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December 18, 2025 44 mins
Este episodio reúne una serie de hechos que, en apariencia, no tienen relación entre sí: una recomendación de salud repetida durante décadas, una presencia observando desde un almacén, una habitación de hotel donde algo permanece en silencio, un expediente sin identidad que nunca se cerró y un objeto cotidiano que respondió a una voluntad ajena. No se presentan como historias extraordinarias, sino como registros. Testimonios, experiencias y documentos que quedaron fuera de la versión cómoda de los hechos. Situaciones que ocurrieron en espacios comunes, en contextos normales, y que precisamente por eso nunca fueron tomadas del todo en serio. Aquí no hay afirmaciones definitivas ni explicaciones forzadas. Cada caso se expone como una reconstrucción: lo que se dijo, lo que se vio, lo que quedó anotado y lo que fue ignorado. En conjunto, forman un patrón inquietante donde lo desconocido no se manifiesta con violencia, sino con persistencia. El consumo de agua en Estados Unidos, la figura de ojos rojos, el hotel en Los Cabos, la Mujer de Isdal y el globo que obedecía comparten algo más que el misterio: todos muestran cómo ciertas anomalías se integran a la rutina sin ser confrontadas, hasta volverse parte del paisaje. El Mundo de lo Desconocido no busca convencer ni tranquilizar. Este episodio invita a escuchar como quien revisa un archivo que no debía abrirse, sabiendo que algunas preguntas no buscan respuesta, sino permanecer abiertas. Porque a veces, lo más inquietante no es lo que aparece… sino lo que siempre estuvo ahí y decidimos no mirar.

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Episode Transcript

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Speaker 2 (00:02):
Bienvenidos a El Mundo de lo Desconocido.¿ Has sentido alguna
vez que algo te observa en la oscuridad?¿ Que hay
historias que no deberían contarse, pero igual te llaman? Aquí
lo inexplicable toma forma y lo que creías seguro empieza

(00:22):
a tambalear. Ajusta tus audífonos, apaga las luces y pregúntate...¿
Estás listo para escuchar lo que otros prefieren ignorar? Iniciamos.

Speaker 4 (00:47):
Durante años nos han repetido una frase que parece inofensiva,
casi paternal. Hay que tomar suficiente agua todos los días.
Ocho vasos, dos litros y medio No menos, no más.
Una recomendación que se convirtió en regla, en hábito, en
mantra moderno. Algo tan normal que nadie lo cuestiona. Pero

(01:09):
hay verdades que se vuelven invisibles precisamente porque se repiten demasiado.
Y a veces, cuando uno se detiene a mirar el
origen de esas verdades, descubre que no nacieron por las
razones que nos contaron. Esta historia no empezó como una
teoría conspirativa. Empezó como una curiosidad incómoda. Hace unas semanas

(01:30):
estaba viendo nuevamente la serie Chernobyl, no por morbo, sino
porque es imposible apartar la mirada cuando se observa cómo
una cadena de decisiones humanas puede alterar el destino de
miles de personas sin que ellas lo sepan. En uno
de los episodios recordé algo que me había contado un
profesor de química durante mis años universitarios. No era una

(01:52):
historia que él relatara con orgullo, más bien la mencionó
como una anécdota incómoda, casi al pasar. Nos contó que
durante un proyecto en el que estuvo involucrado, relacionado con
materiales sensibles, hubo una exposición accidental a radiación. Nada grave,
según le dijeron. Nada que mereciera alarma pública. Pero la

(02:13):
instrucción que recibió fue directa y urgente. Debía encerrarse en
una habitación y beber tanta agua como pudiera durante las
siguientes horas, incluso días. No medicamentos. No tratamientos complejos. Agua.
Mucha agua. En ese momento no le di importancia. Sonaba lógico.
El cuerpo elimina toxinas. El agua ayuda. Caso cerrado. Pero

(02:37):
años después, esa escena regresó a mi mente con una
insistencia extraña. Decidí buscar información básica. Nada oculto. Nada secreto.
Solo una pregunta simple.¿ Cuánta agua se necesita para ayudar
al cuerpo a eliminar restos de radiación? Las respuestas variaban
según la fuente. Pero había una cifra que se repetía

(02:59):
una y otra vez. Alrededor de 2.5 litros diarios. Aproximadamente 8 vasos
de agua. 8 vasos. Esa cifra me resultó familiar. No
porque sea científica, sino porque está grabada en la cultura popular.
Es una recomendación que se repite desde hace décadas en
Estados Unidos y por extensión en buena parte del mundo occidental.

(03:22):
Bebe 8 vasos de agua al día. Una frase que parece
surgir de la nutrición moderna, del bienestar, del autocuidado.¿ Pero
de dónde salió realmente? Mientras investigaba, me encontré con algo curioso.
En foros y redes sociales de otros países, especialmente europeos,
es común encontrar burlas hacia los estadounidenses por su obsesión

(03:45):
con beber agua constantemente. Comentarios del tipo, bebe cuando tengas sed,
no necesitas tanta agua, eso es marketing. Muchos relacionan esta
conducta con el capitalismo, con la industria del agua embotellada,
con el consumo exagerado. Y entonces surgió una pregunta clave.¿
Qué vino primero?¿ La recomendación oficial o el negocio? La

(04:08):
producción masiva de agua embotellada tal como la conocemos hoy
no comenzó sino hasta la década de 1970. Antes de eso,
el agua se bebía del grifo, de fuentes locales, sin
marcas ni campañas publicitarias globales. Entonces, si el negocio vino después,¿
de dónde salió la recomendación? La respuesta oficial apunta al

(04:30):
Consejo de Alimentación y Nutrición de Estados Unidos, que en 1945
emitió una guía donde se mencionaba que un adulto promedio
necesitaba alrededor de 2.5 litros de agua diarios. Ocho vasos, exactamente
la cifra que seguimos repitiendo hoy. Pero aquí es donde
la historia empieza a torcerse. 1945 Ese año no es cualquier año. En 1945,

(04:58):
Estados Unidos probó la primera bomba atómica en su propio territorio.
El proyecto Manhattan culminó no solo con Hiroshima y Nagasaki,
sino con pruebas nucleares realizadas en suelo estadounidense. El desierto
de Nuevo México fue el escenario de una explosión que
liberó una cantidad de radiación nunca antes vista por la humanidad. Oficialmente,

(05:20):
se dijo que las pruebas eran seguras, que los niveles
de radiación estaban controlados, que no había riesgo para la
población civil. Pero documentos desclasificados décadas después muestran otra historia.
La radiación no se quedó en el desierto, viajó con
el viento, se filtró en el suelo, alcanzó pueblos, ciudades,

(05:40):
comunidades enteras que nunca fueron informadas. Entonces surge una posibilidad inquietante.¿
Qué pasaría si la recomendación de beber 2.5 litros de agua
diarios no fuera originalmente nutricional, sino preventiva?¿ Qué pasaría si
ese mensaje se disfrazó de consejo de salud para evitar
el pánico? La declaración del consejo incluía un detalle que

(06:04):
con el tiempo fue convenientemente olvidado. Gran parte del agua
necesaria podía obtenerse a través de los alimentos, sopas, frutas, verduras,
no necesariamente bebiendo agua de forma directa. pero esa aclaración
desapareció del discurso popular. Lo que quedó fue la cifra,
ocho vasos, todos los días. Y mientras tanto, Estados Unidos

(06:27):
continuó realizando pruebas nucleares durante años, no una, no dos, decenas,
algunas atmosféricas, otras subterráneas, cada una liberando partículas radioactivas que
no respetan fronteras ni comunicados oficiales. Imagínalo por un momento.
Admitir públicamente que gran parte del país había sido expuesto

(06:47):
a radiación habría significado una crisis sin precedentes. Demandas, pánico,
desconfianza absoluta en el gobierno. Pero si en lugar de
eso se podía reducir mínimamente el impacto biológico, impulsando a
la población a hidratarse más, el problema se diluía, literalmente.
No se trataba de eliminar la radiación por completo. Eso

(07:10):
era imposible. se trataba de reducir el daño lo suficiente
como para que los efectos no fueran inmediatos ni evidentes,
que aparecieran años después, décadas después, cuando ya nadie pudiera
señalar una causa directa. Porque esta teoría no necesita imaginar
científicos malvados ni conspiradores caricaturescos, solo requiere aceptar algo mucho

(07:32):
más incómodo, que en ciertos momentos históricos, la salud pública
se ha manejado como un cálculo de daños aceptables. que
no se busca salvar a todos, sino evitar el colapso social.
Con el paso del tiempo, la recomendación se normalizó, se
desvinculó de su posible origen, se transformó en hábito, en cultura,
en mercado. La industria del agua embotellada encontró el terreno

(07:56):
perfecto décadas después, no tuvo que convencer a nadie de
que bebiera agua, eso ya estaba hecho, solo tuvo que
venderla en botellas. Pero el origen quedó enterrado bajo capas
de bienestar, fitness y marketing. Si esta teoría es incorrecta,
entonces estamos ante una coincidencia histórica extraordinaria. Si no lo es,

(08:18):
entonces millones de personas han seguido durante décadas una recomendación
nacida no del cuidado, sino del encubrimiento. Y aquí viene
lo más inquietante. La radiación no desaparece, solo se dispersa,
se diluye, se acumula lentamente. Sus efectos no siempre son inmediatos.
a veces se manifiestan como enfermedades inexplicables, como patrones estadísticos,

(08:43):
como anomalías que nadie logra conectar del todo. Beber agua
no nos protege del todo, solo nos da la ilusión
de control. Tal vez por eso esta recomendación nunca se cuestiona,
porque cuestionarla implicaría mirar de frente un pasado que aún
proyecta sombras sobre el presente. Implicaría aceptar que hubo decisiones
tomadas sin consentimiento, sin aviso, sin posibilidad de elección. La

(09:08):
próxima vez que llenes un vaso de agua y recuerdes
que debes beber ocho al día, piensa en esto, no
como una certeza, sino como una pregunta incómoda.¿ Y si
no lo hacemos solo por salud?¿ Y si es una
herencia silenciosa de una era en la que el progreso
tenía un costo que nadie quiso pagar a la vista
de todos? Porque las conspiraciones más efectivas no son las

(09:31):
que se esconden, son las que se convierten en rutina,
en consejo. en algo tan normal que jamás se nos
ocurre preguntar por qué. Y tal vez, solo tal vez,
seguimos bebiendo para limpiar algo que nunca nos dijeron que ensuciaron.

Speaker 5 (09:52):
Nos encuentras en Apple Podcasts, Ebooks, Spreaker, Spotify o en
cualquier plataforma donde estés escuchando ahora mismo. Suscríbete y mantente cerca,
nunca sabes cuál episodio será el que te quite el sueño.

Speaker 6 (10:21):
La casa nunca se sintió del todo correcta. No era
miedo abierto ni una presencia clara, sino una incomodidad persistente,
como si algo estuviera fuera de lugar y nadie supiera
señalar exactamente qué. Era una casa común, en una calle cualquiera,
de esas que podrían estar en cualquier barrio, y justamente

(10:44):
por eso resultaba inquietante. Lo desconocido no estaba lejos ni
escondido en ruinas. Estaba integrado a la rutina diaria, mezclado
con lo cotidiano, con lo familiar, con aquello que uno
deja de cuestionar porque necesita vivir. Esa noche no ocurrió
nada extraordinario al principio. Los niños dormían, la casa estaba

(11:08):
en silencio y yo intentaba descansar después de un día normal.
Me acosté sin pensar que algo fuera a salirse de
lo habitual, hasta que desperté de golpe, completamente consciente pero
incapaz de moverme. Mi cuerpo no respondía. La respiración se
volvió pesada y cada intento por reaccionar terminaba en nada.

(11:31):
No vi figuras ni escuché voces. No hubo sombras ni
presencias claras. Solo esa certeza angustiante de estar atrapado dentro
de mí mismo. Pensé que era una parálisis del sueño,
algo documentado, algo que tiene explicación, y me aferré a
esa idea como única tabla de salvación. Cuando finalmente logré moverme,

(11:55):
me levanté y fui a la sala para despejarme, convencido
de que todo quedaría ahí. No fue así. Pocos minutos después,
mi hijo mayor se despertó llorando con desesperación. No era
un llanto común, era miedo real. fui a su habitación
de inmediato y al entrar noté un globo de helio

(12:16):
flotando cerca de la ventana era uno de esos globos
que quedan olvidados después de una celebración algo completamente inofensivo
no le di importancia lo tomé en brazos y lo
llevé conmigo a la sala para tranquilizarlo intentando no pensar
demasiado minutos después el menor despertó de la misma forma

(12:38):
al volver a la habitación algo había cambiado El globo
ya no estaba junto a la ventana. Ahora flotaba justo
encima de la cama. No lo toqué ni lo moví.
Pensé en corrientes de aire, en movimientos previos, en cualquier
explicación que evitara mirar el problema de frente. Me llevé

(12:59):
al niño y regresé a la sala, donde los dos
quedaron dormidos juntos en el sofá. La madre de mis
hijos ya estaba despierta. No hablábamos. Observábamos. Fue entonces cuando
el globo salió de la habitación. No cayó ni rodó
por el suelo. Avanzó flotando por el pasillo, despacio, con

(13:20):
una trayectoria definida, como si algo invisible lo guiara desde
el hilo. Entró a la sala y comenzó a acercarse
a mí. No era un movimiento errático ni producto del azar.
Había intención. Lo empujé suavemente hacia el pasillo. El globo
se detuvo y regresó. Volví a empujarlo y volvió otra vez.

(13:43):
Cada vez que lo alejaba, regresaba hacia mí, manteniendo la
misma altura, la misma lentitud. En un momento, casi como
un experimento, dije en voz alta, tráemelo de vuelta, no
te haré daño. Y el globo regresó. Ese intercambio se
repitió varias veces. Yo empujaba, el globo volvía. No flotaba libremente. Respondía.

(14:09):
el miedo apareció tarde pero con fuerza. Pensé en mis hijos,
en lo cerca que estaba eso de ellos, en la
facilidad con la que algo había cruzado el pasillo y
entrado a la sala. Entonces lo golpeé con más fuerza
de la necesaria. En ese instante, el hilo quedó completamente
inerte y el globo cayó al suelo. No volvió a elevarse,

(14:33):
no se movió, como si algo lo hubiera soltado de repente.
No sentí alivio, Sentí certeza. No era el globo lo
que se movía. Después de esa noche, la casa se
volvió más pesada. Dormir allí nunca volvió a ser igual.
La sensación de estar siendo observado persistió, incluso en silencio,

(14:56):
incluso con las luces encendidas. Con los años, muchos han
sugerido explicaciones simples, corrientes de aire, coincidencias, sugestión. Pero el
aire no responde a órdenes, el aire no juega, el
aire no se detiene cuando alguien rompe una regla invisible.
A veces el desconocido no se presenta como una aparición

(15:19):
ni como un ruido en la oscuridad. A veces interactúa,
a veces observa, a veces espera. Y cuando todo parece
volver a la normalidad, lo único que queda es la duda,
esa que no se va, incluso cuando la casa está
en silencio. incluso cuando los objetos están quietos, incluso cuando

(15:40):
uno intenta convencerse de que nada ocurrió realmente.

Speaker 7 (15:56):
Síguenos en TikTok, Instagram, Facebook,

Speaker 9 (16:02):
X

Speaker 8 (16:03):
y YouTube, donde cada día Abrimos nuevas puertas hacia lo
que nadie quiere mirar. Acompáñanos y mantente cerca. Nunca sabes
cuál

Speaker 9 (16:19):
historia

Speaker 7 (16:20):
será la que te persiga después.

Speaker 4 (16:35):
Nunca he creído en fantasmas. No de la forma en
que suelen aparecer en historias de terror, con cadenas, lamentos
o manifestaciones evidentes. Siempre he pensado que la mayoría de
esas experiencias pueden explicarse por sugestión, cansancio o miedo. Lo
más cercano a una creencia personal ha sido imaginar que

(16:56):
mi abuela, después de morir, se convirtió en una especie
de ángel de la guarda. Una idea íntima, reconfortante, más
emocional que espiritual. Pero incluso así, nunca había tenido una
experiencia directa, algo que me obligara a replantear mis certezas.
Por eso lo que ocurrió durante nuestras vacaciones en Los

(17:16):
Cabos no deja de dar vueltas en mi cabeza. No
logro acomodarlo en ninguna explicación cómoda. No encaja del todo
en la lógica. Y cuanto más lo pienso, más inquietante
se vuelve. Regresamos hace poco del RIU Santa Fe, en México.
Fue un viaje improvisado, una escapada de último momento con

(17:38):
mi familia. Nada planeado, nada especial, solo queríamos descansar, desconectarnos.
El resort cumplía perfectamente con eso. Parque acuático para los niños,
comida decente, bebidas constantes y un sol perfecto para relajarse.
Durante el día todo era ruido, risas, gente pasando, música, actividades.

(18:00):
Un lugar vivo, saturado de estímulos. Nada en ese ambiente
invitaba al miedo. Nada hacía pensar que, cuando caía la noche,
ese mismo lugar podía sentirse completamente distinto. La habitación era moderna, amplia, limpia.
No tenía nada antiguo, nada que evocara historias viejas o leyendas.

(18:23):
Precisamente por eso, lo primero que ocurrió lo descarté casi
de inmediato. En la penúltima noche del viaje, desperté sobresaltada.
No fue un despertar lento, fue violento, como si algo
me hubiera arrancado del sueño. Me incorporé de golpe, con
el corazón acelerado, con esa sensación clara de peligro que

(18:43):
no siempre tiene una causa visible. Mi mirada se dirigió
automáticamente hacia la terraza. Las cortinas estaban corridas, la habitación
estaba a oscuras. Y entonces lo vi. Frente a mí,
flotando en el aire, había algo de color azul cobalto.
No era un reflejo. No era una luz que entrara

(19:03):
desde afuera. Estaba suspendido dentro de la habitación, a una
altura aproximada de metro ochenta del suelo. No tenía una
forma definida, pero tampoco era una mancha borrosa. Era algo concreto, presente.
Parpadeé varias veces. Me froté los ojos. Seguía ahí. No
se movía. No emitía sonido. no cambiaba de intensidad, simplemente estaba.

(19:29):
Aún así, mi mente buscó una explicación rápida. Pensé que
seguía medio dormida, que era una imagen residual del sueño,
una alucinación hipnagógica. Me di la vuelta, cerré los ojos
y me obligué a dormir otra vez. No pasó mucho
tiempo antes de que mi hija de dos años se
despertara gritando, no llorando suavemente, sino gritando con un miedo

(19:52):
que no le conocía. Mi esposo y yo nos levantamos
de inmediato para consolarla. Ella estaba durmiendo en nuestra cama
porque me preocupaba que durmiera sola con el piso de
loseta fría. No es una niña que se despierte asustada
con frecuencia. Pensamos que era el cambio de entorno, el
cansancio del viaje. La calmamos y volvió a dormirse. Pero

(20:13):
esa noche se despertó dos veces más, siempre llorando, siempre alterada.
Algo completamente fuera de lo normal en ella. Lo extraño
es que, después de esa noche, durante el resto del viaje,
durmió profundamente, tranquila, como si nada hubiera ocurrido, como si
todo se hubiera concentrado en ese momento exacto, en esa

(20:35):
noche específica, en esa habitación. Pensé que ahí terminaría todo,
que solo había sido una mala noche. Me equivoqué. Volví
a quedarme dormida y desperté por segunda vez con una
sensación aún peor. No era solo miedo. Era terror puro.
Abrí los ojos y lo vi. Al lado de nuestra

(20:56):
cama había un hombre. No una sombra, no una silueta confusa.
Un hombre claramente visible, joven, de pie, con una camiseta estampada.
No recuerdo su rostro con precisión, pero recuerdo perfectamente la
camiseta y la certeza absoluta de que no pertenecía a
ese lugar. Grité, un grito ahogado que despertó a mi

(21:18):
esposo al instante. Tomé a mi hija de forma instintiva.
Mi esposo encendió la linterna de su teléfono. La habitación
estaba vacía. No había nadie. No había puertas abiertas. No
había ventanas abiertas. No había forma lógica de que alguien
hubiera estado ahí. Me quedé paralizada. Estaba despierta, completamente consciente.

(21:40):
No había bebido alcohol. No estaba medicada. No había dormido
mal los días anteriores. Aún así, lo había visto. Nos
volvimos a acostar, pero yo ya no pude dormir. Me
quedé mirando el techo, escuchando cada sonido del hotel, cada
ruido lejano. Decidí buscar en internet. Necesitaba saber si alguien

(22:01):
más había vivido algo parecido. Encontré muy poco, solo una
publicación que hablaba de otro edificio dentro del mismo complejo.
Decía que un joven había muerto allí por una negligencia médica.
No había muchos detalles, pero lo que me heló la sangre...
fue que esa persona describía haber visto a un hombre
joven con una camiseta roja, no estampada como la mía,

(22:24):
pero roja. Un hombre joven, de pie, dentro de la habitación.
No sé si eso basta para decir que el lugar
está embrujado. No me gusta usar esa palabra. Suena exagerada, definitiva.
Pero después de eso no quise que nadie se quedara
solo en la habitación. Ni un minuto. He viajado por
todo el mundo. Me he hospedado en hoteles antiguos, edificios históricos,

(22:49):
lugares con siglos de historia. Nunca había experimentado algo así.
Nunca había despertado con esa certeza tan clara de que
no estaba sola. Lo que más me perturbó no fue
el miedo inmediato, sino lo que vino después. Una sensación extraña,
hasta triste. Pensé en esa figura. Pensé en la posibilidad

(23:10):
de que si realmente había alguien atrapado ahí, no estuviera
con su familia. Pensé en que de alguna forma inquietante,
parecía cómodo estando cerca de la mía. No sentí agresión,
no sentí amenaza directa, sentí presencia, observación, como si solo
quisiera estar ahí. Desde que regresamos, no dejo de pensar

(23:31):
en esa luz azul, en ese hombre, en el silencio posterior.
No afirmo que haya visto un fantasma, no puedo probar nada,
solo sé lo que viví, y sé que hay lugares
donde algo parece quedarse atrás, no para asustar, no para atacar,
solo para recordar que no todo se va cuando creemos
que se ha ido. Y quizás lo más inquietante de todo,

(23:54):
es que durante el día el resort está lleno de ruido,
risas y vida. Por la noche, cuando todo se apaga,
ese mismo lugar parece guardar algo, algo que solo se
muestra cuando nadie más está mirando, algo que no busca atención,
algo que no quiere ser visto, pero tampoco quiere estar solo.

Speaker 7 (24:19):
Si quieres contactarnos, escríbenos a caroestudios.com

Speaker 9 (24:31):
Y si deseas apoyar este proyecto, puedes hacer tus contribuciones
o donaciones en paypal.com Cada sugerencia, cada aporte y cada ayuda.
Pulsa este universo que construimos juntos. Los

Speaker 7 (24:50):
enlaces están

Speaker 9 (24:51):
en

Speaker 7 (24:52):
la descripción.

Speaker 6 (25:03):
Nunca pensé que una tarde cualquiera, en medio de una
jornada de trabajo completamente rutinaria, fuera a quedarse grabada en
mi memoria como una advertencia. No como una anécdota curiosa,
sino como algo que todavía hoy me incomoda recordar. Hay

(25:24):
experiencias que no se pueden contar a la ligera, porque
al hacerlo, uno revive sensaciones que preferiría mantener enterradas. Esta
es una de ellas. Trabajo en una tienda de ropa
de playa ubicada en un centro comercial de la costa colombiana.
No es un lugar antiguo ni abandonado. Es un espacio moderno, iluminado,

(25:50):
lleno de turistas durante el día, música ambiental y el
ruido constante de gente entrando y saliendo. El almacén, sin embargo,
es otra cosa. Está en la parte trasera del local,
lejos de los escaparates y del bullicio. Es un espacio largo, angosto,

(26:11):
con estanterías altas, cajas de cartón apiladas y pasillos donde
la luz no llega del todo. Ahí guardamos la mercancía nueva,
especialmente los bikinis y la ropa que aún no ha
salido a exhibición. Aquella tarde estaba sola. No era extraño.

(26:32):
A veces, mientras mis compañeras atendían el local principal, yo
me quedaba organizando inventario en el almacén. Era una tarea
mecánica y Repetitiva. Clasificar tallas, revisar colores, separar modelos. El
aire acondicionado sonaba de fondo, mezclado con el crujido de

(26:55):
los empaques plásticos al abrirlos. Nada fuera de lo normal,
nada que anunciara lo que estaba por ocurrir. Sin embargo,
en algún punto, sin razón aparente, comencé a sentirme incómoda.
No fue miedo inmediato, fue algo más sutil. Una sensación

(27:17):
extraña en el estómago, como cuando uno presiente que algo
no está bien, pero no sabe exactamente qué. Seguí trabajando,
intentando ignorarlo. Pensé que era cansancio, estrés, tal vez el encierro.
Pero la sensación no se iba. Al contrario, se hacía

(27:40):
más intensa. Mientras acomodaba unas cajas en una de las estanterías,
tuve la impresión clara de que alguien me observaba. No
fue una idea vaga, fue una certeza momentánea, instintiva. Levanté
la cabeza y miré a mi alrededor. El almacén estaba

(28:01):
exactamente igual, silencioso, vacío. Volví a concentrarme en lo que
estaba haciendo. pero esa sensación regresó casi de inmediato, más fuerte.
Fue entonces cuando miré hacia el fondo del pasillo. Allí,
donde la luz apenas alcanzaba a dibujar las formas, había algo.

(28:27):
Al principio pensé que era una sombra mal proyectada, una
ilusión causada por la iluminación irregular, Pero no, había una
figura de pie, completamente inmóvil. No se parecía a una
persona común, ni tampoco a un animal que yo pudiera identificar.

(28:48):
Estaba envuelta en una sombra espesa, como si absorbiera la
poca luz que llegaba hasta ese punto del almacén. No
podía distinguir su forma con claridad, era como si no
terminara de definirse del todo. pero hubo un detalle que
hizo que todo mi cuerpo reaccionara de golpe. Los ojos.

(29:12):
Eran rojos. Intensamente rojos. No opacos. No apagados. Brillaban. No
como reflejo de una luz externa, sino como si emitieran
su propia luminosidad. Estaban fijos en mí. No parpadeaban. No

(29:32):
se movían. Y en ese instante tuve una sensación difícil
de describir, como si esos ojos no solo me miraran,
sino que me reconocieran, como si supieran quién era yo.
Mi cuerpo se paralizó. No pude gritar. No pude correr.

(29:53):
No pude moverme. Sentí una presión extraña, como si algo
invisible me mantuviera quieta. El aire parecía más denso. Cada
respiración se volvía pesada. La figura no avanzó, pero su
presencia se sentía cada vez más cerca, como si no

(30:13):
necesitara moverse para invadir el espacio. No sé cuánto tiempo
pasó así. Pudo haber sido segundos o minutos. El miedo
distorsiona la percepción del tiempo. Lo único que recuerdo con
claridad es el latido de mi corazón y y esos
ojos rojos clavados en mí. Cuando finalmente logré reaccionar, lo

(30:41):
hice por puro instinto. Empecé a caminar hacia atrás, despacio,
sin darle la espalda, sin dejar de mirarla. Cada paso
se sentía pesado, como si arrastrara el cuerpo. Mis piernas temblaban.
Sentía que en cualquier momento iba a caer. La figura

(31:03):
seguía inmóvil, pero algo en su presencia hacía que el
terror no disminuyera. Retrocedí hasta llegar a la salida del almacén.
Cuando sentí el marco de la puerta detrás de mí,
me di la vuelta y corrí. Corrí sin mirar a
los lados, sin pensar, sin importar nada más que salir

(31:25):
de ahí. Ya fuera del almacén, con el corazón a
punto de salirse del pecho, reuní el valor para mirar atrás.
Y entonces, la vi de nuevo. La figura estaba detenida
en la puerta del almacén. No había cruzado el umbral.

(31:46):
Permanecía ahí, como si existiera una frontera invisible que no
podía o no quería atravesar. Los ojos rojos seguían brillando
en la penumbra, observándome. No había gesto, no había movimiento.
Solo esa mirada fija, intensa, imposible de olvidar. No sé

(32:10):
cuánto tiempo se quedó ahí. En algún momento desapareció. No
vi cómo. Simplemente ya no estaba. No le conté a
nadie de inmediato. Tenía miedo de que no me creyeran,
de que pensaran que había sido una sugestión, una alucinación.

(32:31):
pero algo dentro de mí sabía que lo que había
visto no era producto de mi imaginación. Desde ese día,
nunca volví a entrar sola en ese almacén. Siempre busco excusas.
Siempre espero a que haya alguien más conmigo. Hay algo ahí,
algo que no pertenece a ese lugar, pero que de

(32:54):
alguna forma lo habita. He intentado encontrar explicaciones. He pensado
en juegos de luces, en el cansancio, en el estrés,
pero ninguna explicación logra borrar la imagen de esos ojos
rojos ni la sensación de ser observada por algo que
no puedo nombrar. En Colombia, desde siempre, se habla de apariciones,

(33:21):
de figuras que se manifiestan en lugares cerrados, de presencias
que no siempre buscan hacer daño. pero que tampoco son humanas.
Algunos dicen que son sombras, otros que son espíritus, algunos
que son algo más antiguo. No sé qué era lo
que vi. No quiero saberlo. Solo sé que desde ese

(33:44):
día entendí algo que antes no consideraba posible. Hay lugares
donde algo se queda, no porque quiera asustar, sino porque
no sabe irse. Y cuando decide mostrarse, no lo hace
para todos, lo hace cuando está solo, cuando nadie más

(34:05):
puede confirmar lo que viste. Y quizá lo más inquietante
no es pensar que algo así exista, sino aceptar que
mientras seguimos con nuestras rutinas, trabajando, ordenando cajas, clasificando ropa,
hay espacios que observan en silencio, esperando. Y cuando por

(34:28):
fin te miran de frente, ya no hay forma de
volver a sentirte completamente solo. También tenemos un espacio en Patreon,

(34:48):
el rincón donde guardamos lo que no se atreve a
ver la luz.

Speaker 5 (35:00):
Si quieres adentrarte aún más en este universo, Patreon es
la puerta. Enlaces

Speaker 7 (35:10):
en la descripción.

Speaker 10 (35:25):
Hay casos que no se enfrían, no porque falten respuestas.
sino porque sobran silencios. En los archivos policiales de Noruega,
el expediente de la mujer de Isdal ocupa un lugar incómodo.
No está completamente cerrado, pero tampoco abierto. Permanece ahí, como
una advertencia, como la prueba de que algo ocurrió y

(35:48):
nunca terminó de explicarse. No es solo la historia de
una mujer sin nombre, es la historia de una presencia
que apareció y desapareció sin dejar rastro. de identidades prestadas,
de movimientos calculados y de una muerte ocurrida en el
lugar exacto donde nadie debía mirar demasiado. Si una persona

(36:10):
muere sola en un bosque remoto, la explicación suele ser simple,
un accidente, una mala decisión, un suicidio.¿ Pero qué ocurre
cuando esa persona no existe oficialmente, cuando no tiene nombre
verificable ni pasado comprobable ni un solo objeto que permita identificarla.

(36:31):
Cuando cada paso que dio parece diseñado para no dejar huella,
y cuando su muerte ocurre cerca de zonas militares sensibles,
en plena Guerra Fría, en un país que oficialmente no
tenía nada que ocultar. Isdalem significa literalmente el Valle del Hielo.
Es un lugar escarpado, frío, poco transitado incluso para los

(36:55):
habitantes de la región. No es un sitio turístico ni
un sendero común. No es un lugar al que uno
llegue por error. En noviembre de 1970, Noruega era vista como
un país tranquilo, neutral, ordenado. Pero bajo esa superficie, como
en gran parte de Europa, se movían fuerzas invisibles, inteligencia militar,

(37:18):
pruebas tecnológicas, vigilancia constante del cielo y del mar. Bergen,
la ciudad más cercana, era un punto estratégico, puerto, comunicaciones,
tránsito de información. Y a pocos kilómetros, Isdalen, silencioso, aislado,
perfecto para que algo ocurriera sin testigos. El 29 de noviembre de 1970,

(37:42):
un hombre y sus hijas caminaban por el valle cuando
notaron algo extraño entre las rocas. No fue el fuego
lo que llamó su atención primero, sino el olor, un
olor químico, persistente, fuera de lugar. Entre las piedras encontraron
un cuerpo completamente carbonizado. Era una mujer, o lo que

(38:05):
quedaba de ella. Estaba tendida con los brazos levantados y
las manos apretadas, como si la muerte la hubiera sorprendido
en mitad de un gesto desesperado, inútil. A su alrededor
había objetos colocados con cuidado, una botella vacía de licor
y una cuchara de plata con el monograma borrado, un

(38:26):
gorro de piel empapado con gasolina. No había documentos, no
había identificación. Las etiquetas de su ropa habían sido arrancadas.
No parecía un descuido, parecía una limpieza deliberada. La policía
habló pronto de suicidio, una mujer sola, una decisión final,

(38:47):
un acto individual. Pero el cuerpo no sostenía esa versión
con facilidad. La autopsia reveló que había ingerido entre 50 y 70
pastillas de fenobarbital, un sedante potente. También había inhalado monóxido
de carbono. Los pulmones contenían hollín, lo que indicaba que

(39:07):
estaba viva cuando comenzó el fuego. Además, presentaba lesiones en
el cuello. Se habló de una posible caída, quizá de
un golpe. Cada explicación parecía incompleta. Cada respuesta abría una
pregunta nueva. Aún así, el caso avanzó como si todo
estuviera claro. Días después, la historia dio un giro incómodo.

(39:31):
En la estación de tren de Bergen aparecieron dos maletas abandonadas.
Pertenecían a la mujer del valle. Dentro no había fotografías
familiares ni recuerdos personales. Había pelucas, cosméticos, dinero en distintas
monedas y una libreta con anotaciones escritas en código. La
mujer había usado al menos ocho identidades distintas en hoteles

(39:56):
y estaciones de tren. Firmaba con nombres falsos, pagaba en efectivo,
cambiaba de alojamiento con frecuencia, nunca hablaba de su pasado.
No era el comportamiento de alguien desorientado, era el comportamiento
de alguien entrenado para no ser rastreado. Los investigadores comenzaron

(40:16):
a reconstruir sus movimientos y y ahí apareció un patrón
difícil de ignorar. La mujer de Isdal se desplazaba cerca
de zonas militares sensibles, Stavanger, Trondheim, Bergen, lugares donde se
realizaban pruebas de misiles, donde se monitoreaba el espacio aéreo,
donde en esos mismos años se registraron múltiples reportes de

(40:40):
objetos no identificados. Un pescador declaró haberla visto observando el
mar cerca de un ensayo militar. Un zapatero recordó haberle
vendido botas especiales, diseñadas para terrenos difíciles. Otros testigos dijeron
que hablaba varios idiomas, pero evitaba conversaciones largas. Siempre observando,

(41:02):
siempre escuchando, nunca dejando rastro. En los archivos desclasificados de
finales de los años 60 y comienzos de los 70... Hay un
detalle que rara vez se menciona junto a este caso.
La vigilancia aérea. Noruega registró múltiples incursiones no identificadas en
su espacio aéreo durante ese periodo. No hay pruebas directas

(41:25):
que vinculen a la mujer de Isdal con estos fenómenos.
No hay documentos que lo confirmen. Pero las coincidencias existen.
Y en investigación, las coincidencias persistentes no se descartan. Se archivan.
Se observan. se dejan en silencio. En 2016, más de cuatro

(41:45):
décadas después, la policía noruega reabrió el caso utilizando tecnología moderna.
Los análisis genéticos sugirieron que la mujer probablemente nació en Nuremberg, Alemania,
alrededor de 1930, y que pasó su infancia cerca de la
frontera franco-alemana. Tenía un acento europeo difícil de ubicar. Aún así,

(42:09):
No apareció una identidad clara. No hubo familia que reclamara
el cuerpo. No hubo historia previa verificable. Era como si
su vida comenzara en los registros y terminara en el fuego. Hoy,
más de medio siglo después, la mujer de Isdal sigue
sin nombre, sin identidad oficial y sin explicación definitiva. No

(42:32):
se sabe quién la mató. No se sabe si murió sola.
No se sabe qué hacía realmente en Noruega. Y quizá
lo más inquietante de todo es que no se sabe
qué sabía. Tal vez no fue una espía. Tal vez
no fue una testigo. Tal vez no tuvo nada que
ver con lo que ocurría en el cielo. O tal

(42:53):
vez simplemente estuvo en el lugar equivocado, observando algo que
nunca debió observar. Porque algunos misterios no buscan ser resueltos,
solo buscan permanecer abiertos. Y mientras el expediente de la
mujer de Isdal siga sin cerrarse, la pregunta no es
quién fue ella, la pregunta es qué más ocurrió en

(43:15):
Isdalen que nunca nos contaron. Este podcast es producido por
Garos Estudios

Speaker 8 (43:37):
Gracias por escuchar. Hasta el próximo capítulo. Y antes de irte,

(44:09):
voltea a mirar atrás. A veces ayuda a calmarte.
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