos cueste entenderlo, lo
había pedido conscientemente. En el caso de Robert Glass, eso

(30:37):
significaba que tenía que cumplir al menos tres años de prisión,
pero no más de cuatro años y cinco meses en total.
Si mantenía una buena conducta, podía salir en libertad tras
los tres años. Y de hecho, así fue. Quedó en
libertad en el año 2000, tras cumplir el tiempo mínimo. Robert

(31:01):
Glass cumplió su condena en una prisión estatal de Carolina
del Norte. Salió en libertad condicional en el año 2000. Vivió
algunos años más lejos del escrutinio público. Murió en el
año 2002 de un ataque al corazón, con poco más de 50 años.
Nunca volvió a hablar públicamente del caso. Nunca concedió entrevistas.

(31:26):
Nunca expresó su arrepentimiento. pero tampoco justificación, simplemente desapareció. Cuando
repasamos el caso de Sharon, podemos caer fácilmente en la
tentación de buscar una explicación simple, pensar que se trataba
de una persona con problemas mentales o de una víctima

(31:48):
de sus propias fantasías. Puede también ser cómodo colocar toda
la responsabilidad en Robert Glass y pensar que Sharon fue manipulada,
seducida por alguien que supo leer su vulnerabilidad. Pero ninguna
de esas versiones por sí sola abarca la complejidad del caso.

(32:09):
Lo que más desconcertó a los investigadores y luego al
público fue lo profundamente dual que era la vida de Sharon.
A simple vista parecía una mujer común, casada, con casa propia,
sin antecedentes psiquiátricos ni penales, empresaria desde casa, pero sin
embargo llevaba años construyendo en Internet una identidad completamente distinta.

(32:35):
No solo escribía en foros de contenido fetichista extremo, sino
que participaba activamente produciendo y distribuyendo contenido, generando vínculos con
personas de todo el país. y probablemente también del extranjero,
moviéndose con soltura en ese mundo paralelo. Hoy que todos

(32:59):
vivimos con al menos una identidad digital, esta idea no
resulta tan extraña, pero en 1996 era impensable para la mayoría.
Sharon no estaba sola en el mundo, pero lo habitaba
como una de sus protagonistas. Las respuestas que se han

(33:20):
dado varían. Algunas apuntan a un trastorno psicológico específico, como
una forma de depresión crónica o un deseo de anulación
ligado a la baja autoestima. Pero otras interpretaciones más simbólicas
sostienen que Sharon no quería morir literalmente, sino que deseaba
disolverse en una fantasía que por su propia naturaleza era

(33:44):
inejecutable sin llevarla al final. Hay un fenómeno conocido en
psicología como parasuicidio erótico, cuando una persona busca activamente el dolor,
el sometimiento o incluso la muerte como forma de alcanzar
una experiencia trascendente, no por desesperación, sino por deseo. Es

(34:08):
un patrón raro, muy difícil de tratar, porque no encaja
ni en la psiquiatría tradicional ni en los códigos morales comunes.
Sharon parecía convencida de que sólo podía ser ella misma
a través de esa entrega total. Lo dijo en muchos
de sus correos, que quería desaparecer, que su muerte fuera placentera,

(34:33):
deseada y estética, que la idea de sufrir en manos
de otro, de perder el control y dejar de existir,
era para ella una forma de belleza. No era una
víctima clásica, no fue coaccionada, pero eso no significa que
fuera libre en el sentido profundo. Sus decisiones nacían de

(34:57):
una mente atrapada en una idea fija, en un deseo
que se había vuelto obsesivo. No estaba loca, pero tampoco
era simplemente racional. Y Robert Glass, por su parte, tampoco
era un asesino clásico. No tenía antecedentes, no era violento,

(35:17):
no parecía tener rasgos de psicopatía ni tendencias criminales previas.
Tenía una vida igualmente reservada, otra doble vida, escondida en
los foros, en los chat, donde interactuaba con mujeres que
compartían fantasías similares. Él decía que no creía realmente que

(35:38):
Sharon quisiera morir, que pensó que era un juego, hasta
que según sus palabras, ella se quedó quieta y le
dijo que lo hiciera, y lo hizo. La paradoja final
de este caso nos obliga a confrontar algo muy incómodo.
Que dos adultos sin motivos aparentes, sin violencia explícita, sin drogas,

(36:01):
sin coacción ni odio, llegaron juntos a una muerte. Una
muerte pactada, consentida y buscada. Y no hay crimen que
no deje preguntas. Pero este deja más que la mayoría.¿
Qué falló en Sharon?¿ Fue víctima de una enfermedad no visible?¿

(36:21):
O simplemente actuó en los márgenes extremos de su libertad,
más allá de lo que podemos comprender? Y más allá
de ella,¿ cuántas personas viven hoy una vida dividida entre
lo que muestran y lo que desean?¿ Cuántas usan Internet
para explorar lo que no pueden decir en voz alta?¿

(36:45):
Y cuántas se pierden en esos mundos sin que nadie
lo note? La muerte de Sharon no fue un acto
de locura ni una anomalía técnica. Fue el resultado de
una combinación de soledad, deseo, libertad, obsesión y silencio, y
sobre todo de invisibilidad. Hasta aquí el episodio de hoy.

(37:11):
Si te ha gustado, suscríbete y comparte este espacio con
quienes creen que estas historias merecen ser contadas. Gracias por
acompañarme y nos vemos en el siguiente episodio de Dosier Criminal.
Pero recuerda que mientras falte una respuesta, la historia no
ha terminado.
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