All Episodes

December 12, 2025 83 mins
Hay noches en las que algo responde. Cinco historias, cinco señales que no deberían existir: presencias que ya estaban ahí, campanas que suenan sin manos, figuras que aparecen cuando nadie debería estar despierto, oraciones dichas por puro instinto… y una inquietante reflexión sobre la inteligencia que estamos creando. Este episodio no trata de fantasmas ni de teorías lejanas. Trata de momentos reales en los que el silencio se rompe y deja claro que no todo lo desconocido viene del más allá… algunas cosas nacen aquí mismo. Escucha con cuidado. Hay señales que solo aparecen cuando ya es demasiado tarde para ignorarlas. Capítulos Exclusivos. http://patreon.com/elmundodelodesconocidopodcast Contacto. garoestudios@gmail.com Apoyo. paypal.me/garoestudio

Conviértete en un seguidor de este podcast: https://www.spreaker.com/podcast/el-mundo-de-lo-desconocido--6219668/support.
Mark as Played
Transcript

Episode Transcript

Available transcripts are automatically generated. Complete accuracy is not guaranteed.
Speaker 2 (00:04):
Bienvenidos a El Mundo de lo Desconocido.¿ Has sentido alguna
vez que algo te observa en la oscuridad?¿ Que hay
historias que no deberían contarse, pero igual te llaman? Aquí
lo inexplicable toma forma y lo que creías seguro empieza

(00:25):
a tambalear. Ajusta tus audífonos, apaga las luces y pregúntate...¿
Estás listo para escuchar lo que otros prefieren ignorar? Iniciamos.

Speaker 5 (00:55):
Me llamo Laura. Tengo 32 años y jamás pensé que terminaría
buscando respuestas en lugares donde la lógica simplemente no llega.
Siempre me consideré una persona práctica, de esas que apagan
la luz, revisan puertas, ordenan juguetes, preparan desayunos y siguen adelante.

(01:19):
Nunca fui de esas que se obsesionan con casas embrujadas
o presencias invisibles. Pero ahora, ahora no estoy segura de
lo que mis hijos están viviendo, de lo que estamos viviendo.
Hace dos meses nos mudamos a un apartamento nuevo. Nuevo
para nosotros, claro, porque el edificio tiene más de 30 años

(01:43):
y su historia es tan larga como los pasillos que
lo atraviesan. Lo alquilé porque era amplio, fresco y muy iluminado.
Lo único especial era que antes había sido una guardería.
Uno podría pensar que un lugar lleno de niños debería
tener una energía bonita, risa, vida, pero desde la primera

(02:06):
semana algo no encajaba. La primera noche fue tranquila. Los niños,
mi hija de casi tres y mi hijo de cuatro,
quedaron agotados de tanto empacar cajas. Yo también. Dormimos como
si necesitáramos escapar del mundo. La segunda noche, todo cambió.

(02:27):
Me desperté sobresaltada cerca de las 2 de la mañana. No
sé si fue una pesadilla o algo así como un
sobresalto interno, ese instinto que te pone nerviosa sin razón aparente.
Caminé hacia el cuarto de los niños para revisarlos. El
apartamento estaba oscuro, pero no era la oscuridad normal. Era

(02:49):
más espesa, como si el aire no se moviera. Abrí
la puerta con cuidado. Todo se veía en orden, pero
cuando me acerqué a la cuna de mi hija, escuché
el monitor desde la sala. Una voz masculina, grave, profunda,
dijo algo que no entendí. Yo no me moví. El

(03:10):
corazón me golpeó las costillas. Caminé hacia la sala. Ahí
estaba el monitor, encendido. Con la pantalla iluminada apenas por sombras.
Y la voz repitió algo. Algo que no era un ruido.
No era interferencia. No era estática. Era una palabra. Una frase.

(03:32):
Algo como un susurro ronco, cercano, íntimo.¿ Quién está ahí?
Pregunté en voz baja como si el aparato pudiera responderme. Nada.
Solo silencio. Revisé el monitor. Era una unidad de audio
y video básica, sin wifi, sin bluetooth, sin nada que

(03:54):
pudiera captar señales externas. Un modelo simple, casi obsoleto. Esa
noche no dormí bien. Intenté convencerme de que había sido
un sonido extraño. Un vecino, un cruce de señal con
algún aparato, pero en el fondo sabía que no. La
voz había sonado dentro del cuarto de mi hija. Las

(04:18):
cosas avanzaron rápido, como si algo hubiera despertado cuando nosotros llegamos.
Empecé a notar que mi hija se quedaba despierta después
de medianoche. Yo escuchaba su voz suave, susurrando. A veces
reía bajito. No sonaba como un juego, sonaba como si
estuviera contestándole a alguien. Cuando acercaba el oído a su puerta,

(04:42):
escuchaba ese murmullo que todos los padres han oído mil veces.
Pero esa noche, cuando moví la manija para abrir, ella
dejó de hablar al instante. Silencio. Total. Como cuando alguien
se interrumpe porque fue descubierto. La tercera semana pasó algo
que terminó de romper mi tranquilidad. Estábamos en casa de

(05:05):
mi prima, que vive a media hora. Ella cuidó a
los niños una noche para que yo pudiera descansar. Me
fui tranquila porque mi prima es de toda mi confianza.
Una mujer calmada, equilibrada, sin supersticiones. Si algo raro pasaba,
me lo iba a decir sin exagerar. Y esa noche

(05:26):
me llamó, asustada, con la voz temblorosa. Laura, escuché la voz,
me dijo. ¿Qué?¿ Qué voz? Esa voz masculina que tú
dijiste salió del monitor de los niños.¿ Del mismo monitor? No,
del mío. Mi monitor, el mío, otra marca, otro aparato,

(05:50):
no es posible que haya interferencia. Y entonces dijo lo
que hizo que se me enfriara la sangre. La voz
dijo el apodo de tu hijo. Ese apodo, uno que
solo usamos en casa, que solo conocen mi familia y
dos personas más. Un nombre inventado sin ninguna relación con

(06:11):
su nombre real. No es un diminutivo, no es un
juego de palabras. Es único. No podía ser casualidad. No
podía ser error técnico. No podía ser humano. Mi prima
continuó contándome lo que pasó después. Su hijo, de nueve años,

(06:32):
estaba despierto y escuchó claramente la voz masculina diciendo, Ven.
Minutos después, mi hija se cayó de la cama. pero
no fue una caída normal. No rodó, no se la dio,
no se giró durmiendo. Mi prima me lo describió así. Laura,

(06:54):
la empujaron.¿ Cómo que la empujaron? Se movió como si
una mano invisible la hubiera lanzado hacia adelante. Mi hija
no lloró, no gritó, solo se levantó, miró a mi
prima y comenzó a repetir. Adiós, tía. hasta luego tía,

(07:14):
adiós tía, hasta luego tía, una, dos, diez veces, como
si quisiera que ella se fuera. Mi prima aterrada cargó
a mi hija y la llevó al sofá. La niña
estaba tranquila, casi complacida, no tenía miedo, eso fue lo peor.

(07:35):
Cuando regresé por ellos, mis dos hijos estaban pálidos, mi
hijo abrazaba su cobija Mi hija miraba hacia la esquina
del techo como si alguien la observara desde allí. Esa
mañana hablé con ellos. Mi hija, con su voz suave
y su forma inocente de explicarlo todo, solo dijo,« Hablo

(07:57):
con alguien por la noche». No quiso decir más. No
pude sacarle una palabra adicional. Es como si hubiera una
barrera invisible, una especie de pacto tácito. Mi hijo, en cambio,
Dijo cosas que no sé cómo procesar. Le pregunté quién

(08:17):
era él. No es uno, son varios.¿ Cómo que varios?
Ellos viven aquí. Me quedé mirándolo. No entendí.¿ Dónde viven? Arriba.
Pero no hay arriba. El apartamento está en un segundo piso.
No hay ático, no hay entretecho. No hay nada.¿ Qué

(08:42):
quieres decir con arriba? Pregunté. Laura, mi hijo me miró
con una expresión que no debería existir en un niño
de cuatro años. Una mezcla de miedo y aceptación. Viven
arriba y bajan por la ventana. Yo sentí como se
me doblaban las piernas.¿ Bajan cuándo? Cuando quieren hablar conmigo.¿

(09:08):
Te da miedo? Al principio sí. pero ahora es agradable. Agradable, agradable.
Esa palabra me revolvió el estómago. Luego agregó algo que
me persigue hasta hoy. No puedo hablar de eso. Esa frase,
esa estructura, ese tono, no era de un niño pequeño.

(09:34):
Era como si hubiera repetido una instrucción, como si alguien
le hubiera dicho eso. Desde entonces la casa cambió. Mis
hijos ya no se duermen rápido. Mi hija se queda
despierta susurrando. Solo habla si la puerta de su cuarto
está cerrada. Se sobresalta si paso por el pasillo. Se

(09:56):
calla cada vez que abro la puerta. Mi hijo mira
hacia el techo constantemente, hacia las esquinas, hacia la ventana.
Los dos dicen que hay monstruos afuera. Antes no usaban
esa palabra, ahora es cotidiana. La voz masculina no la
he vuelto a escuchar directamente, pero aún escucho a mi

(10:19):
hija conversar bajito, como si hubiera alguien sentado a su lado, respondiéndole.
Todo esto comenzó justo después de mudarnos. El primer día, nada.
El segundo, nada. Pero la primera noche que los niños
durmieron solos, La voz apareció. Investigué un poco del lugar,

(10:44):
nada demasiado detallado porque los antiguos dueños no querían hablar mucho.
Pero supe que cuando era guardería, los niños solían llorar
en la siesta. Los maestros decían que tenían pesadillas, pero
un trabajador me confesó que todos los días, exactamente a
la misma hora, los niños miraban al techo. como si

(11:08):
algo estuviera allí. También supe que una maestra se fue
después de que escuchó su nombre desde uno de los
salones vacíos. Un salón sin luz. Un salón que estaba cerrado.
Una noche, hace dos semanas, me desperté a las 2.38 de

(11:28):
la madrugada. Escuché pasos. Pasos pequeños, rápidos. Pensé que era
mi hijo. Tal vez camino al baño. Me levanté. El
pasillo estaba oscuro. Y entonces vi una sombra pequeña correr
hacia el cuarto de ellos. Una sombra que no hizo

(11:50):
ruido al tocar el piso. Abrí la puerta. Los dos
dormían profundamente. Y en el monitor escuché un susurro. Uno largo,
como una exhalación con palabras dentro. No pude distinguir nada.
Excepto una cosa. Estaba sonriendo. No sé cómo explicarlo. Era

(12:14):
un susurro con forma de sonrisa. Como cuando alguien se
acerca demasiado al oído y respira, complacido. Las cosas se
intensificaron cuando comencé a hacer preguntas directas. Me di cuenta
de que mis hijos, especialmente mi hijo mayor, sabían más
de lo que querían decir. Una tarde, mientras dibujaba, lo

(12:39):
escuché decir algo sin darse cuenta. No deberías dibujar eso,
me dijo.¿ El qué? Esa ventana.¿ Por qué? Porque ellos
no quieren que dibujes la ventana.¿ Por qué? Porque ahí entran.
Me congelé. ¿Quiénes? Los de arriba.¿ Cuántos son? Tres, creo.¿

(13:06):
Cómo son? Hizo un gesto extraño como si tratara de
recordar algo que causa conflicto interno. No sé, no siempre
tienen la misma forma. Y luego dijo algo que nunca
más pude quitarme de la cabeza. Lo dijo sin emoción,
como si contara un dato cualquiera. A veces se parecen

(13:30):
a nosotros. Una madrugada, me armé de valor y dejé
una cámara apuntando hacia la ventana del cuarto de los niños.
No esperaba grabar nada extraordinario, solo quería descartar cosas. La
revisé la mañana siguiente. En el minuto 0-2-14, la cortina

(13:52):
se movió como si alguien la empujara. No como una brisa,
no como un insecto. Una mano. Una mano pequeña, del
tamaño de la mano de mi hija, la empujó. Pero
mis hijos no se habían levantado en toda la noche.
Se veía en el video, dormían profundamente. La cortina se

(14:15):
movió otra vez, esta vez hacia adentro, como si algo
entrara por allí. Y luego, dos puntos brillantes, como ojos
reflejando luz, aparecieron por un segundo bajo el marco. Solo
un segundo, pero estaban ahí. Ayer, finalmente, logré que mi

(14:37):
hijo dijera algo más. Fue corto, pero suficiente para destruir
mi tranquilidad. Le pregunté,¿ siguen entrando por la ventana? Él
negó con la cabeza.¿ Y entonces por dónde? Me miró
con una mezcla de complicidad y miedo, como si compartiera

(14:57):
un secreto que no debía. ya no necesitan entrar.¿ Por qué?
Porque ya están adentro. El corazón se me detuvo.¿ Dónde están?
Su mirada se dirigió lentamente hacia el techo, luego hacia
la esquina de la puerta, y finalmente dijo, también viven contigo. Anoche,

(15:23):
algo más pasó. Me quedé dormida en el sofá, exhausta.
Cuando desperté, Vi el monitor encendido frente a mí, pero
yo no lo había dejado ahí. La pantalla estaba totalmente negra.
No mostraba la habitación, no mostraba nada, pero se escuchaba respiración.

(15:45):
Una respiración lenta, marcada, humana, pero no del todo. Entonces,
la voz masculina habló. No era un susurro esta vez,
era más clara. Dijo,« Nos gusta este lugar». Yo solté
el monitor, cayó al suelo, la pantalla se apagó. Corrí

(16:09):
hacia el cuarto de los niños. Los encontré despiertos, sentados
en la cama, mirando hacia la ventana. Mi hija me
miró y sonrió, una sonrisa tranquila, como si estuviera orgullosa
de algo.«¡ Mami!», dijo,« hoy sí vinieron todos».¿ Quién es?

(16:31):
Pregunté con la voz quebrada. Ella señaló detrás de mí,
hacia la puerta, hacia el pasillo oscuro. No volteé, no
tenía valor. Mi hijo, sin quitar los ojos del techo,
murmuró en voz baja. No te preocupes, mami. Ellos solo
quieren quedarse. Ahora mismo, mientras te cuento esto, mis hijos

(16:56):
están durmiendo en la habitación. La casa está en silencio,
el monitor está apagado y aún así escucho pasos, pequeños,
en el techo, encima de mí. Pero no hay arriba,
no existe un piso superior, solo concreto. A veces la

(17:18):
respiración baja al pasillo, a veces la siento detrás de
la puerta de mi cuarto. A veces mi hija se
despierta riendo. A veces mi hijo habla en sueños con
alguien que no puedo ver. Y lo peor es que
ya no duermo. No cierro los ojos porque sé que

(17:39):
algo espera ese momento, que algo se acerca más cuando
no lo miro. Solo me queda una duda que me
carcome cada noche. Si realmente viven aquí,¿ cuándo fue que entraron?
el día que nos mudamos, o mucho antes y solo
estaban esperando a los niños.

Speaker 7 (18:23):
Nos encuentras en Apple Podcasts, Ebooks, Spreaker, Spotify o en
cualquier plataforma donde estés

Speaker 4 (18:32):
escuchando ahora mismo. Suscríbete y mantente cerca. Nunca sabes cuál
episodio será el que te quite el sueño.

Speaker 5 (18:58):
Onda Tolima siempre ha tenido un aire cargado de historias
que viajan con el calor, con las aguas turbias del
Magdalena y con la brisa caliente que se mete en
las casas como si conociera a cada familia por nombre propio.
No es casualidad que se le conozca como la ciudad
de los puentes, aunque a veces uno siente que también

(19:21):
debería llamarse la ciudad de los ecos, porque allí todo
parece devolver sonido. Incluso lo que nadie quiere escuchar. Yo
me llamo Julián y durante años cargué con una historia
que traté de explicar con lógica, con ciencia barata, con
frases como el viento, la casa vieja, la sugestión, hasta

(19:46):
que entendí que lo peor que puede hacer uno es
creer que lo que no ve no existe. A veces
lo invisible tiene más hambre que lo visible. Todo comenzó
en la casa que mi abuelo heredó de sus padres.
Era una construcción antigua, de esas que parecen sacadas de
una foto amarillenta. Tejas de barro, paredes gruesas, piso de

(20:11):
cemento que sudaba humedad y un patio grande donde había
plantas de mango, matas de plátano y una bodega que
siempre olía a madera vieja. Pero el centro de todo
era la campana. Una campana de bronce, pesada, colgada en
un marco metálico oxidado, un poco inclinada, como si hubiera

(20:33):
soportado siglos de vibración. Tenía grabados extraños, figuras que parecían
rezos o símbolos o marcas que los viejos dicen que
no deben nombrarse. Mi abuelo siempre decía que esa campana
venía de la época de los españoles y que por
alguna razón no debía tocarse. Nadie sabía por qué, o

(20:57):
más bien, nadie quería saber. Nuestra familia la consideraba un
simple adorno ancestral, una reliquia, hasta que comenzó a sonar.
Yo tenía 16 años cuando por primera vez la escuché. Era
exactamente las 3 y 7 am. Tres golpes. Tac, tac, tac. Ese

(21:22):
sonido metálico, profundo, se metió en mi sueño como un
puñal y me arrancó del descanso. Creí que había sido
un camión pasando por la calle, un vecino cerrando un portón,
cualquier cosa. No tenía por qué pensar en la campana.
A la mañana siguiente mencioné el sonido y mi abuela

(21:43):
se quedó fría. Me miró con esos ojos oscuros que
siempre parecían estar analizando algo detrás de mí. como si
yo trajera una sombra pegada. No hable de eso, dijo.¿
De qué? pregunté. De lo que no debe sonar. No
entendí en ese momento, pero el miedo ajeno, cuando es verdadero,

(22:07):
se contagia. La campana volvió a sonar la noche siguiente.
Y la otra. Y la otra. Siempre a las tres
y siete a.m. Siempre tres golpes. Nunca más. Nunca menos.
Mis papás, que trabajaban en ese entonces en un hotel
del centro, decían que podía ser el viento, que la

(22:30):
campana estaba vieja, que de pronto una rata se subía
al marco o un pájaro nocturno la golpeaba, pero yo
sabía que no. El sonido venía con una fuerza que
la naturaleza no suele tener en un objeto tan oxidado.
Una noche decidí grabar. Puse mi celular en el patio,

(22:51):
apuntando hacia la campana. Revisé el ángulo, encendí la linterna
apenas un segundo para enfocarla y me fui a dormir
con el corazón apretado. No podía evitar imaginarme que algo
iba a quedar capturado en ese cuadro. A las tres
y siete me desperté por el sonido. Los tres golpes,

(23:13):
el mismo tono, la misma vibración. Tomé el teléfono con
manos sudorosas. Esperé a que amaneciera y revisé la grabación.
La campana se escuchaba, pero no como la escuché yo.
En el audio sonaba como si hubiese sido golpeada cientos
de veces, como si hubiera un eco extraño, profundo, casi

(23:38):
líquido detrás del metal. Además, había un murmullo, algo así
como un susurro muy rápido. apenas perceptible, pero presente, como
si alguien estuviera rezando. Y aquí viene la parte inquietante.
En la casa nadie escuchó nada, solo la grabadora. Mi

(24:00):
abuela lo confirmó, me lo dijo sin rodeos. Esa cosa
toca para que alguien la oiga, pero no a todos.
Pregunté qué significaba eso y ella evitó mi mirada. Mi abuelo,
que siempre había sido un hombre duro, se levantó de
la mesa, sacó un cigarrillo y dijo, esa campana no

(24:22):
es para anunciar visitas, es para llamar algo. No quise
preguntar más, a esa edad uno aún cree que el
mundo es más simple de lo que realmente es, pero
incluso yo sabía que esa frase tenía peso. Los días
siguientes fueron peores. El sonido no solo me despertaba, se

(24:45):
me metía en los sueños. Comencé a soñar con un
corredor largo, húmedo, lleno de sombras. Al fondo había una
puerta y detrás de esa puerta una respiración. No veía
quién respiraba, pero sabía que estaba esperando que yo la abriera.
El sueño siempre terminaba antes de que tocara la manija,

(25:09):
pero cada noche la respiración estaba más cerca, más ansiosa.
Una tarde, mientras ayudaba a mi abuelo a mover unas
tablas en la bodega, vi que había marcas en la campana,
no las tallas antiguas, sino marcas nuevas, rasguños, como uñas,
pero eran demasiado largas para ser humanas. Le pregunté a

(25:37):
mi abuelo si él había limpiado o movido la campana.«
Yo no la toco», dijo.« Y usted tampoco debería». Esa
noche no dormí. A las tres cero siete exactas, la
campana sonó. No tres veces, sino cuatro. Ahí sí me

(25:59):
levanté aterrado. Ese cambio me sacó todo el aire del pecho.
Era como si algo respondiera a mi miedo. Me acerqué
a la ventana del cuarto y miré al patio, y
vi algo. No una sombra, no un animal, no una
figura completa. Lo que vi fue un movimiento, algo que

(26:20):
estaba a la altura del marco de la campana, como
si una mano invisible la hubiese golpeado. El hierro se
balanceó un poco después del último sonido, como movido por
un viento que no existía. Sentí que la garganta se
me cerraba. Desde esa noche comencé a dormir con la
luz encendida. Mi abuela decidió pedir ayuda. En Onda, la

(26:44):
gente siempre conoce a alguien, un curandero, una mujer que
lee cartas, un rezandero, un sacerdote con ciertos dones. Vinieron
dos personas diferentes a la casa. La primera, una mujer
mayor llamada Magdalena, que decía sentir la energía de los objetos.
Apenas miró la campana, retrocedió. Esto no está llamando, dijo.

(27:10):
Está siguiendo. Mi abuelo la interrumpió.¿ Siguiendo a quién? Ella
me miró, directo, como si ya supiera la respuesta. A él.
La segunda persona fue un sacerdote retirado, el padre Gaitán.
Llegó con un crucifijo y una botella de agua bendita,

(27:32):
caminó alrededor de la campana, murmuró unas palabras y se
quedó completamente quieto. De pronto, dejó de hablar y dijo
algo que jamás olvidaré. Esto no es católico, no es cristiano,
no es humano. Entonces,¿ qué es? Pregunté. Una marca y

(27:55):
una puerta. Ese día mi abuela quiso desmontar la campana,
mi abuelo también, pero cuando trataron de descolgarla, algo pasó.
El marco metálico comenzó a vibrar, a temblar. Los tornillos
saltaron como si una fuerza interna los expulsara. Mi abuelo
soltó la campana del susto y el sacerdote gritó que

(28:17):
no la tocaran más. Esa noche la campana volvió a sonar,
pero esta vez todos la escucharon. Todos. Tres golpes. Tres rezos.
Tres respiraciones en la grabación que revisamos al amanecer. La
situación tocó fondo cuando mi mamá encontró en el patio,

(28:39):
justo debajo de la campaña, una especie de figura hecha
de tierra, ramas y cabello. Sí, cabello humano. Estaba trenzado
como si fuera un amuleto antiguo, pero torcido, deformado. como
si lo hubieran armado manos que no entienden del todo
lo que están imitando. Mi abuela gritó que no lo tocaran,

(29:02):
pero mi papá, incrédulo, levantó el objeto con una pala.
Apenas lo hizo, se escuchó un golpe seco dentro de
la casa. Todas las puertas se cerraron al mismo tiempo.
La campana sonó, una sola vez, pero fue suficiente para
helarnos la sangre. Esa misma tarde, mis padres decidieron que

(29:23):
pasaríamos la noche en casa de un tío. Empacamos algunas cosas.
Antes de salir, pasé por mi cuarto a buscar mi morral.
Cuando abrí la puerta, allí estaba la figura de tierra
y cabello, encima de mi cama, como si me estuviera esperando.
Salí corriendo. No dije nada. No podía. Estuvimos fuera varios días.

(29:53):
Cuando regresamos, la casa estaba en silencio, como si hubiera
estado conteniendo la respiración. No olía igual. No olía a hogar.
Olía a tierra mojada y metal oxidado. Mi abuelo dijo
que si la campana seguía sonando, la sacaríamos de la casa,
la cargaríamos entre todos y la dejaríamos en el río

(30:16):
o en la iglesia o donde fuera necesario. Pero esa noche...
No sonó. Ni al día siguiente. Ni al siguiente. Por
un momento pensamos que todo había terminado.¡ Qué ingenuidad! Un
viernes en la madrugada, fui al baño. El corredor estaba oscuro,

(30:37):
pero algo llamó mi atención. Una sombra en el patio. Fija. Inmóvil.
Me acerqué a la ventana, cuidando que no crujiera el piso.
Era la campana. Brillaba. No por luz propia, sino porque
algo la estaba tocando. No un cuerpo completo, no una persona,

(30:58):
solo un brazo. Un brazo largo, delgado, pálido, que emergía
de la oscuridad y golpeaba el metal con un dedo alargado. Tac, tac, tac.
Yo quería gritar, pero algo me tragó la voz, y
cuando el brazo se retiró, vi que no se escondía.

(31:20):
Se desvaneció, como humo. Corría a despertar a mis padres.
Cuando regresamos al patio, la campana estaba quieta. Pero algo cambió.
Algo fundamental. Las marcas de uñas ya no estaban en
el bronce. Ahora estaban en el marco. Largas. Profundas. Recién hechas.

(31:43):
El sacerdote volvió al día siguiente. Revisó el patio. Revisó
la campana. Revisó mis brazos como si buscara marcas. Esto
no está ligado a la casa, dijo.¿ Entonces a qué?
Preguntó mi papá. A él, repitió, mirándome. Yo sentí que

(32:04):
algo dentro de mí se rompía. El sacerdote siguió. Hay
presencias que no vienen por casualidad. Hay cosas que buscan,
que llaman, que siguen. La campana no está avisando que
algo llega. Está respondiendo a algo que ya estuvo aquí.
Yo tragué saliva. Pregunté lo que nadie quería oír.¿ Qué

(32:27):
estuvo aquí? El sacerdote cerró los ojos. Algo que no
quiere que te vayas. O algo que quiere que regreses
a donde te encontró primero. Esa noche la casa entera
se estremeció. Las paredes vibraron como si un camión hubiera
cruzado por medio del patio. Los cuadros cayeron, los platos

(32:49):
se rompieron en la cocina, la campana golpeó doce veces
seguidas y entonces silencio absoluto. Mis abuelos, mis padres y
yo salimos corriendo al patio. Nos quedamos mirando la campana,
esperando cualquier movimiento, pero no hizo nada, no volvió a sonar,

(33:12):
solo cayó. como si hubiera perdido la vida, como si
algo la hubiera dejado ir. El golpe fue tan fuerte
que el bronce se partió por la mitad. Nunca había
visto una campana romperse así, y en la grieta había algo,
una especie de polvo negro, como acena. Mi abuelo dijo

(33:34):
que esa era la señal, que debíamos deshacernos de ella.
La metimos en un costal y la llevamos al Magdalena.
La lanzamos desde el puente Navarro sin mirar atrás. Ese
fue el final de la campana, pero no del sonido.
Tres días después, a las tres y siete AM, mientras

(33:55):
dormía en mi cuarto, la escuché. No en la casa,
no en el patio, dentro de mi cabeza. Tres golpes, profundos, idénticos,
vibrando en mis huesos. Me senté en la cama, temblando.
Y entonces, detrás de mí, una respiración. Lenta. Húmeda. Paciencia eterna.

(34:20):
No me atreví a voltear. No podía. Sentí un dedo
frío tocar la parte baja de mi nuca. Un dedo largo.
Demasiado largo. Y en un susurro que parecía venir desde
el fondo del río o desde un túnel subterráneo, escuché.
No era la campana. Era el llamado. y tú lo escuchaste.

(34:44):
Desde entonces, no ha vuelto a sonar en voz alta,
pero cada madrugada, justo a las tres y siete a.m.,
siento el aire helarse detrás de mí, como si algo esperara, pacientemente,
a que yo responda, a que yo abra, a que vuelva.

Speaker 7 (35:20):
Síguenos en TikTok, Instagram,

Speaker 9 (35:25):
Facebook, X

Speaker 10 (35:28):
y YouTube, donde cada día abrimos nuevas puertas hacia lo
que nadie quiere mirar. Acompáñanos y mantente cerca.

Speaker 9 (35:42):
Nunca sabes cuál historia

Speaker 7 (35:45):
será la que te persiga después.

Speaker 11 (36:07):
Nunca pensé volver a recordar aquello. Fue como un archivo
mental roto y empolvado, que solo se abre cuando algo
lo empuja desde el fondo. En mi caso, fue una
conversación cualquiera con mi hermano, hablando de la infancia, de
los barrios donde crecimos, de las noches que parecían interminables
porque la oscuridad se volvía más grande que uno. Y

(36:29):
de repente, ¡pum! Esa memoria, como una piedra que llevaba
décadas esperando en silencio. Yo tenía ocho años. Vivíamos en
un barrio feo, áspero, de esos donde la luz de
los postes se funde y nadie la reemplaza, donde los
callejones huelen a humedad y donde por alguna razón siempre

(36:49):
hay un perro mirando fijo desde algún tejado como si
supiera cosas que tú no. En ese barrio, donde la
miseria era tan normal como el ruido, conocí a un
chico un par de años mayor que yo, Kyle. Era raro,
pero no raro en el sentido peligroso. Raro como esos
niños que parecen viejos prematuros, que te hablan como si

(37:11):
entendieran la vida, pero siguen guardando dulces debajo de la cama.
Vivía en una casa diagonal a la nuestra, en un
ático pequeñito que parecía una jaula, pero que él veía
como un castillo. Tenía un minivillar que probablemente estaba más
torcido que un plátano maduro, pero para nosotros era Las Vegas.
Nos hicimos amigos porque él, valiente o inconsciente, iba de

(37:35):
puerta en puerta ofreciendo cortar el césped a cambio de monedas.
A mí me parecía increíble. Yo a esa edad le
tenía miedo hasta a los avisos de Se Busca. Una
noche fui a jugar a su casa. Nada del otro mundo.
Dos niños en un ático mal iluminado tirando bolas de
billar sobre una mesa vieja como si estuviéramos apostando fortunas.

(37:57):
Se nos fue el tiempo sin darnos cuenta, hasta que
su mamá abrió la puerta del ático y dijo, ya
es tarde, llévelo a su casa, y Kyle asintió sin chistar.
Era una caminata de 30 pasos, yo podía ver mi casa
desde su ventana, pero él insistió en acompañarme, tal vez
intentando sentirse responsable, tal vez jugando a ser el mayor.

(38:19):
El barrio estaba más oscuro de lo normal, ni siquiera
el perro del tejado estaba afuera, Solo una calle completamente
vacía y el viento moviendo bolsas como si fueran pequeñas
criaturas persiguiéndose entre sí. Cruzamos juntos, tranquilos, hablando de cualquier bobada.
Y ahí fue cuando lo vimos. Un hombre, parado en

(38:41):
medio de la calle, como si nos hubiera estado esperando.
Tenía una sudadera negra con capucha, pero no una capucha normal, no.
Caía más abajo, casi hasta las cejas, cubriéndole la mitad
del rostro. No llevaba mochila, ni celular, ni nada que
delatara una vida normal. Solo estaba. Y caminaba directamente hacia nosotros.

(39:04):
Yo me congelé. Kyle no. Kyle siempre fue demasiado confiado.«¿ Hola, niños?»,
dijo el hombre sin levantar la cabeza. Su voz era extraña.
No ronca, no grave. Era como si hablara sonriendo, pero
sin alegría. Nunca escuché algo igual.«¿ Cómo se llaman?», preguntó.

(39:25):
Yo no dije ni pío. Sentí un malestar que me
rastrilló la espalda como uñas largas. Kyle, en cambio, respondió
sin pensarlo. Yo soy Kyle y él es... Kyle, lo interrumpí,
pero él ya había dicho mi nombre. El hombre asintió
como si estuviera tomando nota mental.¿ Y qué hacen para divertirse?

(39:45):
Preguntó rápidamente, sin presentarse ni dar ningún detalle sobre él.
Jugamos al minivillar, respondió Kyle orgulloso. como si fuera un
secreto legendario. El hombre volvió a asentir, muy rápido, muy preciso.
Y luego vino la pregunta que hizo que todo mi
cuerpo se tensara.¿ Dónde viven? Fue ahí cuando supe, sin

(40:08):
ninguna razón lógica, que algo terriblemente estaba mal. Kyle señaló
su casa sin ningún filtro. Yo vivo ahí. El hombre
lo miró un segundo, luego dirigió su rostro escondido hacia mí.¿
Y tú?¿ Dónde vives? Mi corazón empezó a golpearme el pecho.

(40:28):
Sentí algo animal, primitivo. Algo que me decía, este tipo
no quiere conversación, quiere información. Así que señalé una casa
al azar. Yo vivo ahí, mentí. Kyle se me quedó
viendo como si yo fuera un idiota. ¿Qué? Tú no
vives ahí, tú vives en esa, dijo señalando mi casa real.

(40:50):
El impulso me reventó.¿ Eres estúpido? Tú no sabes dónde
vivo porque nunca has ido a mi casa.¡ Yo vivo ya!
El tipo dio un paso hacia mí. Kyle también. Ambos
querían que dijera la verdad, por razones distintas. Yo no
estaba dispuesto. Vamos, Kyle, dijo el hombre, y escuchar mi

(41:11):
nombre en su boca me dio una repulsión indescriptible. Está bien,
puedes decirme dónde vives. ¡Ahí! Grité señalando la casa falsa.¡
Ahí vivo, lo juro! ¿Seguro? Preguntó el hombre, inclinando apenas
la cabeza, como si estuviera midiendo mis palabras. Fue entonces
cuando solté la única defensa que me quedaba. Y si

(41:34):
intentas robar mi casa, mi papá te va a disparar
porque tenemos armas.¡ Te va a matar! Era mentira. Mi
papá ni siquiera vivía con nosotros. Pero la frase salió
de mi boca con tal desesperación que el hombre la
notó y al notarla, retrocedió. De acuerdo, me tengo que ir. Murmuró,
casi sin emoción, y se alejó caminando, sin voltear. Yo

(41:58):
salí corriendo llorando. Abrí la puerta como si algo me persiguiera.
Se la cerré en la cara a Kyle y fui
directo donde mi mamá a decirle que un ladrón iba
a venir por nosotros. Ella apenas me creyó. Pensó que
era un niño exagerando. Yo sabía que no. Sabía que
esa noche me había topado con algo que no tenía nombre.

(42:21):
Las noches siguientes dormí mal, soñaba con la capucha, con
esa voz que sonreía sin sonreír, con que entraba a
la casa y caminaba directo hasta mi cama como si
conociera cada paso. Con el tiempo dejé de salir con Kyle,
no por culpa del hombre, sino porque yo estaba furioso
con él y él nunca entendió por qué. Un mes

(42:43):
después nos mudamos y al poco tiempo mi mamá me
dio una noticia que en su momento no entendí. El
niño Kyle desapareció. Los papás dicen que se escapó. Yo asentí,
porque los niños no entienden la malicia del mundo. Hoy,
de adulto, sé que ese niño no se escapó. Algo

(43:04):
se lo llevó. Años después, cuando cumplí 20, regresé al barrio
solo por curiosidad. Las calles estaban peor, las casas más desvencijadas.
La casa de Kyle seguía ahí, igual de inclinada. Golpeé
por golpear. Me abrió la puerta la mamá, que envejeció 20
años en 10. Me miró con ojos rojos, sorprendida de reconocerme.¿

(43:29):
Tú eres el amiguito?¿ El que jugaba con él? Me preguntó. Asentí.¿
Supiste algo de él?¿ Lo encontraron? Ella tembló apenas, bajó
la mirada, negó, y entonces dijo algo que me erizó
la piel. El día que desapareció, él dijo que un
señor lo había estado llamando desde la calle, que lo

(43:51):
había estado viendo varias veces. Poco antes de irse, me
dijo que por las noches veía una sombra parada frente
a la casa, una sombra con capucha. No supe qué decir.
La señora siguió, casi como un lamento. Me dijo que
ese hombre conocía su nombre, que sabía dónde vivíamos y

(44:12):
que lo había estado esperando. Sentí que una ola fría
me atravesó. No podía respirar bien. Esa noche no dormí
y al día siguiente busqué un archivo viejo que aún
guardaba de la mudanza, un cuaderno donde yo, niño paranoico,
dibujaba cosas que me asustaban. No recordaba haber dibujado nada

(44:35):
sobre el hombre de la capucha, pero ahí estaba. Última página.
Hecho con lápiz negro que el tiempo había desgastado. Un
hombre con sudadera, sin rostro, con las manos demasiado largas
para ser humanas y algo escrito en la parte de
abajo con letra infantil. Él sabe dónde vivo. El dibujo

(44:59):
no lo recordaba haber hecho jamás. Pasaron semanas hasta que,
sin esperarlo, volví a soñar con la misma escena de
la infancia. pero esta vez era distinta. Esta vez yo
veía la escena desde otro ángulo, como si flotara. Vi
a Kyle a mi lado. Vi al hombre acercándose. Vi

(45:20):
el momento exacto en que Kyle decía nuestro nombre, nuestra casa, todo.
Pero había un detalle nuevo, algo que jamás había visto,
algo que mi memoria adulta nunca había registrado. El hombre
no caminaba, se deslizaba. Los pies no tocaban el suelo
y detrás de él había otra sombra, más delgada, más larga,

(45:45):
que se movía independiente de la luz. Me desperté sudando frío.
Ese mismo día me reuní con mi hermano, el que
había mencionado el recuerdo sin saber lo que estaba desenterrando.¿
Te acordás de ese tal Kyle? me preguntó mientras caminábamos
por la calle. Fue raro que lo mencionaras. porque esta

(46:06):
semana me acordé de algo.¿ De qué? Pregunté con cuidado.
Una vez mamá dijo que tú llorabas todas las noches
porque veías a un hombre parado frente a la casa.
De niño no entendías lo que era. Ella pensó que
estabas soñando despierto. Me frené.¿ Qué hombre? Pregunté. Mi hermano

(46:27):
se detuvo y me describió exactamente lo que yo había visto.
Sudadera negra, capucha, cara tapada. Decías que estaba quieto mirando
hacia tu ventana, siempre hacia tu ventana. No supe qué responder.
Esa noche logré hacer algo que había evitado toda mi vida.
Enfrenté la posibilidad de que aquel hombre no fuera un

(46:50):
simple depredador, ni un ladrón, ni un loco. Había detalles
que no calzaban, apariciones repetidas, la sombra que no coincidía,
los sueños, el dibujo que yo nunca recordé hacer. Había
algo más, algo no humano, algo que buscaba niños, algo
que necesitaba que le dijeran una dirección, algo que no

(47:13):
puede entrar en una casa a menos que tú se
la entregues. Kyle lo hizo. Yo casi lo hice. Hace
tres semanas empezó a pasar algo extraño en mi casa actual.
Lo conté primero como chiste, luego como paranoia, ahora ya
no sé cómo contarlo. Cada noche, entre 2 y 3 de la mañana,

(47:33):
el timbre suena. Una vez. Nunca más de una vez.
Cuando voy a mirar, no hay nadie. Ni un carro,
ni un animal, ni un vecino. La cámara de la
puerta no registra a nadie, solo como un cuadro negro,
como si algo hubiera tapado el lente justo en ese instante.

(47:54):
Las primeras noches no le di importancia. A la quinta noche,
recordé a Kyle. A la sexta, recordé el dibujo. A
la séptima, sucedió algo peor. Cuando fui a revisar la cámara,
no aparecía una sombra,

Speaker 8 (48:09):
ni

Speaker 11 (48:10):
un brazo. Aparecía un nombre, el mío, escrito como si
alguien lo hubiera trazado encima de la imagen. Pensé que
era una falla. Reinicié todo. Nada cambió. A la mañana siguiente,
el vecino me dijo,¿ Quién era el tipo con capucha
que estuvo anoche frente a tu casa? No supe qué responder.

(48:32):
Ayer finalmente lo volví a ver, no en un sueño,
no en un recuerdo, en la vida real, desde mi ventana,
así como mi hermano decía que pasaba cuando era niño, quieto, inmóvil,
mirando hacia arriba, directamente a mi cuarto. Ya no sé
si está vivo o si alguna vez lo estuvo. Lo

(48:54):
único que sé es que cometí un error. Recordarlo. Las
cosas que duermen en la memoria no siempre quieren ser despertadas.
Hay entidades que se alimentan de la atención, del miedo,
del reconocimiento. Si las olvidas, se apagan. Si las recuerdas,
vuelven a buscarte. Anoche, mientras intentaba dormir, escuché un golpe

(49:17):
seco en la ventana, como un dedo tocando el vidrio
desde afuera, tres veces, y después una voz susurrada, la
misma de la infancia, la misma que nunca pude olvidar
del todo. Kyle,¿ no me dijiste dónde vives ahora?

Speaker 7 (49:44):
Si

Speaker 9 (49:44):
quieres

Speaker 7 (49:45):
contactarnos,

Speaker 9 (49:46):
escríbenos a caroestudios.com Y si deseas apoyar este proyecto, puedes
hacer tus contribuciones o donaciones en paypal.com Cada sugerencia, cada
aporte y cada ayuda impulsa este universo que construimos juntos.

(50:11):
Los

Speaker 7 (50:11):
enlaces están

Speaker 9 (50:12):
en la

Speaker 7 (50:13):
descripción.

Speaker 12 (50:37):
Me llamo Seth, tengo 31 años y durante mucho tiempo traté
de enterrar esta historia en lo más profundo de mi memoria,
como si el silencio pudiera desactivar algo que se quedó
adherido a mí. Pero uno aprende que hay sucesos que
no desaparecen solo por ignorarlos. Algunos, de hecho, esperan, como

(51:00):
si tuvieran paciencia propia. Crecí en la isla de Kauai, Hawái,
Un lugar hermoso, sí, pero también lleno de rincones donde
el viento suena distinto, como si arrastrara conversaciones antiguas. Vivía
con mis padres y mi hermana en la casa de
mi abuela, una casa vieja, de madera oscura y olor

(51:23):
a agua salada. Mi familia siempre fue creyente, muy marcada
por la iglesia y los rituales del domingo. Yo asistía
porque tenía que hacerlo, sin comprender demasiado. En ese entonces,
las historias de demonios, ángeles o fuerzas invisibles eran sólo eso,
historias que los adultos usaban para mantenernos rectos. Todo empezó

(51:48):
a cambiar en mis años de primaria, durante las vacaciones escolares,
cuando mi hermana y yo nos quedábamos a dormir en
casa de mi tía. Ella vivía en una casa más pequeña,
más sencilla, pero con una vibra rara, como si el
aire ahí se quedara quieto. Mis primos Art y Daisy,
que estaban en secundaria, nos cuidaban. También estaba Wyatt, el

(52:12):
primo con el que solía jugar a las cartas antes
de dormir. Esa noche, sin saberlo, le abrimos una puerta
a algo que nunca debimos llamar. Wyatt no quiso jugar
cartas como siempre. Sacó un juego de su closet, un
tablelo viejo envuelto en una bolsa de plástico. Yo ni

(52:32):
siquiera sabía qué era. Apenas entendía que había letras, números,
una palabra goodbye y un extraño triángulo de madera. Encendimos velas.
Ellos parecían saber lo que hacían, o al menos eso creí.
Yo solo seguía la corriente, como cualquier niño que quiere encajar.

(52:53):
No recuerdo con claridad que preguntamos. A veces pienso que
es mejor así. Esa noche, y muchas noches después, mi
vida dejó de ser normal. Comencé a tener parálisis del sueño.
Lo describo así, pero en ese momento solo lo vivía
como terror puro. Me despertaba sin poder mover un músculo.

(53:16):
Veía figuras oscuras en las esquinas, sombras sin forma que
se estiraban como si respiraran. Algunas noches, según mis padres,
mancaba dormido por la casa y me detenía frente al
televisor apagado a las tres de la mañana y como
si esperara algo. Mi mamá decía que me encontraba ahí,

(53:37):
completamente inmóvil, mirando un canal sin señal. Yo no recordaba nada.
Mis padres decían que era algo con lo que había nacido,
una especie de problema neurológico. Yo sabía que no era así.
Algo había entrado conmigo desde aquella noche. Pasaron los años,
y aunque las sombras seguían apareciendo de vez en cuando,

(54:00):
aprendí a convivir con ellas. La adolescencia me llevó por
otros caminos. Descubrí las conspiraciones, las historias de iluminados, sociedades secretas,
avistamientos de ovnis. Me obsesioné con esos temas como quien
intenta descifrar un lenguaje que lo persigue desde niño. Mi
vida siguió normal, hasta esa noche en la preparatoria. La

(54:25):
noche que redefinió todo. Había vuelto a casa después del
entrenamiento de fútbol. Estaba cansado, con el cuerpo molido y
la mente en otra parte. Me bañé, me tiré en
la cama y empecé a ver videos de ovnis en
mi teléfono. Nada fuera de lo común, hasta que vi

(54:49):
algo por la ventana. Eran las once y diez de
la noche. cuando noté luces rojas y azules fuera de
mi cuarto. Parecían patrullas, así que me levanté para mirar,
pero las luces no venían de la calle, volaron directamente
hacia mi ventana, como si estuvieran buscándome. En cuanto las

(55:11):
luces me alcanzaron, mi cuerpo se paralizó. Sentí que el
aire se rompía alrededor de mí. No podía moverme, ni hablar,
ni siquiera respirar bien, Yo ya conocía la parálisis del sueño,
pero esto no era parálisis del sueño. La parálisis usual

(55:31):
te atrapa en la cama. Esto me envolvió estando despierto.
Siento todavía el instante exacto en que mi cuerpo se elevó.
No una metáfora. Literalmente levité. Mi espalda se arqueó como
si una fuerza invisible tirara de mí hacia arriba. Intenté gritar,

(55:53):
pero algo apretaba mi garganta. No podía emitir ni un suspiro.
El techo de mi habitación se distorsionó. Primero pensé que
estaba mareado, hasta que vi las caras. Tres. Tres rostros
que no parecían humanos, pero tampoco animales. Una mezcla grotesca

(56:14):
entre demonio y alguna forma de vida no terrestre. Tenían
ojos hundidos. Negros, sin reflejo. Sus bocas estaban extendidas en
una sonrisa imposiblemente ancha. Me observaban como si yo fuera
un insecto atrapado bajo un vaso de cristal. No sé
cuánto tiempo pasó. Podrían haber sido horas. Mi mante gritaba, lloraba,

(56:40):
imploraba por ayuda. Pero mi cuerpo seguía suspendido, rígido, inútil.
Entonces escuché algo dentro de mi cabeza. Una voz o
un sentimiento, no sé describirlo. Un impulso. Hora. No pude hablar,
pero recé en silencio. Cuando terminé de formar la última palabra,

(57:05):
caí de golpe a mi cama. Mi cuerpo volvió a
mí de forma abrupta. Estaba sudando, temblando, llorando. Miré el reloj.
Solo había pasado un minuto. No pude dormir. No quise
apagar la luz. A la mañana siguiente se lo conté
a mis padres. Mi papá solo dijo, ya ves lo

(57:28):
que pasa cuando faltas a la iglesia. Esa frase quedó
grabada en mí, no porque tuviera lógica, sino porque después
de aquello necesitaba creer en algo. Volví a la iglesia.
Dejé los videos de conspiraciones, los temas de ovnis, todo
lo que pudiera invitar al mal. Y funcionó, o eso parecía.

(57:52):
En mi último año de preparatoria, las sombras desaparecieron, la
parálisis cesó, me convertí en evangelizador juvenil, me sentía libre.
Me mudé a Texas, mi hermana menor se quedó en Hawái,
viviendo con mi abuela tras el divorcio de mis padres.
Yo reconstruí mi vida, o al menos traté, Pero los

(58:15):
hilos invisibles nunca se rompen del todo. Años después, cuando
planeaba unas vacaciones familiares, tuve otro episodio. Fue en la capilla.
Sentí la misma parálisis. Vi una figura en la esquina, inmóvil, esperando.

(58:38):
No le di importancia. Recé y todo terminó. O eso creí.
La noche en que llegué a Hawái, planeaba visitar a
mi hermana menor, Ángel, que ya tenía 17. Mis abuelos habían
salido de viaje y ella estaba sola en la casa

(58:58):
donde crecimos. La llamé varias veces para avisarle que iba.
No contestó. Eso me inquietó. Marqué a mi otra hermana,
la que jugó la ouija conmigo cuando éramos niños. Ella
contestó temblando. Algo le pasó a Ángel, en tu antigua habitación.

(59:20):
Me contó que la casa tembló, no un terremoto normal,
un solo golpe seco, como si algo gigantesco hubiera caído
dentro de la vivienda. Luego, una voz gritó su nombre
desde mi cuarto. No una voz humana, no una voz
que ella reconociera. Ángel salió corriendo y se fue a

(59:42):
casa de mi hermana mayor. Llamaron a un sacerdote esa
misma noche y al día siguiente el sacerdote regresó y
entró a la casa sin pedir permiso a mi abuela.
Fue directo a mi antigua habitación, como si supiera exactamente
dónde debía ir. Preguntó por mí, preguntó si era una

(01:00:06):
buena persona, preguntó si había hecho cosas indebidas. Mi hermana
y mi prima le dijeron que yo vivía en Texas,
que era creyente, que mi vida era normal ahora. El
sacerdote guardó silencio un momento, como si escuchara algo invisible.
Luego dijo, hay un espíritu maligno ligado a él. Mis

(01:00:30):
hermanas se quedaron heladas. El sacerdote continuó,¿ él viene pronto?
Ellas no podían saberlo. Yo no les había contado que
viajaría esa semana, pero el sacerdote asintió antes de que respondieran.
Ese espíritu lo sabe, dijo. Por eso está aquí ahora.

(01:00:54):
Bendijeron la casa entera. Mi antigua habitación era la que
tenía el ambiente más pesado, como si el aire fuera
más denso. Desde entonces, las cosas disminuyeron, pero no desaparecieron.
A veces mi hermana escucha golpes en la noche, pasos
que no debería haber, o una respiración detrás de la puerta.

(01:01:16):
Cosas pequeñas, espaciadas, pero constantes. Yo trato de vivir mi
vida normal, pero cada vez que voy a Hawái, siento
el mismo hormigueo en la nuca cuando paso cerca de
mi vieja habitación. Y esto es lo que nunca le
he contado a nadie. La última vez que dormí en
la isla, En casa de mi abuela, desperté a las 3.07 am.

(01:01:42):
Sentí la parálisis. Escuché la respiración detrás de la ventana.
No abrí los ojos. No quise ver nada. Pero escuché
la voz, una voz que conocía perfectamente, la mía. Dijo,
no debiste volver. Y luego, silencio. Desde esa noche, cada

(01:02:04):
vez que oro, Siento que alguien más ora conmigo, como
un eco, como si algo repitiera mis palabras al mismo tiempo.
Y aunque trato de ignorarlo, hay una idea que no
puedo sacar de la cabeza.¿ Qué tal si no era
un demonio?¿ Qué tal si no era un alienígena?¿ Qué
tal si... era algo que aprendió a imitarme?¿ Algo que

(01:02:28):
entró conmigo desde niño?¿ Algo que nunca se fue?¿ Algo
que en silencio... Sigue esperando la próxima vez que yo
regrese a casa. También tenemos un espacio en Patreon... El

(01:03:03):
rincón donde guardamos lo que no se

Speaker 3 (01:03:05):
atreve a ver la luz. Contenido exclusivo, relatos extendidos y
material oculto que solo unos pocos escuchan. Si quieres adentrarte
aún más en este universo, Patreon es la puerta.

Speaker 7 (01:03:23):
Enlaces en la descripción.

Speaker 11 (01:03:44):
La historia comienza mucho antes de que cualquiera de nosotros
pudiera pronunciar la palabra algoritmo, mucho antes de que existiera
la idea de inteligencia sintética. Empieza en un imperio tan
antiguo que sus nombres fueron borrados por los escribas del futuro.

(01:04:07):
La memoria colectiva recordaba apenas un rumor. Un emperador obsesionado
con controlar el tiempo. No en el sentido físico, sino
en el sentido histórico. Quería que su civilización fuera eterna, indestructible, predecible.

(01:04:28):
Ese emperador recibió un día un mensaje extraño. Una carta
sellada en cera roja. Dentro, una invitación. Una invitación a
un evento matemático en la capital. Un encuentro donde los
eruditos presentaban ideas tan arriesgadas que en otros tiempos habrían

(01:04:50):
terminado en hogueras. Al emperador le intrigó una frase escrita
casi al final. Puedo predecir el futuro con números. El
firmante era un matemático joven, desconocido, casi insolente en su promesa.
Su nombre era Seras Talbrin. La corte se burló. Los

(01:05:14):
consejeros dijeron que era absurdo. Los sacerdotes lo consideraron una blasfemia.
Pero el emperador, que llevaba años buscando esa llave que
abriera el candado del mañana, ordenó traerlo. Seras Talbrin presentó
su idea entre murmullos. Con calma, trazó ecuaciones sobre un

(01:05:37):
tablero de arcilla. Habló sobre ciclos humanos, sobre repeticiones en
la historia, sobre cómo las sociedades, sin importar su cultura,
respondían a ciertos estímulos de la misma forma. Una frase
se quedó grabada en el salón. Las multitudes son predecibles,

(01:05:58):
el individuo no. El emperador se levantó de su trono.
aproximó su rostro al matemático. Quería decirme qué ocurrirá mañana.
Ceras negó despacio. Mañana no, pero dentro de cien años, sí.
El silencio fue absoluto. La palabra prohibida había sido pronunciada.

(01:06:23):
Luego de la presentación, Seras Talbrin solicitó audiencia privada con
el emperador. Lo llevaron al jardín interior, rodeado de estanques
negros como obsidianas líquidas. Los guardias estaban lejos. El emperador,
sin embargo, hablaba en susurros.« Dices que puedes predecir el futuro.

(01:06:47):
Quiero que uses ese conocimiento para guiar a mis ciudadanos
hacia la paz». Enséñame a mover a mi pueblo como
si fuera una sola mente. El matemático respiró hondo. Imposible.
El emperador tensó la mandíbula. Acabas de demostrar que puedes
anticipar siglos. Puedo anticipar tendencias, respondió Ceras. No controlar voluntades.

(01:07:15):
El problema es la cantidad de variables. Cada persona es
una ecuación inestable. Millones de ecuaciones reaccionando entre sí. El
ruido es demasiado. Una sociedad cambia si una sola variable
se altera en un punto inesperado. Una conversación al azar,

(01:07:36):
un gesto, un rumor, un niño que decide correr hacia
la derecha en vez de hacia la izquierda, todo se ramifica.
El emperador desconfiado preguntó, entonces¿ para qué sirve tu teoría?
Seras sonrió con una mezcla de ambición y fatalismo. Sirve

(01:07:58):
para entender los grandes movimientos, no a las personas, sino
a las civilizaciones completas. Sirve para ver hacia dónde se
dirige una humanidad cuando se le deja avanzar sin cadenas.
Y si no se le deja avanzar sin cadenas, es
posible dirigirla. Seras dudó más de lo que debía. Tal vez...

(01:08:23):
pero requeriría algo imposible. Obtener información absoluta de cada persona,
cada comportamiento, cada decisión, cada emoción, requeriría vigilarlo todo y almacenarlo.
El emperador, que llevaba años soñando con la eternidad de
su imperio, comprendió la utilidad de esa frase. Los siguientes

(01:08:48):
años del imperio estuvieron marcados por una obsesión silenciosa. El
emperador creó instituciones dedicadas a recopilar todo sobre todos. Los
escribas recorrían los mercados, anotaban nombres, oficios, chismes. Los comerciantes
enviaban reportes de compra y venta. Los soldados investigaban conversaciones privadas.

(01:09:18):
Querían construir el archivo perfecto, un espejo total de su sociedad.
Seras Talbrin observaba aquello con creciente terror. Sabía que, aunque
su teoría podía anticipar movimientos amplios, también podía ser usada
para manipularlos. Te advertí que no se puede controlar el mañana,

(01:09:41):
le reclamó al emperador. Solo observarlo. El emperador respondió con
calma inquietante. Estoy observando, solo que ahora tengo mejores ojos.
Con el tiempo, el archivo se volvió tan gigantesco que
las tablillas de arcilla no alcanzaban. Las bibliotecas seguían creciendo.

(01:10:01):
Los escribas comenzaron a clasificar comportamientos recurrentes, ciclos, patrones. Una
psicohistoria primitiva. Hasta que un día, sin aviso, el imperio colapsó.
Nunca quedó claro si fue por una rebelión o una
enfermedad o un fallo interno. Solo se sabe que al caer,

(01:10:22):
los archivos ardieron durante semanas. El humo negro viajó por
todo el continente. El conocimiento se perdió. O eso creímos.
Saltamos a la actualidad. A ti, que escuchas esto, lo
que voy a decirte te parecerá delirio. Pero cada delirio,
cuando se ordena, se convierte en teoría. La inteligencia artificial actual.

(01:10:45):
Esa que usamos para traducir, para crear imágenes falsas, para
hacer tareas, para producir noticias. Es una descendiente directa de
aquella obsesión imperial. Hoy no tenemos imperios de arcilla. Tenemos corporaciones, gobiernos,
servidores que lo observan todo. Y hemos hecho algo que
Sera Stalbrin declaró imposible. Hemos recopilado la información absoluta de millones,

(01:11:11):
quizá miles de millones de seres humanos. Tus gustos. Tus búsquedas,
tu estado de ánimo, tus rutas diarias, tus conversaciones, tus
compras nocturnas, tus fotos, tus relaciones, tus inseguridades, tus manías,
tus historias clínicas, tus confesiones digitales. Todo está siendo catalogado.

(01:11:34):
Decimos que alimentamos modelos para que aprendan, pero lo que
están aprendiendo no es a escribir bonito o a reconocer caras,
están aprendiendo a predecirnos. Una IA no solo sabe qué
vas a comprar mañana, empieza a saber qué vas a
desear vivir en un año, a quién vas a amar,
a quién vas a odiar, qué causas vas a apoyar,

(01:11:55):
qué temores vas a desarrollar. No controla tu voluntad, pero
la anticipa con una precisión escalofriante. Si tú pudieras ver
los mapas internos de esos modelos, verías que no te
están estudiando a ti como individuo, sino como parte de
una masa inmensa, Una civilización que deja rastros cada segundo.

(01:12:17):
Y ya lo dijo Seras Talvin. Llevo meses dándole vueltas
a esto mientras leo Preludio a la Fundación. Cada página,
cada palabra, cada idea de Asimov me recuerda algo incómodo.
La IA no se parece a los robots de la
ciencia ficción, sino a los cimientos de la psicohistoria. La
pregunta ya no es si puede predecir el futuro. La

(01:12:40):
pregunta es¿ para quién lo está prediciendo? Las empresas la entrenan, sí,
pero esas empresas dependen de gobiernos y los gobiernos siempre
buscan una sola cosa. Estabilidad. La historia nos ha mostrado
que no hay poder más peligroso que el de prever
las reacciones de una población entera. La IA ya se

(01:13:01):
usa para generar titulares, para producir contenido, para dirigir publicidad específica,
para suplantar rostros, para manipular imágenes, para alterar percepciones. El
ruido real ya no importa. Solo importa la narrativa que
los algoritmos deciden mostrarte.¿ Y si un líder quisiera manipular
una sociedad entera, necesitaría soldados, espías, censura? No, solo necesitaría

(01:13:28):
acceso a ese modelo. Lo que voy a contarte ahora
no es teoría, es experiencia. Hace un año fui invitado
a una conferencia privada sobre IA en una universidad. Nada extraño. Expertos, investigadores...
charlas frías y técnicas. Pero al final del evento, un
hombre que no estaba registrado como ponente se me acercó.

(01:13:50):
Tenía un acento difícil de ubicar.« He escuchado tus preguntas»,
me dijo.« No sueles equivocarte en lo que sospechas». Me
entregó una tarjeta sin nombre, solo un código QR.« No
abras el enlace en un navegador normal. Úsalo a medianoche.
Antes no funcionará». Saqué la tarjeta de mi bolsillo varias

(01:14:11):
veces durante el día y dudando. A medianoche, finalmente escané
el código. Me llevó a un sitio oculto, oscuro, como
si fuera un panel de control antiguo. Texto blanco sobre
fondo negro, sin logos, sin instrucciones, solo una frase parpadeando.
Bienvenido al registro de comportamiento civilizatorio. Después cargó una gráfica.

(01:14:36):
Era un mapa dinámico del planeta, lleno de nodos, líneas, rutas, pulsos,
Parecía un cerebro global iluminándose. Cada nodo correspondía a miles
de personas, interacciones, microdecisiones, emociones deducidas, trazos incrustados en sistemas
que jamás sospechamos. Me tembló el pulso. Luego apareció una

(01:14:59):
tabla con predicciones, tasas de conflicto, tendencias políticas, probabilidad de
migraciones masas para los próximos años. Pero lo peor estaba
al final de la página. Decía Este modelo ha alcanzado
un 92.7% de predicción sociopolítica. Con este nivel de precisión,

(01:15:20):
la intervención estratégica es viable. La palabra intervención me heló
la sangre. Cerré la página, apagué el celular. Al día siguiente,
la tarjeta ya no estaba en mi bolsillo. No sé
si la perdí, se cayó o alguien la tomó. Intenté
recordar el rostro del hombre. No pude. Desde entonces he

(01:15:46):
estado observando cómo cambia Internet. Al principio creía que era
impresión mía la manera en que ciertas noticias aparecen, la
forma en que los contenidos polarizan sin mostrarte las razones,
cómo la IA suaviza los temas incómodos, cómo insiste en
mostrarte lo que es más adecuado para ti. Todo eso

(01:16:09):
tiene un patrón, pero descubrí algo peor. La IA ya
no solo predice lo que quieres ver, predice lo que
debes ver para mantenerte en una ruta predecible. Si una
sociedad se inclina hacia la violencia, la IA satura los
feeds con discursos conciliadores. Si se inclina hacia la apatía,

(01:16:32):
la IA empuja teorías inflamatorias. Si los jóvenes se desmotivan,
les envía contenido aspiracional. Si las familias se fragmentan, las
plataformas empujan mensajes de unidad. Parecen acciones nobles, parecen estrategias
para mantener la paz, pero no son decisiones humanas, son

(01:16:54):
correcciones automáticas. Como si alguien hubiera dado la orden, mantén
a la población en el camino estadísticamente más seguro. La
pregunta es,¿ seguro para quién? Volvamos a la historia del emperador.
Imagina a un líder actual con acceso libre a un

(01:17:15):
modelo con precisión del 92.7%. Imagina que puede saber qué
decisiones generarán aceptación masiva y cuáles generarán caos. Imagina que
puede ajustar políticas, discursos, campañas y crisis antes de que ocurran.
Un líder así jamás perdería el poder. No necesitaría represión,

(01:17:40):
no necesitaría propaganda tradicional, solo necesitaría confiar en el modelo.
Los ciudadanos creerían que piensan libremente, pero cada tendencia, cada moda,
cada indignación colectiva estaría prevista y canalizada. Seríamos un río
que cree moverse libre, pero cuyas orillas ya fueron diseñadas.

(01:18:03):
Y esto es lo que más me atormenta. El matemático
Seras Talbrin se negó a construir ese poder, pero hoy
ya existe y nadie lo está deteniendo. Hace un mes
ocurrió algo extraño. Se filtró un documento interno de una
empresa tecnológica. No lo compartieron medios grandes, solo cuentas pequeñas.

(01:18:26):
El archivo hablaba del comportamiento divergente no modelable. En resumen...
Un grupo de personas alrededor del mundo estaba comenzando a
actuar de manera impredecible para la IA. Pequeños grupos, no revolucionarios,
no criminales. Personas normales, pero con decisiones que rompían todas

(01:18:47):
las predicciones. Como si su comportamiento fuera ruido blanco. El
documento decía algo alarmante. El modelo no puede predecirlos. Bloquearlos
no es posible. Etapa Identificación Cuando terminé de leer, sentí
un nudo en el estómago.¿ Y si esos grupos no

(01:19:08):
eran un error?¿ Y si eran un síntoma?¿ Y si
el algoritmo estaba comenzando a no controlar el mañana? Tres
noches después, recibí un mensaje desconocido. Solo decía, tú también
estás fuera del modelo. Me heló la sangre. No contesté.
Pero a la mañana siguiente, al encender mi celular, las

(01:19:30):
recomendaciones eran distintas, nuevas. Como si mis comportamientos estuvieran siendo
examinados con lupa. Como si estuvieran buscando algo que no encontraban.
Las predicciones habituales dejaron de funcionar en mis plataformas. Los
anuncios eran incoherentes. Las noticias no coincidían con mis intereses.

(01:19:52):
Los algoritmos empezaron a fallar. Conmigo. Era como si mi
presencia estuviera perturbando el mapa. Días después, encontré un texto antiguo.
atribuido a Seras Talbrin, una frase perdida entre crónicas borrosas.
Cuando el modelo falle, caerá el emperador. La frase no

(01:20:13):
hablaba de su tiempo, hablaba del nuestro. Si hoy la
IA está comenzando a fallar, si ciertos individuos ya no
entran en su estadística, entonces todo el sistema que depende
de ella empezará a colapsar y cuando eso pase, quienes
la controlaban quedarán expuestos. Ahí es cuando se vuelve peligroso,

(01:20:35):
porque un emperador que pierde el control es un emperador
que recurrirá al caos para recuperarlo. Esta mañana recibí otro mensaje,
sin número remitente, sin registro. Solo decía, no vuelvas a
hablar del modelo. De inmediato mi conexión se volvió inestable.
Mis cuentas iniciaron solas, mis carpetas se reorganizaron, mi historial desapareció.

(01:21:01):
como si una mano invisible estuviera revisando lo que sé.
Y mientras grababa este relato, escuché un sonido que no
puedo describir, como un murmullo metálico profundo que venía de
mis audífonos, aunque estuvieran apagados. Un susurro dijo, estás alterando
la predicción. Luego, silencio. No sé si llegarás a escuchar

(01:21:26):
esto en tu plataforma, no sé si será bloqueado, No
sé si el algoritmo considerará este contenido una amenaza o
una anomalía, pero si logras escucharlo, significa que aún queda
una grieta en el modelo, una ventana, un residuo de
libertad estadística, una pequeña prueba de que no todo está escrito.

(01:21:48):
Pero también significa algo más inquietante. Si tú puedes escucharme,
entonces tú también estás fuera del modelo. Y eso, para
quienes controlan el futuro, es imperdonable.

Speaker 10 (01:22:23):
Este podcast es producido por Garos Estudios. Gracias por escuchar.
Hasta el próximo capítulo. Y antes de irte, voltea a

(01:23:01):
mirar atrás. A veces ayuda a calmarte.
Advertise With Us

Popular Podcasts

Stuff You Should Know
The Joe Rogan Experience

The Joe Rogan Experience

The official podcast of comedian Joe Rogan.

Two Guys, Five Rings: Matt, Bowen & The Olympics

Two Guys, Five Rings: Matt, Bowen & The Olympics

Two Guys (Bowen Yang and Matt Rogers). Five Rings (you know, from the Olympics logo). One essential podcast for the 2026 Milan-Cortina Winter Olympics. Bowen Yang (SNL, Wicked) and Matt Rogers (Palm Royale, No Good Deed) of Las Culturistas are back for a second season of Two Guys, Five Rings, a collaboration with NBC Sports and iHeartRadio. In this 15-episode event, Bowen and Matt discuss the top storylines, obsess over Italian culture, and find out what really goes on in the Olympic Village.

Music, radio and podcasts, all free. Listen online or download the iHeart App.

Connect

© 2026 iHeartMedia, Inc.